Republicanismo y Monarquía

EDUARDO ‘TEO’ URIARTE – Fundación para la Libertad – 22/06/14

Eduardo Uriarte Romero

Eduardo Uriarte Romero

· El origen y vicisitudes que padeciera la II República han provocado que el republicanismo nos haya llegado confuso y proclive, por tanto, a su manipulación. A cualquier español de a pié se le hace difícil descubrir en estos momentos que fue el republicanismo inglés el que hizo posible la primera y más prestigiada monarquía parlamentaria tras la trágica experiencia de la guerra civil y la dictadura de Cromwell. El republicanismo moderno surgió junto a la monarquía, no osaba cuestionarla porque ella significaba estabilidad política. Se fijaba, por el contrario y fundamentalmente, en otras cuestiones, como la consecución de la convivencia política mediante la deliberación parlamentaria y bajo el imperio de la ley. Elementos esenciales que desprecia, precisamente, la actual moda republicana española.

En otro orden de cosas, no es acertado  identificar, como han hecho algunos líderes izquierdistas, republica con democracia, puesto que el republicanismo siempre ha sido defensor del ejercicio de la política  sólo para una élite privilegiada, muy celosa de que la plebe accediese al poder. La democracia, en cierta pugna con el republicanismo, llegó lentamente después, aprovechándose del paso que en la abolición del Antiguo Régimen supuso el republicanismo. Por eso, en estricto sentido, no se debe identificar republicanismo con democracia.

Ni siquiera la Revolución francesa se planteó premeditadamente guillotinar al rey. Aquellos grandes revolucionarios imbuidos de republicanismo, que sólo a posteriori supieron –los que la sobrevivieron- que hicieron la Revolución, (léase a Jules Michelet, “Historia de la Revolución Francesa”), descubrieron la nación republicana cuando el rey se retiró de la sesión de la Asamblea en Versalles el 23 de octubre de 1789 y Mirabeau declamara que la sesión continuaba sin él, pues la nación estaba allí sin el rey, aunque sólo quedase en el salón el tercer estado. No pensaron en abolir la monarquía, lo que ocurrió es que el rey conspiró con los reyes extranjeros y se enfrentó a la Asamblea. Entonces, el republicanismo mutó en revolucionario y se vio atrapado en la espiral de violencia y terror.

Tampoco la I República española surgió de forma antimonárquica. El pueblo no echó al rey, Amadeo se marchó cuando asesinaron a Prim, dejando al Congreso de los diputados en el mayor de los abandonos.  Pi i Margall (que si había leído a Michelet) hizo el mismo discurso que Mirabeau, provocando gran admiración: la nación estaba allí aunque el rey se hubiera ido, y así surgió la república sin rey. La ruptura fue mínima, ni siquiera se cambió la bandera, y la revolución que vino lo fue todo menos republicana: cantonal-anarquista. Entre los cantonalistas y los carlistas acabaron de forma caótica con aquella experiencia: se produjo la restauración borbónica mediante el pronunciamiento de Martínez Campos.

La grosera contradicción que se ha planteado en estos días entre monarquía y democracia es doblemente falsa. Primero, porque existen monarquías democráticas y existen denominadas repúblicas nada democráticas. Y, segundo, porque republicanismo no es sinónimo de democracia. Por el contrario, cualquier planteamiento teórico sobre el tema suele partir de la contradicción entre el aspecto elitista del republicanismo (y del liberalismo) y la pulsión universal e igualitarista de la democracia. Así pues, la monarquía no tiene que estar en contradicción con el republicanismo, puede existir una república coronada, la cuestión reside, y es en lo que hay que incidir, en que la monarquía sea democrática, de la misma manera que cualquier república.

Otra cuestión es que la fracasada II República posea una lectura casi mítica por parte de un sector de la sociedad poco dado a desmenuzar la realidad y entregada a la movilización maniquea. Puede ocurrir que aquella fracasada república se utilice, junto al alucinante intento de ganar la guerra civil ochenta años después, para provocar desestabilización en el sistema actual. Es cierto que la república del 31 se convirtió en un gesto democrático por expulsar a un monarca militarista y cómplice en la dictadura de Primo de Rivera, lo que ha hecho creer que el republicanismo sea sinónimo de ruptura y democracia. Pero en general, el republicanismo es una doctrina bastante conservadora, en Estados Unidos los republicanos son los conservadores.

Pero por la forma de enarbolarse en la actualidad tan respetable sistema, y la poca cultura republicana existente, parece que hoy disponga del mismo defecto del que adoleció la de 1931: la II República española carecía de republicanos que la sostuvieran. Sindicalistas y partidos obreros en su mayoría usaban la república para otra cosa, para la revolución social, y hasta Azaña optó por una república no inclusiva, despreciando el modelo de la III República francesa e inspirándose en las dos previas a  ella, revolucionarias y violentas. De esta manera resultó un régimen todavía menos inclusivo que la monarquía que derrocó. La República “no es eso”, y sus más fervorosos promotores, Ortega, Marañón o Unamuno, por no citar militares que la apoyaron y luego dieron el golpe fascista, acabaron abandonándola. Por ello es muy posible que los actuales promotores de la república estén pensando en otra cosa y no precisamente en la república.

Lo más perverso de su actual reivindicación es que exista la posibilidad de que haya quien la reivindique a pesar de conocer todo el enfrentamiento civil que supuso, concientes del proceso de ruptura que desencadenaría. Por el contrario, si su reivindicación fuera sinceramente republicana no serían las formas que se observan en la actualidad las empleadas, no se buscaría el enfrentamiento, sino la convivencia bajo el imperio de la ley. Es decir, no se reivindicaría en un momento de sucesión dinástica una república cuando ésta carece de su fundamento esencial, la existencia del consenso republicano para hacerlo. Perversión que pudiera residir en la utilización del republicanismo para abolir la democracia, no la monarquía. Que republicanos bolivarianos estén por la sustitución de la democracia, en su forma de monarquía parlamentaria, por una dictadura más o menos camuflada, entra dentro de lo esperado, pero que en el PSOE se produzcan devaneos prorepublicanos supondría todo un giro hacia el izquierdismo en el ideario de un partido que fue democrático desde la Transición.

Entre las muchas patrañas que la puesta en marcha de la memoria histórica ha permitido una es la conversión del PCE o del PSOE en partidos republicanos. Antes y durante la II República comunistas y socialistas abogaron por destruirla. Como bien explica Santos Juliá (“Una tradición inventada”, El País 19/06/14), socialistas y comunistas no eran republicanos. Sin embargo, cuando la búsqueda del encuentro político entre españoles empezó a gestarse en el PSOE a partir de 1948 (de la mano de mi admirado Prieto), y en el PCE en 1956, la república dejó de ser una reivindicación, no sólo porque tampoco lo fue en ambos partidos antes de la II República, sino porque esperaban más, tras el desastre que ésta supuso, de una restauración monárquica constitucional.

Comunistas y socialistas empezaron a apreciar la república, y no todos sus militantes, cuando ésta desaparecía bajo el alzamiento militar del 36. Empezaron a atisbar lo importante que es un régimen de democracia burguesa cuando salían al exilio. Añoraron la república que ellos mismos habían destrozado cuando padecieron la dictadura de Franco, y fue entonces cuando asumieron el republicanismo, y por eso consideraron que la mejor forma política para garantizar la convivencia democrática era la monarquía parlamentaria. Ahora pudiera ocurrir, como entonces, que jugando frívolamente con almas republicanas, que nada tienen que ver con el republicanismo, destruyamos el actual sistema y entonces echemos de menos el paraíso democrático perdido.

Si verdaderamente el PSOE tiene un alma republicana ésta le llevaría a proseguir tras cuarenta años de democracia, y mientras no falle, apoyando la monarquía constitucional actual. Le exigiría una prudencia y responsabilidad que desde tiempos de Zapatero se echa en falta, abandonando caprichosas poses pro republicanas al estilo de Podemos en esta encrucijada sucesoria de la Corona. Esperemos que este último gran servicio en pro de la estabilidad política que ha realizado el PSOE votando en las Cortes la sucesión dinástica no sea el último por causa de su falsa y frívola  alma republicana.

EDUARDO ‘TEO’ URIARTE – Fundación para la Libertad – 22/06/14