JORGE BUSTOS-El Mundo

Qué es jauría, dices mientras Màxim clava en nuestra conciencia su dimisión del banco azul: jauría eres tú. Quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón y quien no ha sumado su ladrido al coro de canes indignados por la mera existencia de la luna no tiene Twitter. En la calle digital reina la agresividad por defecto y ya no quedan tejados para gatos indiferentes: hoy todos somos perros comprometidos.

Al divino Màxim le ha sucedido, invirtiendo la secuencia darwinista, el zoológico Guirao, que considera a los animales iguales al hombre «en inteligencia, en sensibilidad y en derecho a la vida», con los problemas penales que semejante convicción les crea a los asadores. Si corren malos tiempos para la lírica es por el intrusismo de la política, cada día más cursi, de ahí que el progresismo del ministro supere el del poeta César Vallejo, quien en el poema que titula estas columnas ponía nuestra pena en observación como signo distintivo de lo humano: «Considerando también / que el hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…» A don Guirao no le damos en la cabeza con nuestra tristeza sino con nuestros impuestos (bien sabe Màxim que son lo mismo), y por eso anuncia la solemne bajada del IVA cultural… semanas después de que lo bajara el PP por exigencia de Cs.

Guirao es otro Spinoza, quien llevó tan lejos el panteísmo que lo volvió indistinguible del materialismo, y por tanto del ateísmo: si todo es Dios, entonces nada es Dios. Si todos somos animales, nadie es humano. Por eso aquí todo dios forma parte de la jauría, y el que esté libre de falta que tire el primer tuit.

La genialidad táctica del sanchismo consiste en diseñar no un Gobierno Frankenstein sino una Oposición Frankenstein, a cuyas fauces entrega a su ministro más popular con la primera dentellada. Lo cual normaliza la dialéctica predatoria entre socialistas y populares, desalojados del poder por el mismo rabioso procedimiento que ahora aplicará a sus verdugos. Pero si España –y no solo España– se ha convertido en un desfile de antorchas y la presunción de inocencia en un comedero de cormoranes, el motivo no radica en que seamos unos animales sino en lo contrario: en que pretendemos una política angelical. Y ya nos enseñó el siglo XX que la celosa persecución de la utopía desemboca en un baño de sangre.

Ahora que sufren los propios, las voces de progreso reclaman la restauración de la empatía que ellos contribuyeron a destruir cuando la reclamaban los ajenos desde lo alto de la hoguera. Bien está, aunque sea tarde. Tarde para entender que no somos ángeles y no debemos serlo, porque todos los ángeles son exterminadores. No lo olvidéis nunca: para mandar bien sobre el hombre, primero hay que comprender al mono.