La tecla de reinicio

ABC 09/06/14
IGNACIO CAMACHO

· En el reinado de Felipe VI el Estado constitucional ha de pasar por una reforma que incluirá consulta de ratificación

SOSIÉGUENSE los inflamados rupturistas que agitan en las calles banderitas tricolores compradas en tiendas de chinos. Serénense los ardorosos emancipadores de pueblos cautivos. Tranquilícense los aficionados al balconeo funámbulo en la Historia. Apláquense los espíritus ávidos de referendos express y los exaltados defensores de la democracia participativa. Keepcalm, un poco de paciencia. Si se trata de votar, acabarán votando; otra cosa es que pierdan. Pero podrán ejercer el ansiado derecho a decidir sobre la Corona y el modelo de Estado en tiempo y forma. No a su manera, sino a la única jurídicamente posible en una democracia: cumpliendo las normas. De la ley a la ley, que es como se formulan en las naciones civilizadas los pactos de convivencia.

Porque va a haber, a medio plazo, una reforma de la Constitución, un marco nuevo para la incipiente monarquía de Felipe VI. Y su anuncio flotará, de forma expresa o sugerida, en la atmósfera de la proclamación sucesoria. Un acuerdo político y civil que establezca las reglas del juego –empezando por las de la propia Corona, cuya regulación, incluida la igualdad de sexos en la línea hereditaria, está pendiente desde hace treinta y cinco años– para otro puñado de décadas. De eso es de lo que se habla al mencionar la Segunda Transición: de una puesta al día del statu quo de la nación que pueda valer para la primera mitad del siglo.

Con alta probabilidad, las próximas Cortes albergarán una legislatura constituyente. Y si se tocan las disposiciones sucesorias –o las de los derechos ciudadanos, cuya ampliación reclaman colectivos civiles y políticos– habrá que reformar la Carta Magna por el procedimiento agravado, el que incluye referéndum y disolución de las Cámaras. La consulta anhelada por los nuevos arúspices de la democracia directa. La oportunidad de sancionar o rechazar –eso sí, en paquete conjunto, en el que habrá de ir también incluido el modelo territorial que se acuerde– el reglamento regulador del sistema de libertades.

Será una experiencia de riesgo. Tal vez la única posible en este tiempo que acaba de abrirse entre inevitables ráfagas de vértigo histórico. Necesita un clima de responsabilidad pública que ahora no existe, y liderazgos sólidos de momento ausentes. Requiere generosidad, compromiso y luces largas que alcancen más allá del tacticismo político. Pero hace falta. No sólo para dotar de legitimidad de ejercicio al nuevo Rey sino para reforzar la estructura de un edificio institucional desgastado. Será difícil reunir un consenso tan amplio como el del 78, y habrá turbulencias sin un Suárez que sepa capearlas a base de instinto y osadía. Pero no partimos de cero sino de una democracia sólida y de un pueblo que se ha acostumbrado a vivirla. El día 19 España va a pulsar una tecla de reset, de reinicio. Le toca a la generación de Felipe actualizar el sistema operativo.