Francia

JON JUARISTI – ABC – 23/08/15

Jon Juaristi
Jon Juaristi

· España: único país de Europa donde, como en 1939, el antisemitismo se premia con cargos públicos.

El antisemitismo es una fobia que tiende a exasperarse y a contagiar a las mayorías cuando se le asegura la impunidad. Aunque surgió a comienzos del siglo XIX, coincidiendo con la emancipación política de los judíos en Europa occidental, no se convirtió en una ideología de masas hasta la década final de dicha centuria. En 1895, un periodista vienés (y judío), Theodor Herzl, asistió en París al espectáculo de las muchedumbres nacionalistas que exigían el fusilamiento del capitán Alfred Dreyfus al grito de

¡Muertealosjudíos! Herzl venía de la muy refinada capital del imperio habsbúrguico, donde acababa de hacerse con el ayuntamiento un partido populista –el socialcristiano de Karl Lueger– que no deseaba para los judíos austrohúngaros una suerte muy distinta a la que pedían en París para los franceses. Por eso tomó conciencia de que se estaba entrando en una fase de lenidad para los crímenes antisemitas que previsiblemente llevaría al exterminio total de los judíos europeos. Para impedirlo, y sin hacerse excesivas ilusiones, fundó Herzl el movimiento sionista, mediante el que esperaba que pudiera salvarse, al menos, una parte de su gente.

En medio siglo, los temores de Herzl se realizaron. A la lenidad siguió la impunidad. Ya en los años treinta el antisemitismo era una honorable pasión popular, y entre 1939 y 1945, millones de europeos de todas las nacionalidades se dedicaron a denunciar con entusiasmo a sus vecinos judíos ante los ocupantes nazis o los gobiernos títeres y a quedarse con sus propiedades cuando los delatados desaparecían camino de los campos de la muerte. Desde 1945 los sionistas organizaron el traslado clandestino de los supervivientes a la tierra de Israel. Y desde 1948 el Estado de Israel defiende con las armas la vida de sus ciudadanos. No deja impune los crímenes antisemitas y hace muy bien.

En Europa, la situación es distinta. Aunque la mayor parte de los países cuyos judíos sufrieron persecución y exterminio bajo el fascismo promulgaron leyes rigurosas que teóricamente persiguen la incitación a la judeofobia y la negación del Holocausto, la aplicación de las mismas ha devenido bastante laxa en estos tiempos de redes sociales y multiculturalismo: en Francia, casi todos los terroristas antisemitas de éxito, como Coulibaly, están fichados antes de cometer sus atentados, lo que no obsta para que los lleven a cabo con facilidad y además los humoristas como Dieudonné M’bala los celebren. Pero, a pesar de todo, la ley los persigue.

En España, no, porque no hay legislación específica contra el antisemitismo y la general que podría ser aplicable no se aplica. Por tanto, no estamos en la fase inicial de lenidad, sino en la de jubilosa impunidad. Incitar al odio y al crimen contra los judíos, acusarlos de satanismo o de genocidio, ya sea en los medios de comunicación públicos o en las redes, sale baratísimo. Reírse de las víctimas del Holocausto parece ser un mérito para detentar concejalías en los ayuntamientos populistas (el actual de Madrid no tiene nada que envidiar en este sentido al del eximio Karl Lueger, que gobernó Viena entre 1895 y 1910 humillando cotidianamente al vecindario judío).

¿Cómo extrañarse entonces de que las organizaciones españolas declaradamente antisemitas –o sea, las de la extrema izquierda y otras oenegés pagadas por los islamistas– se permitan el lujo de vetar cantantes judíos en festivales de provincias? ¿Cuánto falta para que empiecen a saquear sinagogas, vieja costumbre castiza previa a la quema de simples judaizantes? En fin, entre España e Israel, debe existir un término medio. Pongamos que Francia.

JON JUARISTI – ABC – 23/08/15