DAVID GISTAU-EL MUNDO

LA MUDANZA de la izquierda redentora a un ámbito pastoral –el del chalé y la ecología guay– hizo estragos en la conexión con la puta calle. Con esos barrios llenos de chicos que ya querrían que la infancia se la robara el derretimiento de un glaciar, como a la pobre Greta. Aquel muchacho, Pablo Iglesias, que posaba con guantes de boxeo porque eso lo identificaba con un orgullo periférico, se ha convertido en un profesional donde el desaliño es un cálculo y que suena paternalista cuando saluda a los empleados de la limpieza porque la política le sirvió de ascensor para elevarse hasta una jerarquía social donde hay un jardín con aspersores automáticos. Es decir, bien lejos de lo que el propio Iglesias, con su vaso de Macallan en la mano, llamaba «lúmpenes (sic), gentuza de clase más baja que la nuestra».

Mientras esa izquierda abraza causas donde lo que se discute es si hay que dejarse o no crecer los pelos de las axilas, Vox aprovecha el vacío y detecta la puta calle. Así, la Vallecas de Iglesias acaba de ser sustituida por la Hortaleza de Abascal. Pero no como acreditación barrial de una pureza de origen, sino como un diagnóstico social que se permite incluso retorcer o ignorar las estadísticas con tal de retratar a los antiguos paladines de la lucha de clases como unos nuevos pijos distantes que no se quieren enterar de qué sucede de verdad en las calles. Abascal lo sabe porque vive allí, como Iglesias antaño, y se lo cuentan, en cuanto pisa la acera, las personas que no aprenden a ver el mundo en un café de Serrano o en un cenáculo político/intelectual. Así, mientras la izquierda no se entera porque está entretenida con las exquisiteces y las moralinas de su gran proyecto narcisista de ingeniería social, Abascal desmonta de su caballo y se convierte en aquello que Iglesias pretendió ser: el intérprete de la Gente fetén.

Incluso con el matiz xenófobo, más penalizado en el café de Serrano que en la puta calle, el movimiento de Vox es interesante. Trasciende el casticismo rural y taurino donde encontró sus primeros entuertos por desfacer y entra de lleno en el antiguo proletariado que, como una vez se lo gritaron a Errejón, siente que la izquierda ha dejado de atender a sus problemas porque, cuando no está apoyando cualquier expresión de la anti-España, sólo se dedica a preguntarse a qué huelen las cosas que no huelen. Nada que no haya sucedido ya en Europa.