David Gistau-El Mundo

TRES FACTORES. La desintegración durante la crisis de las élites españolas, sustituidas por iracundos tribunos de la plebe de la política y la televisión ante los cuales todos arrugan por miedo al escrache. La comprensible atmósfera general de purga y saneamiento posterior al afloramiento de la corrupción, a través de la cual, hay que decirlo, las débiles élites españolas se liquidaron a sí mismas como siempre ha ocurrido, en épocas terminales, cuando el servicio al Estado –esto, hoy, sólo se lo cree el Rey– pierde fulgor doctrinal y proliferan los pícaros, los oportunistas, los parásitos. Y la concesión a La Gente de una patente de infalibilidad, de empoderamiento, que legitimó hasta el rencor social y trasladó a la calle todo cuanto antes dependía de la ley y de los magistrados a la romana. El resultado es la actual Picadora de Carne española, emulación tardía del Comité de Salud Pública igualmente embriagada por su capacidad de destrucción y por la importancia que se descubren a sí mismos auténticos mindundis que, adecuadamente furiosos y cargados de determinación ideológica, en la montonera de los juicios populares surgen como nuevos Père Duchesne o como aquel Gálvez que se vengó en las checas del hambre que le hicieron pasar durante la bohemia.

A través del 15-M, de la abdicación de JC1 y de la desaparición reciente del último liderazgo sexagenario, España hizo un esfuerzo de ruptura generacional, estimulado por la lucha contra la corrupción, cuyo inconveniente fue la gran oportunidad vislumbrada en el colapso del 78 por golpistas, charlatanes y revolucionarios. Este peligro no lo ha mitigado, sino que lo ha potenciado la moción de censura de Sánchez, de quien aún no sabemos si es un convencido auténtico de la Nueva Transición o un oportunista acosado por sus acreedores que en una época distinta habría sido un presidente institucional y estable.

El esfuerzo por terminar con la corrupción ha ido transformándose en el mero pretexto para que unos cuantos fiscales populares caracterizados ideológicamente y provistos de plataformas expansivas en la televisión azucen a conveniencia los odios sociales y decidan quién debe y quién no ser subido a la carreta de la guillotina. Esto es posible porque vivimos en la apoteosis del pequeño odiador venido a más y porque no hay contrapeso alguno, dado que los políticos o utilizan a conveniencia esta picadora o viven con el pavor impreso en el rostro a descubrir una mañana que los han introducido en ella.