La sangre de los justos

EL MUNDO – 09/02/16 – JOSÉ A. ZORRILLA

José Zorrilla

José Zorrilla

· Carta a Joxeba Pagazaurtundúa, ex jefe de la Policía Municipal de Andoain, de cuyo asesinato por ETA en esta localidad guipuzcoana se cumplieron ayer 13 años. Su figura fue un ejemplo de coraje frente al terror.

Querido Joxeba: Ahora que han puesto un buzón para mandarte cartas ya puedo decirte lo que no te pude decir en su día. Verás. En esto de reconocer héroes tengo algo de experiencia porque trabajé en Honduras en los días de la Contra, del Obispo Romero y del Padre Ellacuría. Así que en cuanto te vi y empezamos a hablar en Andoain reconocí al tipo. Otro valiente a quien no le gusta la injusticia y la denuncia ante la cámara y en el ámbito de lo cotidiano, aunque se juegue la vida. En la Biblia les llaman profetas. Nosotros, menos solemnes, os llamamos ciudadanos ejemplares.

Tú hacías de relator de la muerte de tu amigo y víctima de ETA, José Luis López de Lacalle, para mi documental Los Justos. Y el relato se iba desarrollando según una tragedia con todos sus atributos y en los mismos escenarios en los que tuvieron lugar. Cayó Enrique Casas, persona de criterio que le había tomado los puntos a Eguiguren y lo había echado del PSE. Su muerte llevó a que Eguiguren volviese al PSE de la mano de Ramón Jáuregui –no hace falta decir las consecuencias de ese error a largo plazo–. Cayó el refundador del PSOE en Guipúzcoa durante el franquismo, Fernando Múgica. Ese no había compartido cárcel con los de ETA sino tertulia en el Café la Concordia de Bilbao. Entre otros títulos de nobleza social ostentaba el de ser hijo de una familia judía que buscó amparo en San Sebastián huyendo del Holocausto. Y cayó Fernando Buesa, a quien conocía personalmente, hombre de valía excepcional con el que las cosas hubieran ido de otro modo en la izquierda vasca.

Mataron también a Gregorio Ordóñez, a quien traté, persona que cambió para siempre mi percepción del PP y de la propia España porque cuando llegó el juicio al General de la Guardia Civil, Galindo, yo ya sabía lo que había detrás de la «niebla del terrorismo» en Guipúzcoa con pelos y señales. Pero a Gregorio no lo mataron por contar esos secretillos sino por hacer bien su trabajo. Llevó al PP a dejar de ser un partido de señores mayores con bigote y gafas de sol y de paso a ser la lista más votada de San Sebastián. Si no le hubiesen matado hubiese sido alcalde de San Sebastián aquella primavera de 1995. Claro que también Mayor Oreja lo consiguió y no le valió de nada. Odón Elorza, del PSE, pactó con el PNV y aquí paz y después gloria.

Pedirle a José Luis López de Lacalle que callase frente a ETA hubiera sido como pedirle al sol que saliese de noche. Si no le había dado miedo Franco, que le había dado miedo a todo el mundo, incluida tu Andoain natal, ¡le iban a dar miedo a él cuatro desharrapados intelectuales! El personaje se alzaba otra vez contra el tirano, esta vez a cara descubierta y con la pluma en la mano y les nombraba fascistas y nazis, que lo eran. Llegó el tercer acto. Las instituciones deciden construir una autovía entre Guipúzcoa y Navarra que pase por Leizarán. ETA se opone. El héroe trágico defiende con su pluma el trazado institucional y sabe que, al hacerlo, da un paso más hacia el sacrificio. No le importa. Irrumpe entonces en la narrativa la traición. La Diputación de Guipúzcoa estaba en manos de Eusko Alkartasuna. PNV y PSOE se ponen de acuerdo para arrebatársela y, en prenda de su contubernio, admiten el cambio de trazado que exige ETA y que el partido de la Diputación rechaza.

El PNV y el PSOE advierten al héroe como es preceptivo en la ficción. Joseba Egibar, presidente del PNV de Guipúzcoa y nacido también en Andoain, encuentra a José Luis en el muelle de Zarauz y le dice: «déjalo José Luis, la decisión está tomada. Vamos a cambiar el trazado de Leizarán. Y, además, vamos a hablar con los del Diario Vasco y te vamos a tapar la boca». No les hizo caso. Solo ya, sin otro apoyo que EL MUNDO, era evidente que desde su desamparo no quedaba otro final sino el anunciado. Y estos fueron los pasos del crimen. Primero le mandaron cartas insultantes, luego le tiraron explosivos a su casa y finalmente le abatieron. Quedó a su lado un paraguas abierto como una lágrima negra sobre el asfalto. Sus camaradas le despidieron puño en alto cantando la Internacional.

Quedan algunas cosas que no dijiste en cámara Joxeba. Tu viejo instinto de clandestino no quiso revelar entretelas. Pero esta carta es para la eternidad y no puedo callarlo. No mencionaste por su nombre a los políticos del PNV y del PSOE que te amordazaron y/o advirtieron. Pero lo que hizo tu relato tan especial dentro de todo aquel catálogo de héroes que aceptaron hablar delante de mi cámara era que al contarme la saga de Jose Luis tú, sin saberlo, eras como un augur que profetizaba su propia muerte. Pues a ti te aguardaba un destino parecido y en el mismo escenario: Andoain. Luchaste contra Franco y te torturó la Guardia Civil. Desarticulaste luego un comando de ETA y otro del Batallón Vasco Español. Y, finalmente y tras la muerte de José Luis, te convertiste en el blanco de aquella panda de salvajes. Abrió paso a la tragedia el que en 1999 lo mejor de España, con Savater al frente, crease el primer frente antiETA en 40 años de democracia.

Pues no fue ni la izquierda antifascista quien lo hizo ni la derecha liberal española. Fue un movimiento cívico espontáneo, harto de tanta complacencia. A Eguiguren no le gustaba nada todo aquello. Según tu hermana Maite, el PSE guipuzcoano se opuso a que la primera manifa de Basta Ya llevase como cabecera «ETA no». Le parecía un eslogan «divisor». Tú lo viste claro. «Van a por nosotros y el PSE va a entrar en una línea pro nacionalista total. No va a quedar más referencia constitucionalista en el país que el PP».

Así que aposté contigo una chuleta, dónde tú quisieras, a que estabas equivocado y que el PSE seguiría siendo español y socialista. La primavera del 2002 no tuve más remedio que llamarte por teléfono y admitir que habías ganado la apuesta, el PSE de Eguiguren adoptaba una estrategia que aniquilaba a la gente como vosotros, porque en el paquete de Nico Redondo ibáis la gente como tú y lo más hermoso, valiente y decidido que haya dado el constitucionalismo español, Basta Ya. Juan Luis Cebrián puso el relato. La gente como tú, Savater y Nico eráis «fundamentalistas constitucionalistas». Sorprendente contradicción en términos. La Constitución prohíbe el fundamentalismo. Yo hubiera dicho que los fundamentalistas eran los que os querían matar.

En lo referente a mi deuda nunca pude pagarla. Te mataron antes no sin la habitual traición, esta vez todavía más artera, porque fue con agravante de autoridad. Tu jefe, Javier Balza, viceconsejero de Interior del Gobierno de Ibarretxe, gracias a un único parlamentario de ventaja, que se lo dio Madrazo (IU), el partido de Blas de Otero e Ibarrola, por si no te acuerdas, te ordenó volver a Andoain. ETA había dicho que estaba en tregua, el PNV aseguró que esta vez iba de veras y tú eras la prenda de su credibilidad: ¿qué hacías escondido si no había ya peligro? Debías de incorporarte de inmediato a tu puesto de Jefe de Policía Municipal. Tú sabías que lo de la tregua de ETA era una trampa, esta vez lo sabía yo también, pero no te quedó otro remedio sino obedecer.

Vino el entierro y a ti no te cantaron la Internacional. Te fuiste bajo la bandera pirata. Imagino que después de tanto destrozo tenías una nostalgia infinita de libertad y de pureza y esa sólo te la daba la mar, que es el más allá de los laicos. Faltaba el epitafio y lo puso tu madre, Doña Pilar, con una imprecación que ha quedado para siempre en el vocabulario político de España. «Harás cosas que me helarán el corazón», le gritó al PSE guipuzcoano. Nos lo ha helado a todos. Pero así como a las Troyanas les consoló en su duelo ver el fin de quienes aniquilaron a su mundo, la estirpe de los Atridas, a todos nos pareció justo ver como ese magma de infamia, mal llamada socialista, ha terminado en el cubo de la basura al igual que la IU de Madrazo.

Por lo que hace a ti, Joxeba, me dejaste el ejemplo, el recuerdo y la culpa. Y otra hermana pequeña, Maite, además de las dos que ya tengo, aunque pequeña sólo en edad porque en coraje no cede en nada a Lope de Aguirre y Blas de Lezo juntos. De verdad que intento cuidarla en lo posible, pero sólo lo sé hacer como lo he hecho todo en la vida. Con torpeza y desde lejos.

Hasta siempre Joxeba. O en el lenguaje ese tan raro que habláis en vuestra casa, Goian Bego.

José A. Zorilla es diplomático. Fue Cónsul General de España en Milán y embajador para Georgia y Estados del Cáucaso (Tbilisi). Es autor del documental Los justos, dedicado a las víctimas del terrorismo.