Pedro J. Ramírez-El Español
Cada vez que Begoña tiene problemas con la justicia Sánchez “reflexiona”. Y cada vez que reflexiona da nuevos pasos liberticidas.
Esta vez coincidía con el juicio a su lugarteniente Ábalos y con los malos datos de la economía. Por eso lo ha hecho por partida triple. Y de su “reflexiono, reflexiono, reflexiono” no han salido tres normas, tres nombramientos o tres asaltos a empresas sino un órdago a la grande.
Su “España necesita ocho años más de gobierno progresista” no puede interpretarse sino como la pretensión de atornillarse en el poder. No ya 9 años que son los que cumplirá si agota la legislatura, superando a Zapatero y Aznar. No ya 13 a los que parecía que aspiraba para igualar el récord de su detestado González. De momento ya vamos a por los 17.
O sea, hasta 2035. Como si la próxima legislatura valiera por dos.
Hablar de “ocho años más” cuando la gran mayoría de la sociedad, incluida buena parte de sus socios, le pide que convoque elecciones de inmediato y su popularidad sigue por debajo del 28%, es una reacción con la marca de la casa. Un gesto de resiliencia y desafío.
Su respuesta al procesamiento de su esposa por cuatro delitos; al juicio al lugarteniente corrupto que nombró, protegió y no vigiló; a la negativa de Von der Layen a alargar el plazo de los fondos europeos con la consiguiente pérdida de 20.000 millones; o a la cada vez más patente responsabilidad de Red Eléctrica y Adif en el apagón y la tragedia de Adamuz.
Es la huida hacia adelante que siempre le ha caracterizado. El PP le ha bautizado como el Orban del sur y EL ESPAÑOL ha hablado de su “fantasía húngara” por los 16 años de permanencia en el poder del autócrata magiar.
Pero igualmente válida sería la comparación con Trump y Netanyahu, pues ambos han eludido los casos de corrupción y otros problemas con los tribunales, redoblando su apuesta política e incluso bélica. Para ellos, como para la familia Sánchez, perder el poder, no conservarlo o no recuperarlo suponía quedar a los pies de los caballos de la Justicia.
¿Solución? La de la albarda sobre albarda, la de las dos tazas y media. ¿Qué no os gusta que gobierne nueve años? Pues id preparándoos porque gobernaré 17. Y mi “prioridad nacional” incluirá “unos servicios públicos de calidad”.
Toma del frasco. Toma sarcasmo.
En el caso de Sánchez más que de huida hacia adelante, habría que hablar de huida hacia arriba. Es la técnica del bassaricus astutus, ese zorro de larga cola veteada cual uniforme de presidiario, vulgarmente llamado cacomixtle, que habita en el sur de Estados Unidos y el norte de México.
El astuto cacomixtle es un omnívoro solitario que actúa tanto en el campo como en zonas urbanas, pudiendo trepar por rocas y paredes, a través de los bordes más estrechos gracias a la flexibilidad de sus tobillos. Tanta que le permiten rotar 180 grados en un santiamén.
El cacomixtle cambia de posición súbitamente. Respecto a lo que sea o a quien sea. Trepa, trepa y trepa para zafarse de cualquier amenaza o complicación. Cuanto más arriba, más a salvo.
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Lo de los 17 años no es una broma sino una hoja de ruta. Incluso diría que se queda corto. En 2035 Sánchez tendrá 63 años. Una edad perfecta para presentarse por octava vez como candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno.
Y en 2043 tendrá 71, dos menos de los que tienen ahora Putin y Xi, ocho menos que Trump. Una espléndida madurez para optar por décima vez a la Moncloa.
O sea que podrán ser 17, 25 o 33 años de poder. Más que el ciego Balaguer. Casi tantos como Stroessner, Mugabe o el propio Franco. Los que le pida el cuerpo. Sólo dependerá de él.
Si a Sánchez no se le derrota esta vez, no se le derrotará nunca. Eso en el caso de que siga habiendo urnas. Y no lo digo a humo de pajas.
El año próximo no sólo llegaremos al límite máximo de la legislatura. También se cumplirán 50 años desde aquel domingo de 1977 en el que comencé a escribir en ABC esta carta semanal a los lectores. Una sección que luego continué en Diario 16, en El Mundo y ahora en EL ESPAÑOL.
En 2043 Sánchez tendrá 71 años, dos menos de los que tienen Putin y Xi. Una espléndida madurez para optar por décima vez a la Moncloa.
Si tuviera que resumir en una sola idea mis opiniones, ilusiones y obsesiones de medio siglo lo haría, por mi aborrecimiento del franquismo y todas las dictaduras fascistas o comunistas, mediante la triple P que promoví en El Hormiguero: “Prohibido Perpetuarse en el Poder”.
Por eso se acerca la hora de la verdad. En este año que falta para la cita más importante de nuestra vida con las urnas, los que formamos parte de la Generación de la Transición no podemos tener otra prioridad que advertir a los más jóvenes del grave riesgo de que el caudillismo retorne a nuestro país.
Un caudillismo encarnado por un individuo de carácter narcisista, ínfulas mesiánicas y absoluta falta de escrúpulos.
Este temor y este retrato pueden parecer exagerados, pero las últimas semanas han terminado de levantar el velo hasta para los más reacios a admitirlo.
Sánchez pretende convertirse, con el apoyo explícito de China y tácito de Rusia, en el líder de la izquierda mundial que preconiza que las democracias occidentales deben “renunciar a parte de sus cuotas de representación”, en pro de un multilateralismo dominado por inquietantes autocracias e implacables dictaduras.
Para eso necesita que lo que él llama “gobierno progresista” se perpetúe en España “ocho años más”. Al menos “ocho años más”.
¿Está en condiciones de conseguirlo? Desde luego que sí.
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Todos los sondeos independientes siguen dando clara ventaja a la oposición, pero ni la brecha ni la tendencia se corresponden con el hundimiento fruto de la acumulación de escándalos que muchos esperaban.
De ahí la perplejidad asociada al ‘¿qué más tiene que suceder para que Sánchez convoque elecciones, las pierda por goleada y se vaya?’
A esa perplejidad va unido el espejismo inducido por la propaganda monclovita sobre las presuntas carencias del líder de la oposición. El problema es Feijóo. ¿Por qué? Para la mitad de sus críticos es demasiado duro y para la otra mitad demasiado blando.
Huyamos de ese trampantojo concebido para desmovilizar a los ciudadanos que anhelan el cambio.
La pregunta correcta del momento es ‘¿qué más tiene que suceder para que Sánchez convoque elecciones, las gane o pierda por los pelos y logre quedarse como en el 23?’.
¿Qué más tiene que suceder para que Pedro Sánchez convoque elecciones generales, las pierda por goleada y se vaya?
Ahí está nuestro to be or not to be porque una parte muy importante de todo lo que tendría que suceder a su favor ya está sucediendo. Baste como muestra este decálogo:
Me refiero a la manipulación constante de la opinión pública por parte del CIS, en una práctica sin precedente en ninguna democracia.
Me refiero al inaudito contenido de la programación de RTVE y demás medios públicos de la que cualquier espectador no fanatizado puede dar fe.
Me refiero al burdo empleo de la publicidad institucional para recompensar desde Moncloa a los medios adictos y tratar de ahogarnos a los críticos.
Me refiero a la convocatoria de un nuevo canal de televisión ya asignado -es el secreto de Polichinela- a estrechos colaboradores del Gobierno.
Me refiero a la utilización de la Fiscalía General y la Abogacía del Estado al servicio de los intereses procesales del Gobierno, mediante la promoción de los afines y la destitución de los díscolos como Almudena Lastra.
Me refiero a los relevos al frente de instituciones como el Banco de España, el INE, la CNMC o la Airef para colocar a personas de confianza donde había figuras independientes.
Me refiero al cambio en las reglas de acceso a la carrera judicial, triplicando la cuota del cuarto turno y fomentando las becas a opositores, para invertir su presunto sesgo conservador.
Me refiero a la colonización de las empresas públicas y privadas sometidas a la regulación del Gobierno, utilizando el caballo de Troya de la Sepi.
Me refiero a la quita de la deuda, el cambio de modelo de financiación o la asignación de fondos europeos para favorecer a una comunidad con gobierno y dominio electoral socialista como Cataluña frente a las gobernadas por el PP.
Y me refiero naturalmente a la llamada Ley de Nietos por la que año tras año, mes a mes, consulado a consulado, viene alterándose el censo electoral de 2023, con el propósito de añadir un millón de votantes condicionados por la real o imaginaria vinculación de sus ancestros al exilio republicano.
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Todas estas trampas, perdón TRAMPAS, irán produciendo un efecto acumulativo mientras continua mutando la composición sociológica del electorado.
En estos momentos la suma de pensionistas, funcionarios, parados con prestación, perceptores del Salario Mínimo Interprofesional y beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital, rentas de inserción y subvenciones por dependencia llega -atención- a 20,2 millones de españoles.
20,2 millones de españoles cuyos ingresos dependen del Estado. En la inmensa mayoría de los casos, directa o indirectamente, de las decisiones del Gobierno de Sánchez.
Del otro lado -para muro ese- quedan 19,5 millones de asalariados privados por encima del SMI y autónomos. Son cálculos aproximados con posibles duplicaciones, pero la proporción sería de 1,039 en favor de quienes dependen de lo público frente a los que lo hacen del sector privado.
Podríamos decir que todavía hay partido porque electoralmente tampoco son bloques homogéneos. Pero el envejecimiento de la población, la elefantiasis exponencial de las administraciones, la subida del SMI por encima de la inflación y el probable aumento del paro desequilibrarán la balanza. En 2027 habrá unos dos millones más de votos cautivos y en 2031 casi cuatro y medio.
Nuestra democracia se está convirtiendo ya en una autocracia de manual.
Algo parecido ocurrirá con la composición del electorado en función de su lugar de nacimiento. A los efectos de la Ley de Nietos habrá que añadir la nacionalización de los migrantes iberoamericanos que regularicen ahora su situación, a medida que superen los dos años de residencia.
Si los nacidos en el extranjero con derecho al voto son hoy 3,5 millones y suponen un 7,1% del censo, dentro de ocho años la cuantía y proporción prácticamente se duplicarán.
¿Alguien duda de que tanto la mayor dependencia de los ingresos públicos como el vínculo de agradecimiento hacia quien te ha facilitado la nacionalización supondrán nuevas capas de abono para el clientelismo populista que Sánchez fomenta a uña de caballo?
¿O de que eso aceleraría sus políticas antiliberales que penalizan el emprendimiento, cargan de impuestos a las clases medias, favorecen la corrupción y persiguen con saña la disidencia?
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Si, por todo lo antedicho, nuestra democracia se está convirtiendo ya en una autocracia de manual, es propio de la evolución de las especies que en el caso de que Sánchez consiga permanecer al mando del Estado, la autocracia continúe mutando hacia una dictadura.
Todo viene ocurriendo paulatinamente, grado a grado. Pobre ranita. Todo ocurrirá mediante un deslizamiento casi imperceptible en el día a día.
Es la tesis de Levitsky y Ziblatt: “La democracia ya no termina con el bang de un golpe militar o una revolución sino con un leve quejido. Con el lento y progresivo debilitamiento de las instituciones esenciales, como el sistema jurídico o la prensa, y con la erosión global de las normas políticas tradicionales”.
Por eso “las democracias no mueren a manos de hombres armados sino de líderes electos”.
Yo también reflexiono, reflexiono y reflexiono. España no necesita “ocho años más” de sedicente “gobierno progresista” con un aspirante a dictador al frente, sino un cambio radical que refuerce la separación de poderes, la seguridad jurídica y la unidad constitucional dentro de la morada vital europea.
Pero el astuto cacomixtle sigue trepando y las próximas elecciones generales serán la última oportunidad de detenerle. Preparemos el ánimo para esa noche mágica o trágica en la que España se jugará sus libertades a una sola carta.