Ignacio Varela-El Confidencial

No es casual que las expectativas electorales de ERC, que aparentemente navegaba con el viento a su favor, no hayan dejado de menguar desde que pusieron a Rovira al timón

“Yo también estoy harta del ‘procés'”.

La frase se le escapó a Marta Rovira durante el debate con Inés Arrimadas ayer en La Sexta (quizá fue lo único sincero que dijo en toda la noche). Es solo uno —y no el más grave— del catálogo completo de errores, torpezas y patinazos que cometió durante 60 minutos de programa que, a todas luces, a su rival se le hicieron cortos y a ella le resultaron eternos.

Se dice que en los debates electorales no se trata tanto de convencer a los votantes ajenos como de reafirmar y dejar satisfechos a los propios. Especialmente cuando, como en este caso, se enfrentan dos candidatas con clientelas totalmente distanciadas que no se disputan votos entre sí. Visto así, lo menos que puede decirse de lo que vimos ayer es que Arrimadas cumplió el objetivo con creces y Rovira dejó al campo independentista, y muy especialmente a su partido, sembrado de dudas.

No soy partidario de analizar los debates políticos como competiciones deportivas, pero no pude evitar pensar en una goleada en la que el rival se ha metido un puñado de goles en su propia portería. No pretendo regatear méritos a la actuación de Arrimadas, que, sin necesidad de deslumbrar, demostró una vez más las tablas y el oficio que se le suponen a un líder electoral solvente. Pero lo que hizo que la diferencia entre ambas pareciera abismal fue el naufragio de su interlocutora.

Arrimadas cumplió el objetivo con creces y Rovira dejó al campo independentista, y muy especialmente a su partido, sembrado de dudas

Sin duda, un debate entre Arrimadas y Junqueras habría sido más tenso, pero también más equilibrado. Puede que ERC se juegue buena parte de esa victoria electoral que todos le presagian en la decisión que hoy tome el juez Llanera. A estas alturas, está ya claro que el partido favorito para ganar el 21-D necesita desesperadamente a su líder al frente de su campaña. Tuvo que ser un exceso de confianza en la victoria el que llevó a ERC a elevar prematuramente a Rovira de la condición de suplente obligada por las circunstancias a la de candidata presidencial. Porque sus evidentes carencias para el liderazgo resultan poca cosa ante el peligro de que tras el 21 de diciembre, en que se necesitarán grandes dosis de cintura política, capacidad de negociación y profesionalidad, el sillón de Tarradellas, Pujol y Maragall lo ocupe alguien que es la antítesis de esas virtudes.

Rovira es una talibana de la causa secesionista. Le sale el fanatismo por los cuatro costados Rovira es una talibana de la causa secesionista. Le sale el fanatismo por los cuatro costados. En términos de imagen, su intento de mostrar un perfil suavizado resultó en un pastiche indigesto carente de toda credibilidad. Máxime cuando lo que tenía enfrente era justo lo contrario: alguien capaz de golpear el hígado con la aparente dulzura de quien acaricia. En términos políticos, pasó por momentos especialmente patéticos.

Lo peor fue su incapacidad para responder a lo más elemental: ¿qué piensan ustedes hacer después de las elecciones si gobiernan? Es la pregunta que el candidato del partido favorito no puede llevar a un debate sin preparar. Arrimadas en seguida vio la ceja abierta y se la repitió varias veces. Ella se escabullía sin molestarse en disimular. Y en el único momento en que ensayó una respuesta, farfulló varias falsedades encadenadas: Si ganamos, dijo, acabaremos con el 155. Mentira, porque con el 155 acabará Rajoy, que es quien puede hacerlo y lo hará cuando haya un Gobierno catalán elegido conforme al Estatuto. Sacaremos a los presos políticos, añadió. Mentira, porque eso no depende de quien gane las elecciones, sino de los jueces. Restableceremos las instituciones del autogobierno, concluyó. Para que eso tenga sentido debería aclarar si para ella y su partido las famosas leyes de desconexión siguen en vigor o eran, como la propia DUI, un juego para asustar.

El caso es que cuando Évole le preguntó si Cataluña hoy es una república, le salió un jeroglífico: sí, es una república proclamada pero no implementada. Eso ya se lo inventó Ikea con aquella campaña genial de “la república independiente de mi casa”, proclamada pero no implementada como esta de Rovira. El segundo trance penoso fue cuando salió a relucir aquella arcada provocadora sobre las imaginarias intenciones del Gobierno de cometer poco menos que un genocidio en Cataluña. Évole se lo quiso poner fácil: primero le pidió que aportara alguna prueba o fundamento, lo que por supuesto no pudo hacer porque las invenciones no se prueban. Luego le ofreció la posibilidad de que admitiera que había exagerado, la que tampoco supo hacer porque tal cosa no aparece en el manual del sectario. Y cuando ya se vio acorralada, soltó la astracanada: bueno, si decir eso ha servido para prevenir que lo hagan en el futuro, pues bien hecho está. Es la calumnia preventiva: te acuso de asesino para obligarte a que lo niegues y así no tengas tentaciones.

El estupor de Évole y Arrimadas ante tal desfachatez fue tan visible que hizo innecesaria cualquier apostilla. Évole inició el programa preguntando a ambas candidatas sobre algunos datos: cuántos parados hay en Cataluña, cuántos niños se educan en barracones, cuántos refugiados se han admitido en los últimos años y cuántas mujeres han muerto por violencia machista en 2017. El desconocimiento que ambas mostraron demuestra hasta qué punto el ‘procés’ ha corrompido la política en Cataluña: a tres semanas de las elecciones, las candidatas presidenciales de los dos primeros partidos en las encuestas ignoran todo sobre cuestiones de su país que cualquier dirigente político europeo se sabe de memoria. Pero si me apuran, lo de Rovira es más grave, porque se supone —solo se supone— que su partido ha gobernado en Cataluña durante los últimos años. La demagoga agitadora de masas, la lengua de fuego del secesionismo, la implacable apisonadora de los derechos de la oposición en el Parlament fue incapaz durante una hora de poner en dificultades a Arrimadas, que solo se vio apretada —y no mucho— ante algunas preguntas del periodista.

No es casual que las expectativas electorales de ERC, que aparentemente navegaba con el viento a su favor, no hayan dejado de menguar desde que pusieron a Rovira al timón. En ese sentido, puede decirse que el mayor beneficiario del debate —además de la propia Arrimadas— fue Puigdemont, que también es, objetivamente, el principal interesado en que Junqueras siga donde está al menos hasta el día 21.