RUBÉN AMÓN-El Confidencial

  • Una crisis de gobierno suave, elecciones cruciales en Cataluña, la angustia de la monarquía y el optimismo de la era Biden jalonan el estado postraumático de España y del planeta

¿Cómo será 2021? Difícilmente puede resultar más angustioso que 2020. Y sí más esperanzador, porque las vacunas disponibles ya en España se añaden a los recursos extraordinarios con que Pedro Sánchez, el fertilizador, puede corregir las secuelas económicas del coronavirus. Porque la pandemia ha destruido la industria turística. Porque el PIB ha caído 12 puntos. Porque el desempleo se ha disparado. Porque se ensancha la brecha social.

La economía, decíamos. Y la política, decimos, si es que acaso se puede desvincular la una de la otra en este contexto milagrero que define el inicio del ‘año después’. La mayor ventaja de Pedro Sánchez consiste en que ya tiene aprobados los Presupuestos. Y no solo para 2021, sino en realidad para dar aire a la legislatura completa y para administrar las rentas comunitarias en claro beneficio de su paternalismo.

Es la razón por la que pueden perder fuerza las presiones de Pablo Iglesias. Y el motivo por el que ya se vislumbra una especie de crisis de gobierno no demasiado traumática. O sea, una remodelación del gabinete ministerial —la salida de Illa es un antecedente coyuntural— que relativice el peso de Unidas Podemos. Y que confiera al PSOE un cierto viraje a la moderación, después de haber explorado las fronteras pútridas de Bildu y de ERC, hasta el extremo de haberlos convertido en aliados estructurales.

El triángulo del PSOE con el populismo y el soberanismo pone en aprietos la reputación de la monarquía parlamentaria, aunque la regia institución revestiría más solidez si no hubiera sobrevenido la implosión del ex rey Juan Carlos. Un sabotaje en propia meta que encubren los cortesanos burdamente. Y una incertidumbre que va a sacudir la actualidad de 2021 a medida que avancen las investigaciones judiciales, a semejanza de una lava espesa. Veremos si el demérito se atreve a volver. O si lo hace para declarar en el Supremo, delante del retrato de su hijo.

Cataluña

Cataluña representa el gran termómetro de la temporada política. No son las de febrero unas elecciones autonómicas cualesquiera. La cita está repleta de incertidumbres y de congojas que podemos describir con el recurso dialéctico de las preguntas.

—¿Sobrepasarán por primera vez los partidos soberanistas el 50% de los sufragios?

—Siendo rivales como son y muchas veces irreconciliables, ¿pactarán las fuerzas ‘indepes’ un Gobierno nacionalista para insistir en el camino de la autodeterminación?

—¿O asistiremos a la formación de un Gobierno tripartito entre ERC, PSC y los comunes de Iglesias?

Esta respuesta exige mayor detenimiento, porque un hipotético acuerdo de socialistas, morados y ‘esquérricos’ demostraría sin ambages que Pedro Sánchez está definiendo su proyecto político a largo plazo. O sea, estaría consolidando la alianza entre el PS, el populismo y el soberanismo como armazón de la legislatura presente y de la venidera.

Está claro que es una solución política y aritmética imbatible —y atroz, en términos de solidaridad y responsabilidad—, pero más claro está aún que la fórmula predispone concesiones extraordinarias al independentismo, incluida la expectativa del referéndum de autodeterminación y el desmoronamiento de la unidad territorial en la escombrera de los Borbones.

Por eso reviste tanta importancia saber si los socialistas arroparían la presidencia de Pere Aragonès. Recela de la iniciativa el candidato de ERC, pero no puede decir otra cosa el valido de Junqueras, porque estamos en precampaña y porque Sánchez incurrió en el pecado capital y original de haber suscrito la aprobación del 155 en Cataluña.

Otra cuestión es que luego convenga a ambas fuerzas un acuerdo de legislatura. Y que se demuestre entonces por qué razones el propio Sánchez quiere poner en la calle a los artífices del ‘procés’, bien reformando el Código Penal para aliviar el delito de sedición, bien prestándose incluso a la fórmula anómala y absolutoria del indulto. “Las cosas, en su momento”, concedía la vicepresidenta Carmen Calvo entre la amenaza y el descaro.

¿Hasta qué extremo puede convertirse Vox en la gran sorpresa de los comicios, acaparando la bandera del españolismo y del antisoberanismo?

—¿Hasta dónde puede llegar el batacazo de Ciudadanos en esas mismas elecciones catalanas? Fue la primera fuerza política en 2017 y se expone ahora a quedar la cuarta o la quinta.

—¿Cuánto cuestionaría el liderazgo de Inés Arrimadas un fracaso?

—¿Aprovechará Pablo Casado la crisis de los naranjas para avanzar en su opa y terminar absorbiendo a Ciudadanos? El fichaje de Lorena Roldán ya ha abierto el camino.

—¿Cuánto va a recuperarse en Cataluña la marca de los populares?

—¿Y hasta qué punto o hasta qué extremo puede convertirse Vox en la gran sorpresa de los comicios, acaparando la bandera del españolismo y del antisoberanismo?

Cataluña, decíamos, aloja muchas de las grandes cuestiones que convocan la agenda de 2021. Pero hay otras expectativas. Fuera de nuestras fronteras, también. Porque empieza la era Biden. O dicho de otra manera, porque acaba de arriarse la bandera que más lejos había conducido el discurso de la testosterona, del oscurantismo y del mesianismo patriotero. Y no solo por la importancia económica y geoestratégica de EEUU, sino por tratarse de una democracia plenamente homologada. El populismo hace aguas en el país donde más resultaba peligrosa la apología del antisistema y de la antipolítica.

La era Biden

Trump era el espejo del populismo occidental, el canon que normalizaba la xenofobia, el supremacismo, el patrioterismo, la homofobia, el machismo, la crispación. Nada más sencillo para Abascal y para Le Pen que convocar “la primera democracia del mundo” y reconocerse en la viabilidad y expectativa de sus misiones políticas.

Deben sentirse huérfanos y desnortados los hijos de Trump, sus homólogos y hasta sus precursores, pero sería un error de lectura y de optimismo subestimar el poder de la extrema derecha —y la extrema izquierda—, no digamos cuando el coronavirus y la crisis económica dejan el campo abierto a la indignación ciudadana y a la viabilidad de los discursos emocionales y viscerales.

Lo demuestra la propia expectativa electoral de Marine Le Pen en Francia. Los sondeos le otorgan la victoria en la primera vuelta en las presidenciales de 2021. No quiere decir que vaya a imponerse en la segunda, pero la mera hipótesis del lepenismo en el Elíseo exige un ejercicio de reflexión y de valentía a los partidos que se proclaman homologados y que han descuidado el hábitat donde prosperan los populistas, no solo caricaturizando a los adversarios, sino desentendiéndose de todos aquellos problemas que las sociedades observan desde la congoja —los migratorios, la seguridad, la brecha social, la integración, el pleno laicismo, el islamismo— y que no pueden resolverse desde la teoría y el buenismo.

La roca de Nadal

Ha empezado 2021 con el tradicional concierto de Año Nuevo. En Viena, como siempre, pero con la sala vacía, como nunca. Porque todavía rigen, prevalecen, las medidas de seguridad. Y porque la imagen del patio de butacas desierto puede considerarse la alegoría de la situación de la cultura. Una desolación que ha provocado daños estructurales. Y que presupone un cambio de paradigma en la manera de relacionarnos con ella. ¿Hacia dónde va el modelo cultural?

Una de las pocas certezas a que podemos aferrarnos es Rafael Nadal. Suceda lo que suceda, el sublime tenista termina alzando la Copa de los Mosqueteros en Roland Garros. Y mordiéndola, como si el ritual fuera la mejor garantía para volverla a ganar el año siguiente. Nadal siempre está. Es la roca. La certeza. La referencia homérica. Lo veremos otra vez en la cima. Y será el protagonista de una temporada deportiva extraordinariamente atípica. Porque los JJOO van a celebrarse un año después de la fecha programada.

¿Habremos aprendido las lecciones del coronavirus? Confiemos en que los gobiernos hayan reparado en la importancia de la investigación, del desarrollo científico. Muy poco rentables desde la perspectiva electoral y cortoplacista —salvo cuando Sánchez se postula como el gran prescriptor de las vacunas ajenas—, pero fundamentales como remedio a la vulnerabilidad que nos ha proporcionado un remoto virus chino al que no se concedió suficiente importancia porque todavía no parece que hayamos aprendido la naturaleza expansiva de la globalización. Para las cosas buenas. Y para las epidemias.

No está claro que salgamos mejor de esta maldición vírica y viral. Porque las economías se han empobrecido, descoyuntado. Porque el planeta Tierra ha entrado en psicosis. Y porque la evidencia de las sociedades informadas coexiste con los antiguos resabios oscurantistas. También se ha viralizado la superstición y hasta el negacionismo, del mismo modo que el antagonismo de la solidaridad y la generosidad ha consistido en la propagación de las delaciones y del espionaje al vecino.

El coronavirus ha sido una pésima noticia, un contratiempo atroz que se cuantifica en 85 millones de contagiados y casi dos millones de muertos. Podríamos decir a título buenista que la superación de la enfermedad robustece la salud, si no fuera por la imagen atroz de las morgues, el velatorio industrial del Palacio de Hielo, el ajetreo de ataúdes en las residencias de ancianos y hasta la eficacia infantilizante con que se ha ocultado a la sociedad el tabú de la muerte. La buena noticia es la vacuna. Los camiones y los navíos transportándola. Los aviones cruzando los cinco continentes abasteciendo el remedio. Nunca Papá Noel y los Reyes Magos tuvieron mejor botín que ofrecer a los niños grandes y a los grandes niños.