Valls, la angustia de la crisis

ANTONIO ELORZA, EL CORREO – 26/08/14

Antonio Elorza
Antonio Elorza

· El socialismo español no debe cerrar los ojos ante el fracaso total de Hollande y el evitable de Renzi.

En principio, el 25 de agosto de 2014 era una fecha para mirar al pasado, ya que se cumplían setenta años de la liberación de París. En TF1 tenían preparada la canción del hoy olvidado Maurice Chevalier ‘La flor de París’, donde el actor celebraba el regreso a la vida de la capital francesa después de cuatro años de ocupación alemana, bajo el signo del ‘bleu, blanc, rouge’, los tres colores de la bandera francesa. Otras cadenas, como TV3 tenían preparados documentales conmemorativos de la victoria de los seis días de insurrección popular, lanzadas por las fuerzas de resistencia bajo la dirección del antiguo brigadista Rol-Tanguy, cuyo protagonismo fue literalmente vampirizado de inmediato por el general De Gaulle. Pues bien, todo ello pasó abruptamente a segundo plano con la dimisión presentada a media mañana por el primer ministro, Manuel Valls, ante François Hollande, presidente de la República. De forma tan clara que el propio Valls anunció que esta noche no asistiría a la ceremonia conmemorativa de la liberación.

No es una crisis como cualquier otra, porque tiene lugar en un país en estado de desesperación y de subida en flecha de la extrema derecha de Marine Le Pen y su Frente Nacional. La cota de popularidad del presidente Hollande se encuentra bajo mínimos con un 17% de opiniones favorables a su gestión. Manuel Valls, un socialista de derecha, había puesto en práctica un giro hacia el ajuste económico según los criterios de Bruselas, pero los resultados de una primera estimación no han podido ser más negativos. En pocas palabras, el crecimiento del PIB es cero, sube el paro, suben los impuestos, bajan de hecho las pensiones al estar más gravadas, y baja el poder adquisitivo de los franceses. Pocas razones para sentirse satisfechos, después de cinco meses cortos de gestión.

Las declaraciones del ministro de Economía, Arnaud de Montebourg al diario ‘Le Monde’, este mismo domingo, han sido el detonador de la crisis. A pesar del tono moderado de sus observaciones críticas, saltaba a la vista el desacuerdo con la política económica restrictiva de Valls y con la subordinación incondicional a Bruselas. Montebourg denunciaba que la política de la UE era a nivel mundial «un islote kafkiano dentro del cual los líderes se obstinan en llevar a cabo políticas que bloquean el crecimiento».

Ni siquiera cabía acudir al argumento de que tales políticas favorecen a Alemania, porque ella misma ha quedado atrapada en el cerco del crecimiento cero por la política de austeridad que Merkel ha impuesto a todos. De cara al interior de Francia, Montebourg recomendaba el reparto de las economías presupuestarias, por él asumidas, en tres tercios: uno para reducir el déficit, otro para ayudar a las empresas, y el tercero para estimular el consumo de las familias y el crecimiento. Ante todo, había que «alzar el tono» frente a Alemania y lanzar una alternativa: de nada vale votar a la izquierda si los votos sirven para someterse a la política destructora de la derecha alemana.

Al explicar su dimisión –por la tarde, en una falsa conferencia de prensa– Montebourg resumió esas mismas ideas: la política vigente en la UE condenaba a Europa a perpetuarse en el atraso; no solo Francia, sino la UE, debía apostar por el crecimiento. Recordaba que siempre intentó hacerlas aprobar desde el interior del Gobierno. Ahora, al ‘recuperar su libertad’ se comparaba a sí mismo al romano Cincinato, que se alejó del poder para dedicarse a sus labores agrarias; cosa poco creíble, pues tratará sin duda de articular una oposición socialista de izquierda al primer ministro. De momento, le acompañan el ministro de Educación, Benoît Hamon, aun con dudas, y la de Cultura, Aurélie Filipetti.

La respuesta de Valls al desafío fue inmediata: plantear la dimisión, a efectos de proceder a un cambio que relevase de sus puestos a Montebourg y a sus aliados de izquierda, los llamados ‘frondeurs’ –en recuerdo de la rebelión de la Fronda en el siglo XVII– para constituir un gobierno cohesionado en torno a su política.

A corto plazo, estamos ante un factor más de desprestigio de la presidencia de Hollande, a lo que se suma el profundo disgusto ante unas medidas políticas impopulares de Valls, que además ni siquiera funcionan. Alguno de los ciudadanos interrogados por televisión contrastan ese fracaso con el éxito de «los vecinos»: el afecto de Merkel por su lealtad económica hace subir enteros a Rajoy.

Tal vez Valls consiga atraer a ecologistas hacia su gobierno, aun cuando el desprestigio le alcance también de lleno, en medio de las durísimas críticas del Frente Nacional, del UMP y de la izquierda clásica, por lo demás también en crisis (Jean-Luc Mélenchon, presidente del Partido de la Izquierda, acaba de abandonarlo para fundar un Movimiento para la VI República). Unas elecciones hoy reducirían al PS a la mínima expresión.

Es, pues, una crisis con una vertiente interna, pero con innegables repercusiones exteriores. Si pensamos en el 0,2% de decrecimiento italiano, resulta una vez más claro que en el marco de la actual política económica europea, el destino de la socialdemocracia está sellado. Puede ganar elecciones, solo que el reformismo lleva pronto al fracaso: es la lección de Hollande. Sin embargo, la crítica de Montebourg conserva todo su valor. Al renunciar al crecimiento y asomarse a la deflación, la UE consuma su cada vez más visible marginación en el escenario económico mundial. Una gestión únicamente defensiva no basta, y tampoco vale pensar que levantando sin más las restricciones de la derecha todo va a arreglarse. Es tiempo de abordar una urgente reflexión y aquí el socialismo español no debe adoptar la táctica del avestruz, cerrando los ojos ante un fracaso total (Hollande) y otro evitable (Renzi), experiencias imprescindibles para configurar la alternativa socialista en España.

ANTONIO ELORZA, EL CORREO – 26/08/14