- Al Derecho internacional le pasa un poco como a Dios: todos preferimos vivir en un mundo en el que exista a vivir en un mundo en el que no exista. Pero la pregunta importante es ¿existe?
Dice Ursula von der Leyen que «el Derecho es más fuerte que la fuerza».
Lo debe de decir por Groenlandia, donde todavía no ha hecho falta recurrir a lo uno ni a lo otro. Pero veremos qué ocurre cuando haga falta. El Derecho es como el amor, que todo lo puede hasta que deja de poderlo.
En Ucrania, por ejemplo, la fuerza ha demostrado ser bastante más fuerte que el Derecho.
Es un error bastante común ese de pensar que el Derecho es siempre un estadio superior a la fuerza. Algo que la supera y la deja obsoleta, como los iPhone 17 de 2025 a los Nokia 3310 del año 2000.
En realidad, el Derecho es fuerza. Fuerza estructurada y normativizada. Pero fuerza.
Y sin la fuerza, es decir sin una amenaza creíble de violencia a sus espaldas, el Derecho es sólo un papel. Los humanos no hemos superado la violencia, sólo la hemos ordenado.
La UE afirma que el derecho «es más fuerte que la fuerza» y defiende a Groenlandia https://t.co/BSPq8wWt8z pic.twitter.com/BLTa7vIfqi
— Europa Press (@europapress) January 7, 2026
Si hablo del pensamiento vonderleyenista es porque estoy convencido de que esa idea de la superioridad moral de la civilización (el Derecho) sobre la barbarie (la fuerza) es el camino más directo posible hacia la derrota final, precisamente, del Derecho frente a la fuerza.
No porque la idea no sea correcta, sino porque es peligroso dormirse en esos laureles. El Derecho no es «superior» a la fuerza porque sea superior moralmente, sino porque implica una organización más efectiva y eficaz de la violencia.
Conviene tener clara la diferencia.
En el momento en que creamos que el Derecho puede ya prescindir de la fuerza «porque la superioridad moral del progreso hará el resto» volveremos a la barbarie en menos de lo que se tarda en decir habeas corpus. Detrás de las leyes hay siempre un juez y detrás de un juez, un soldado.
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Viene esto a cuenta porque no paro de leer artículos en la prensa española que mencionan «el Derecho internacional» a cuenta de la captura de Nicolás Maduro.
Muy pocos de esos artículos han sido escritos por verdaderos juristas. La mayoría son obra de periodistas políticos.
En EL ESPAÑOL hemos intentado elevar el nivel del debate publicando este análisis de Ignacio J. Álvarez, abogado internacional y copresidente del Grupo de Interés en Derechos Humanos de la American Society of International Law. Este domingo publicaremos en EL ESPAÑOL uno de Virgilio Zapatero mucho más optimista que el mío. Ojalá él tenga razón y yo no.
El lunes escribí en X: «Si el Derecho internacional no puede evitar que yo sea torturado en una celda del Helicoide, pero sí protege a Maduro para que pueda seguir torturándome en el Helicoide, el Derecho internacional no sólo no me sirve de nada, sino que me está jodiendo».
El tuit lleva un millón cien mil visualizaciones, 75.000 likes, 23.000 retuits y 637 respuestas. Ha sido traducido a varios idiomas por gente a la que no conozco de nada en países en los que nunca he estado y ha generado un debate de esos que sólo brota cuando tocas una tecla que el lector percibe como «una verdad elemental oculta tras la maraña de rimbombancias de salón habituales».
Al Derecho internacional le pasa un poco como a Dios: todos preferimos vivir en un mundo en el que exista a vivir en un mundo en el que no exista.
Pero la pregunta importante es ¿existe?
Si el Derecho internacional no puede evitar que yo sea torturado en una celda del Helicoide, pero sí protege a Maduro para que pueda seguir torturándome en el Helicoide, el Derecho internacional no sólo no me sirve de nada, sino que me está jodiendo.
— Cristian Campos (@crpandemonium) January 5, 2026
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En la práctica, el Derecho internacional no protege a las víctimas de los Estados (los venezolanos torturados en el Helicoide), sino a los propios Estados (Nicolás Maduro).
Lo cual no tiene nada de extraño cuando se comprende que las normas internacionales han sido redactadas por los Estados, no por los ciudadanos.
Por eso, cuando alguien invoca «el Derecho internacional» en relación a la captura de Nicolás Maduro, ¿de qué está hablando en concreto? ¿De qué artículo? ¿De qué tratado? ¿Quién ha firmado ese tratado? ¿Qué excepciones contempla?
Pero, sobre todo, ¿qué pasa si Nicolás Maduro lo incumple? ¿Y quién le castiga?
Si la respuesta a estas últimas preguntas es «nada y nadie», entonces el Derecho internacional es sólo un bonito nombre para algo que en la vida real no es más que un cierto consenso respecto a las buenas maneras con las que todos deberíamos conducirnos por la vida.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, escoltados por agentes de la DEA hasta un tribunal de Nueva York tras su captura el 3 de enero. Europa Press
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Las verdaderas sanciones del Derecho internacional son, en la vida real, la expectativa razonable de que la víctima o sus amigos responderán a mi agresión imponiéndome un coste mayor al beneficio que yo extraiga de la violación de esas normas. Los tribunales de Nuremberg, por ejemplo, fueron creados ad hoc y de una forma que no tenía precedentes en el Derecho internacional.
Hoy, el progresismo diría que son ilegales e ilegítimos, sobre todo si se crearan para juzgar a dictadores socialistas.
Lo estamos viendo con Venezuela. Un tertuliano de televisión español ha llamado «gusanera de ultraderecha» a los venezolanos que han huido de los centros de tortura del chavismo y que viven ahora en España. Da miedo pensar en lo que ocurriría en nuestro país si triunfara un régimen como el venezolano. ¿Cuántos españoles se sumarían sin pensárselo dos veces a los colectivos nacionales?
Por mucho Derecho que nos asista (y en España hay 400.000 normas y, literalmente, millones de páginas del BOE), las prisiones del socialismo venezolano están a sólo unos centímetros de distancia. Concretamente, al otro lado de la pantalla de televisión.
Yo he coincidido en alguna tertulia con gente barnizada en superioridad moral, pero que no les haría ascos a esos centros de tortura en nombre de esa misma superioridad.
Nunca hay que dar por sentada la civilización.
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¿Por qué sigue existiendo Taiwán como nación independiente?
Porque Estados Unidos tiene bombas nucleares y ha firmado un acuerdo de protección con el Gobierno taiwanés que ha generado en el Gobierno chino una expectativa razonable de que, llegado el caso, Donald Trump honrará ese acuerdo hundiendo la flota china.
Pensar que China no ha invadido Taiwán hasta ahora porque el Derecho internacional lo prohíbe es un admirable ejercicio de buena fe.
Pero la respuesta correcta es que no invade Taiwán por las bombas nucleares americanas, la amenaza creíble de violencia y la posibilidad de unos tribunales de Nuremberg creados ad hoc en una isla remota del Pacífico para juzgar y condenar a muerte a Xi Jinping y el resto de líderes de la dictadura china.
Eso es todo.
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Es imposible negar que ese conglomerado de normas llamado Derecho internacional ha ayudado a generar un orden mundial en el que se ha vivido razonablemente bien durante ochenta años. Ha generado incentivos y ha construido marcos de cooperación que, aunque imperfectos, han reducido los conflictos y los abusos.
Pero también es imposible negar que ese Derecho internacional sólo se ha cumplido a rajatabla allí donde menos posibilidades hay de que se violen sus normas. Es decir, en Occidente, que es quien puede permitírselo. Quien no quiere permitírselo (Rusia, Venezuela, China, Irán) lo utiliza como escudo selectivo cínico. «Lo aplico cuando me conviene, pero lo transgredo cuando me perjudica».
Si es usted un ciudadano sinceramente preocupado por el Derecho internacional, recuerde lo que pensó cuando Barack Obama ordenó a sus soldados penetrar ilegalmente en el espacio aéreo de una nación soberana como Pakistán para asaltar la casa de un ciudadano saudí, matarlo y tirar su cadáver al mar.
¿Es más violación del Derecho internacional capturar a un narcotraficante para someterlo a un juicio con todas las garantías legales en una democracia occidental que asesinarlo y tirar su cuerpo al mar?
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Este jueves asistí a una comida interesante. Entre los invitados había una corresponsal de guerra y un analista de riesgos geopolíticos. Uno de ellos habló de su conversación con un alto mando militar de la OTAN. Ese alto mando militar le dijo hace apenas unos días: «2026 será el último año de paz en Europa».
En 2027 comprobaremos si la frase de Von der Leyen es cierta o es sólo una rimbombante pomposidad de salón de té europeo.