SANTIAGO GONZÁLEZ-El Mundo

Algo falla en la vida política española cuando el ministro del Interior considera que su valor público no está en el compromiso al que le obliga su cargo con la libertad y la seguridad de los españoles. Y las españolas, claro. Él cree que el valor fundamental de la democracia española está en lo que a él respecta en sus preferencias sexuales.

Hablaré por mí. La opción sexual de Fernando Grande-Marlaska me la trae al pairo, o por decirlo en los términos usados por Pablo Iglesias en el mismísimo hemiciclo, «me la reflanflinfla (sic)». Esto de las inclinaciones sexuales del personal es asunto íntimo, personal e intransferible que no nos compete a terceros. Hace ya bastantes años que Camilo José Cela, que era Nobel, fijó el relativismo de estas cosas: «Cada uno se corre como puede», así que no hay nada más que decir. Bueno, algo sí, que se me hace contradictorio el celo del ministro en defensa del orgullo con su pasividad y un pelillos a la mar cuando la zafia de su compañera de Gabinete, Lola Delgado, lo tildó de «maricón» en la tan mentada comida con Villarejo.

La marcha del orgullo tiene reservado el derecho de admisión y la organización no admite a los dirigentes del partido naranja. Si el ministro responsable de las libertades, en lugar de garantizar la de manifestación de Ciudadanos dice que sus pactos «descarados y obscenos» con Vox deben tener «alguna consecuencia en un sentido o en otro», ¿que vamos a esperar de Calvo, Lastra y toda la gavilla?

Y de Sánchez, claro, que ayer consumó su quinto fracaso en la reunión con Pablo Iglesias en busca de su investidura, si es eso lo que busca. El marqués de Galapagar tiene razón al recriminar al candidato Sánchez que no quiere un pacto. La ni-ni le reprocha lo mismo a Iglesias, que quiere cargos en vez de acuerdos programáticos. «No como nosotros, que buscamos acuerdos políticos, aunque eso sí, queremos que todos los ministerios sean para nosotros». Yo comprendo a Sánchez y su repelús de meter en el Consejo de Ministras a Pablo Iglesias. Es más, me pongo en su lugar y me daría repelús contar conmigo mismo como presidente del Gobierno.

Pablo Iglesias, el tipo a quien la teocracia iraní sufragaba hasta el móvil, también comprende la hostilidad hacia Ciudadanos y encuentra «lógico» que el colectivo LGTBI no esté «muy contento» al ver que este partido ha llegado a un acuerdo de Gobierno con la «extrema derecha homófoba». Con el asquito que le dan al pobre Rivera los de Vox. ¿Y qué deberían hacer los del LGTBI con el patrocinado por los ayatolás que ahorcan a los homosexuales colgándolos de grúas?

El PSOE pide a Iglesias que proponga como ministros a personas independientes de reconocido prestigio. ¿Y qué es eso? Miren al staff: Calvo, Ábalos, Celaá, Batet, Lastra, Duque y así. Marlaska era una excepción, un destello de excelencia en la planicie que se ha rebajado al nivel de la cuadrilla. Creo que debería dimitir, pero eso ya no se lleva en la tropa del sanchismo. Marlaska ya no nos vale ni siquiera como juez. A Sánchez cabría reprocharle lo mismo que Don Luis Mejía a Don Juan Tenorio a propósito de Doña Inés: «Imposible la habéis dejado para vos y para mí».