Santiago González-El Mundo

Una de las tradiciones que dejó Zapatero en la Moncloa fue rematar el último Consejo de Ministros del ejercicio con una rueda de prensa para hacer balance del año de Gobierno. Estos balances son positivos, una exhibición de la sonrisa institucional. Otra cosa es que sean acertados, claro. No tengo yo para olvidar aquel 29 de diciembre de 2006, cuando el presidente hizo saber que respecto al terrorismo «estamos mejor que hace un año y el año que viene estaremos aún mejor». Sólo 20 horas después ETA voló el aparcamiento de la T-4. 

Pero el invento estaba bien traído y Rajoy continuó la tradición. Ayer tocaba y compareció para hacer un balance positivo ma non troppo. La parte positiva era la economía. El ma non troppo había que cargarlo en la cuenta del golpe de Estado en Cataluña. Ya de paso anunció que el nuevo Parlament se constituirá el 17 de enero, que el 155 sigue operativo y manda quien manda. No dio explicaciones sobre el fiasco electoral de su partido, pero no comparecía como presidente del PP, sino del Gobierno. 

El líder emergente también cumplió para explicar que la caída del bipartidismo, o sea, el fracaso del PP y el PSOE, les impide sumar para un Gobierno constitucionalista en Cataluña. El infierno son los otros, ya se sabe, aunque el argumento tira un poco de la sisa: sin los escaños que no ha ganado el PSC y los muchos que ha perdido el PP, Cs no habría obtenido la indiscutible y brillante victoria de Inés Arrimadas. Los constitucionalistas, perdonarán que me repita, son vasos comunicantes. 

Los nuevos votantes de Ciudadanos son gentes que se sintieron mejor representadas por ellos que por Albiol e Iceta. Nada que oponer, esa es la esencia misma de la política en democracia, pero habría sido mucho mejor desde el punto de vista de la democracia y Cataluña que una parte sustancial de los nuevos votantes ciudadanos provinieran de nacionalistas sensatos, si es que tal sintagma no fuese un oxímoron radical. 

Es un consuelo, con todo, que Rivera compareciera en persona para hacer su balance del ejercicio, en vez de delegar en cualquier Villegas, como hicieron Pedro y Pablo con dobles de luces aún peores. Iglesias está que no asoma desde el 21-D, ni siquiera ha reunido a la dirección de su partido para valorar los resultados. Él está muy sobrevalorado, pero depende de con qué lo comparemos y se hizo representar ayer por Rafa Mayoral en demostración de que todo es empeorable. A uno le parece que una de las consecuencias favorables de las elecciones catalanas es que se han llevado por delante, probablemente para siempre, las oportunidades de poder de Pablo Iglesias, si es que alguna vez las tuvo. 

Pedro Sánchez envió en su lugar a José Luis Ábalos, que es como él con algo menos de carisma, pero que es primus entre sus pares Lastra, Margarita (está linda la mar) y Puente. Hizo una aportación positiva al considerar imposible cualquier alianza con Podemos, el regalo envenenado que Ada Colau hizo a Pablo Iglesias al romper su pacto municipal con el PSC, por muy perverso que fuera desde su comienzo.