La autonomía 18

ABC 02/09/14
IGNACIO CAMACHO

· En el Puerto Rico que ensoñaba Ibarretxe hay gente que quiere ser una autonomía española. Derecho a decidir. USA nos roba

ANGELITOS. En plena campaña de secesión catalana un movimiento puertorriqueño promueve un referéndum para volver a España. Derecho a decidir boricúa. USA nos roba. En el estado libre asociado que soñaba como modelo Ibarretxe, aquel marciano, hay gente que se quiere desasociar de la primera potencia del mundo para reunificarse con esta vieja nación atribulada y en quiebra económica, política y moral. Y no de cualquier manera: su sueño es convertirse en una autonomía transoceánica, con su estatuto, sus leyes regionales, su casta virreinal, su defensor del pueblo, su concierto fiscal y su pinganillo en el Senado. Tipos entrañables éstos que se rebelan contra la vieja sentencia de Cánovas: son españoles los que no pueden ser otra cosa.

La autonomía 18, amén de una antigua aspiración leonesa, era hasta ahora una suerte de metáfora administrativa que empleó tiempo atrás el socialista extremeño Fernández Vara; se trataba de crear un ente estatal de gestión de competencias renunciadas de forma voluntaria por las comunidades. La idea, que tenía su sentido, cayó en olvido por falta de masa crítica, pero ahora viene del Caribe una petición de reintegración histórica con ecos y prosodia de diputados ultramarinos en las Cortes de Cádiz. En vísperas de la Diada, apoteosis de españoles que quieren dejar de serlo, unos tíos con pasaporte americano pretenden en serio abrir sus brazos a la Madre Patria. Habría que pasearlos por Barcelona para que explicasen que en Cataluña hay más autogobierno que el que ellos tienen con Obama. Al que por cierto no pueden votar como cualquier catalán que participa en la elección del presidente del Gobierno de España.

Naturalmente nadie les va a hacer caso, y menos que nadie un Gobierno poco dispuesto a interferirse en asuntos de una nación aliada. Pero entre el furor soberanista y el federalismo abstracto y palabrero tiene su gracia esta irrupción simbólica de españolismo vocacional que contrasta también con el creciente desafecto de anticolonialismo retroactivo surgido en la América hispana. España no es exactamente hoy la clase de país cuya ciudadanía reclamaría un occidental civilizado; hemos vuelto al cainismo, a los vicios sectarios y fraccionalistas, al pesimismo histórico, a los demonios recurrentes, a la falta de autoestima, a la secular ineficiencia del verso de Gil de Biedma. Viendo cualquier telediario dan ganas de pedir, sin necesidad de llamarse Pujol, la nacionalidad andorrana. Y he aquí que surgen unos bisnietos del desastre del 98 pidiendo un hueco en nuestro denostadísimo Estado autonómico. Quizá no lo hicimos tan mal en la Transición. En el Ulster se firmó la paz a cambio de un régimen menos descentralizado que el de una Diputación foral vasca. Y cuando algunos de los nuestros se referencian en Escocia o en Quebec, en Puerto Rico hay quien aspira a ser, más o menos, como Murcia o Cantabria.