Integrismo y republicanismo

EDUARDO TEO URIARTE – FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD – 18/01/15

Eduardo Uriarte Romero

Eduardo Uriarte Romero

· Sería erróneo considerar que sólo en el mundo árabe la religión condiciona la política hasta someterla a una formulación integrista de consecuencias agresivas. Fenómenos como el terrorismo yihadista nos induce a los occidentales a relacionar inmediatamente la exaltación religiosa con comportamientos políticos que finalizan en inmolaciones y atentados horrendos. Pero no deberíamos delegar la mala influencia de la religión en la política exclusivamente al mundo árabe y obviar así cualquier análisis sobre latitud tan católica como la nuestra donde también ha existido terrorismo. Sin embargo, el caso de esa influencia en el mundo mulsumán, con su deriva integrista en alza, constituiría en estos momentos una referencia necesaria para ir introduciendo la cuestión del integrismo político que la religión puede imponer.

Por ello no quiero  obviar, o al menos dejar de citar, la relación existente entre islamismo y sus formas más radicales de violencia política, e, incluso, su terrorismo, de la misma manera que el terrorismo de ETA no es ajeno a la ideología nacionalista que comparte con otros sectores políticos más moderados de su credo. Hay ideologías que desde su seno favorecen el desarrollo de opciones violentas y otras que tienden a aplacarlas. Descubriendo que esas ideologías “criminógenas” comparten una naturaleza integrista, esquivas al encuentro y al entendimiento, que creíamos superadas en Occidente tras el paulatino alejamiento del Antiguo Règimen y el poder terrenal de la religión en el siglo XIX, y su posterior derrota tras su renacimiento en los fascismos de los años treinta del pasado siglo. Es presumible que en momentos de crisis la tensión emocional supedite los avances democráticos realizados en el pasado reciente a fabulaciones religiosas presididas por mesías y dioses.

La ilustración y su racionalismo intentaron encauzar desde hace tiempo los intereses y afanes políticos en un proceso que abocó en el republicanismo, la forma de conseguir la convivencia política, cediendo cuestiones religiosas, étnicas y culturales, a la privacidad del individuo. El republicanismo es  una cultura que evita  la violencia social supeditando multitud de valores y cuestiones humanas a la convivencia política, de ahí la igualdad del ciudadano ante la ley entre otras cuestiones importantes. Una lección de republicanismo nos acaba de dar las calles de París tras el atentado en  Charlie Hebdo, lo que inmediatamente nos ha llevado a rememorar aquellas aciagas noches tras el 11 M en la que se truncó el encuentro nacional, retornando a la peligrosa senda que hiciera descarrilar la II República. Posteriores concepciones políticas, como la de Podemos, no dejan de ser parcialmente el resultado de la catastrófica ruptura institucional que se dio a partir de aquellas jornadas. ¿Por qué nos pasó aquello?, y lo que es peor, ¿por qué nos sigue pasando?

El tradicionalismo pesa demasiado en la cultura política española e, incluso, vía anarquismo -o conversiones fulminantes del regionalismo y caciquismo carlista en nacionalismos periféricos- se inserta también en nuestra progresista izquierda, llevándola a un izquierdismo radical más sentimental que racionalista. En el otro lado, es evidente que en la derecha se aprecia desde hace más de dos décadas la presencia de grupos y líderes motivados por su concepción religiosa en su participación política, como una prolongación de ella. Concepción que suele partir de colectivos católicos muy conservadores y llamativamente militantes. Tal origen e influencia suponen un lastre en la tendencia liberal por la que pugna un importante sector de la derecha. En el otro sentido, la histórica influencia anarquista en la izquierda, su profunda orfandad teórica, apenas pudo atisbar en su día un proyecto y comportamiento socialdemócrata, frustrado en la actualidad por un infantil izquierdismo de connotaciones religiosas y eclesiales en sus fundamentos.

El problema de la ingerencia de la religión en la política, máxime cuando se carece de una tradición liberal, es que tiende a reformular la concepción de ésta, su relativismo democrático, la necesidad de la deliberación, la aceptación crítica de la realidad, el posibilismo de la práctica, la necesidad de oposición alternativa, etc, sometida, si no destruida, por un planteamiento integrista, totalizador, en que sólo la verdad y la razón propia han de tener cabida. Planteamientos que desde la derecha religiosa son suavizados, salvo situaciones exaltadas, por la caridad, misericordia, perdón, concepciones, también, del mundo religioso, de los que no podemos negar su validez, ya que otras religiones, o lecturas de ellas, se declaran partidarias de la falta de piedad por el prójimo. Los posicionamientos izquierdistas, producto de un desmesurado sentimentalismo cainita, tienden a amortiguarse cuando desde el resto del socialismo europeo avisan, normalmente por teléfono, de la peligrosa deriva asumida. Entonces se producen llamativos virajes, como la reforma constitucional de Zapaetero con el PP para limitar el déficit, o el acuerdo final sobre medidas represivas del terrorismo yihadista tras el posicionamiento del PSF.

Una de las claves de las derivas de los partidos  que han sustentado el sistema político, el PSOE y el PP, la podríamos encontrar en las mismas bases de la reforma política de la Transición del 78. En palabras de Santos Juliá lo que entonces preocupó es reformar el Estado y la formulación de la nación que debía surgir “importó una higa”. Es decir, nos quedamos sin nación, sin su discurso común, mientras los nacionalismos periféricos lo exacerbaban. De ese vacío puede surgir en los dos grandes partidos la frivolidad y distanciamiento en los temas fundamentales para la convivencia, como la necesaria lealtad constitucional, la política de seguridad, la de defensa, la educación, etc. La carencia de un mínimo discurso común republicano, que supeditara los intereses obsesivos y únicos por la toma de la única referencia política, el Estado, fomentó un soez partidismo ajeno a la cosa pública. En la inexistencia de cualquier discurso común el sectarismo segrega un discurso interno y eclesial que si en la derecha ya tenía influencias directamente católicas en la izquierda se erige sobre los prejuicios sentimentales del anarquismo, exigiendo la construcción de un enemigo de connotaciones demoníacas con el que es imposible (salvo que llamen por teléfono) llegar a acuerdos políticos. Es decir, a la liquidación del espacio republicano donde la política encuentra su sentido más amplio y vital. A la izquierda actual el referente de  cohesión lo constituye la maldad del PP y la creencia propia de su superioridad moral, por ello su discurso se limita a eslóganes similares a las respuestas de catecismo.

En nuestra vecina Francia la República es sagrada. Por eso mucho se cuidarán unos y otros de actuar oportunista y arteramente ante los atentados islamistas sufridos. Y errores los ha habido, como para sacar los colores. Errores más comentados en la prensa extranjera que en la francesa. Pero no tocaba hacer de la agresión padecida un campo de batalla interna, sino lo contrario, reforzar ante la adversidad la necesidad de ese encuentro común que se llama República.

A pesar de rechazos que desde algunos sectores pueden ir surgiendo al comportamiento político de la mayoría de los franceses, no cabe duda que el espacio común republicano dota de una energía especial, contundente, a la respuesta que la ciudadanía y jerarquías políticas realizan frente a la agresión padecida. Porque dicha respuesta se realiza desde un espacio político común, la República, de la que nosotros carecemos. Por eso tanto nos ha costado acabar con ETA, pues cada cual quería sacar partido de ella, así se deterioró la política queriendo otros sacar partido del GAL, así, sin discurso nacional común (que debiera llamarse republicano en su sentido teórico) surgen los secesionismos periféricos sin el menos pudor y falta de respeto por la ciudadanía. Para evitar eso los franceses se unen.

Nosotros no podemos manifestarnos juntos ante cualquier adversidad, siempre querremos aprovecharla para hundir al adversario político interno. Nosotros no podremos manifestarnos como ciudadanos desde la plaza de la República a la de la Nación porque carecemos de ambas. Nosotros estamos a la intemperie política porque  nuestro partidismo, asolado por el integrismo, es incapaz de misión común. Por eso, entiéndase la razón por la que en la gran marcha de la ciudadanía en París no fuera invitado el Frente Nacional: porque el nacionalismo también es un integrismo excluyente adverso al republicanismo.   La República es inclusiva y única en su defensa, por lo que tendrá éxito.

Eduardo Uriarte Romero