Mario Onaindia: la vida y nada más

 

«Nosotros nos jugamos la vida», dijo cuando ya finalizaba su intervención en la presentación del primer tomo de sus memorias, el 2 de marzo de 2001, y algo debió removerse en su interior, porque al decirlo se le quebró la voz. Hubo un largo, angustioso silencio, al final del cual sólo añadió esto: «Y nada más». Esa vida que el franquismo intentó arrebatarle en 1970, a sus 22 años, condenándole a la pena capital en el juicio de Burgos, cuando era miembro de ETA, y que ETA amenazó en los últimos años, obligándole a vivir con escolta policial, esa vida de Mario Onaindia se extinguió ayer en Vitoria.

Una vida de resistente, político y escritor que había comenzado en Bilbao en 1948 y pasado por una infancia en Lekeitio y Eibar antes de desembocar en la militancia casi adolescente en ETA que le llevó a la cárcel: conoció las de Basauri, Burgos, Cáceres y Córdoba entre abril de 1969 y mayo de 1977, fecha en la que, en vísperas de las primeras elecciones de este periodo democrático, fue «extrañado» (término equivalente a desterrado, pero que también se aplica a quien echa de menos algo o a alguien) a Bruselas, escenario de su primera novela en euskera.

En su libro de memorias (El precio de la libertad, Espasa, 2001), Onaindia ha dejado testimonio de los motivos por los que en los años sesenta un joven de familia nacionalista, empleado en una sucursal bancaria, aficionado a la lectura y contrario al franquismo podía considerar la cosa más natural del mundo afiliarse a ETA. A diferencia de otros miembros de su generación, como Juaristi, Azurmendi o Aranzadi, se negaba a admitir que existiera continuidad entre la ETA de los sesenta y lo que luego habría de ser esa organización. Uno de los capítulos más emocionantes de sus memorias es el que comprende sus 13 meses de vida clandestina, entre 1968 y 1969, cuando se llamaba Carlos, y en los que conoció a Esozi Leturiondo, con la que se casaría al salir de la cárcel, y a muchos de los que han seguido siendo sus mejores amigos.

En un artículo publicado en 1978, al cumplirse los 10 años de la muerte de Echebarrieta, el primer miembro de ETA en matar (a un guardia civil de 25 años, José Pardines) y el primero en ser matado, Onaindia comparaba el aire fúnebre que esas dos muertes habían dado al 68 vasco con el tono festivo de la revolución juvenil que se producía en otros lugares del mundo; pero recordaba también con nostalgia una época, escribía, en la que «ser considerado españolista no era motivo para retirarle el saludo a alguien». Escribió «retirarle», no «que te retiraran», seguramente porque le costaba imaginarse en esa posición.

Sin embargo, ya para entonces tenía motivos para hacerlo: en Carta abierta sobre los perjuicios que acarrean los prejuicios nacionalistas (Península, 1995) recuerda cómo en 1977, estando en el cámping de Biarritz, y creyendo que tras pasar ocho años en la cárcel «ya había demostrado ser un patriota», un conocido suyo de Eibar le reprochó, a él y a los otros condenados de Burgos, haber arruinado la movilización por la amnistía por aceptar beneficiarse de ella. «Para mí», le dice el sujeto, «saliendo de la cárcel habéis dejado de ser vascos. Es más, si yo fuera militante de ETA, os pegaba un tiro».

En una entrevista reciente con José Luis Barbería dijo que compartía muchas cosas con los nacionalistas, como el gusto por la música vasca, el Athletic o el euskera; pero le irritaba su tendencia a expedir certificados de buenos vascos: «He escrito más libros en euskera que todos los dirigentes del PNV juntos», dijo.

Onaindia fue ante todo político, aunque a veces practicase esa vocación desde la literatura. De sus ocho años como secretario general de Euskadiko Ezkerra, una formación que en Irlanda habría sido definida como interconfesional y que acabaría integrándose en el PSOE en los años noventa, queda sobre todo la reinserción del sector político-militar de ETA en 1981.

En una actitud que entonces se consideró insólita, Onaindia se enfrentó públicamente a los activistas de ese grupo reprochándoles sus asesinatos de dirigentes de la UCD vasca. Más tarde les ayudó a encontrar salidas personales en una negociación con el ministro Rosón en la que también intervino el entonces diputado Bandrés.

Durante años, Onaindia creyó que un proceso similar podría desarrollarse en la otra ETA, la militar. Pero ningún dirigente de HB tuvo el valor de plantar cara a los de las pistolas; los disidentes, que los hubo, se fueron en silencio. En un momento dado, Onaindia llegó a la conclusión de que era preferible tratar con sectores del entorno social abertzale (sindicalistas, el mundo del euskera, curas) antes que con sus políticos profesionales; sus gestiones con esa gente fueron bautizadas periodísticamente como Via Onaindia.

No llevó a nada concreto, pero ese intento voluntarista revela un rasgo de su personalidad que le distingue del escepticismo de otros miembros de su generación con similar itinerario -de ETA a ¡Basta Ya!, por simplificar- y que hizo que sus amigos Teo Uriarte y José Luis Zalbide comenzaran a llamarle, cuando los tres penaban en la prisión de Cáceres, El Morales, en referencia a su visión optimista, como del Alcoyano, del género humano, y a su resistencia a darse por vencido. Sin embargo, en sus últimos escritos, y especialmente en el epílogo escrito para la reedición de su Guía para orientarse en el laberinto vasco (Temas de Hoy, 2003), admite la necesidad de «revisar nuestra propia historia de la transición», y especialmente la fe en el diálogo como forma de convencer al mundo que se mueve en torno a ETA. Al recibir, en mayo pasado, el Premio de la Fundación López de Lacalle evocó El hombre que mató a Liberty Valance, la película de John Ford, para ilustrar su idea de que sin ley no hay libertad, y reprochar a los actuales gobernantes vascos su lenidad frente a quienes se consideran con derecho a vulnerarla en nombre del ideal patriótico.

Su vida, que daría para varias películas -codirigió con el escritor Jorge Martínez Reverte una academia de guiones cinematográficos-, incluye un doctorado en Filología Inglesa con una tesis sobre El lenguaje clásico de Hollywood, y otro en Filología Hispánica con una tesis sobre La tragedia de la Ilustración Española, que se convertiría en el libro La construcción de la nación española (Ediciones B, 2002). Una de sus ironías favoritas era la de considerar que se había aproximado a su ideal de ser «un hispanista inglés», lo cual, para alguien condenado a muerte por su militancia en ETA, no es poca cosa.

La moral de resistencia le ha acompañado hasta el final. En 1998 superó un infarto que le dejó el corazón muy dañado, y en 2001 le dieron seis meses de vida tras descubrirle un cáncer. Durante dos años se ha resistido a aceptar que fuera irreversible y hubo un momento, en el verano de 2002, en que pareció capaz de vencerle. En estos años ha publicado varios libros y trabajado hasta el último momento en la segunda parte de su memorias, que comprende el periodo 1977-1982 y que, según personas que las han leído, están redactadas con la sinceridad descarnada de quien sabía que no tendría ocasión de corregirlas.

Además de todas esas cosas, Mario Onaindia fue una de las personas más buenas y generosas que he conocido, y el mejor de los amigos. Agur, Carlos.

Patxo Unzueta, EL PAÍS, 1/9/2003