Pureza de sangre

ABC 07/09/14
IGNACIO CAMACHO

· El núcleo de UPyD rechaza a Ciudadanos porque se siente objeto de un asalto a su prístina pureza regeneracionista

LOS votantes de Ciudadanos y UPyD tendrán que seguir esperando –muy probablemente ad calendas graecas– a que una reforma del sistema electoral pondere el peso específico de su voto. El paso que sus respectivos partidos podían dar para incrementarlo mediante una alianza no va a producirse por más que muchos de sus militantes y simpatizantes lo estimen conveniente y hasta necesario. Si uno no quiere dos no discuten pero tampoco se juntan, y la dirección de UPyD no desea confluir con sus primos políticos. Ayer quedó claro y palmario este rechazo y zanjado el debate; la reunión convocada por Rosa Díez para discutir en teoría la propuesta de su eurodiputado Sosa Wagner no tenía otro objeto que el de escenificar esta negativa y la cantada minoría del catedrático leonés, que suerte ha tenido con que después del abofeteo dialéctico no lo expulsen por desleal y díscolo. El comité ha actuado como un Komintern en cerrada defensa del liderazgo de R10 y punto pelota. Asunto cerrado.

El fondo inmediato de la cuestión es que la dirigencia de UPyD entiende la iniciativa de confluencia como un asalto. El núcleo duro del partido estima que los de Ciudadanos tratan de lanzar una OPA hostil planificada por elementos externos que utilizan a Sosa como cabeza de puente. El parentesco ideológico de ambas fuerzas no se discute pero Díez y sus partidarios desconfían de Albert Rivera y los suyos; creen que son permeables a influencias fácticas y los acusan de abrir sus puertas a elementos poco recomendables que podrían contaminar su prístina y virginal «limpieza de sangre». Tampoco están dispuestos a compartir un proyecto que se sienten celosamente orgullosos de haber puesto en marcha aunque al cabo de cinco años sus resultados prometedores se hayan estancado. Prefieren ser pocos pero muy cohesionados en su poquedad.

Hay sin embargo en la cuestión otro fondo remoto, y es la tendencia inevitable de los partidos, incluso los de nuevo cuño por rupturistas que pretendan ser –le ocurrirá o le ocurre ya a Podemos–, a actuar con una dinámica de sectarismo endogámico. Al final el juego político tiene sus reglas y éstas implican un grado irremediable espíritu de clan, de sentido de propiedad familiar y de disciplina orgánica. Se trata de organizaciones refractarias constituidas en torno a un sentimiento visceral de identidad común, y eso no se comparte. UPyD, surgida de la crisis del bipartidismo como un refrescante modelo de reformismo moderado, ofrece un interesante programa de regeneración pero pese a su discurso crítico tiene desde el principio vocación de partido convencional, con su aparato y demás estructura. Y Ciudadanos también aunque su armazón esté por ahora menos ensamblado. Mucha gente los considera similares y precisamente porque lo son no se unen: porque en la esencial tribal de la política es más difícil repartirse un espacio que disputárselo.