Francisco Rosell-El Debate
  • Ante el abuso y el atropello, el servilismo de Sánchez deja al conjunto de los españoles sin más derecho que el del pataleo. Como ucranianos con relación al futuro de su país tras el apaño/amaño de Trump y Putin

Como profesor de la Universidad de Sevilla, de la que fue rector, Ramón Carande, el gran hacendista y autor del monumental estudio sobre «Carlos V y sus banqueros», esto es, sus acreedores, protagonizó una desternillante anécdota. Cuando exponía el monopolio del Estado —hoy delegado en la Unión Europea— en la emisión de moneda, un alumno de primer curso alzó el brazo y, como el que no quiere la cosa, le preguntó: «Siendo como usted lo especifica, don Ramón, ¿por qué no se hacen circular más billetes y se reparten a todo el mundo por igual?». Manteniendo la compostura, pese a sus súbitos ataques de ira, el ilustre palentino acalló los murmullos y, con una sonrisa no precisamente beatífica, le inquirió a su vez: «¿Qué edad tiene usted, señor mío?». Al responderle que 17 años, prorrumpió: «¡Qué maravilla! No puedo contestarle, pero sí aconsejarle que no venga más a clase. No se le ocurra leer absolutamente nada ni prestarle oídos a quienes pretendan explicárselo. Abandone el aula y conserve siempre su seráfica inocencia».

Habiendo llovido tanto desde aquel remoto curso 1946-47, un hermano dizque economista del exministro Alberto Garzón despliega aún por las redes la atrabiliaria tesis de aquel núbil universitario. Otro tanto acaece ahora, pero no por candidez ni inconsciencia, sino por doblez y engaño, por parte de Pedro Sánchez. Intenta así dorar la píldora a los ciudadanos sobre el nuevo trágala del separatismo catalán tras ser investido, luego de su derrota en las urnas, mediante el acto de máxima corrupción —pura simonía— de comprar su despacho de la Moncloa al prófugo Puigdemont, así como a una recua de aliados a los que mancomuna su desprecio a la Constitución y su rechazo a la unidad de España. Por eso, a la vez que condona a la Generalitat catalana los 17.104 millones que contrajo para municionar su golpe de Estado de 2017 y condena al resto de españoles a enjugarla, muestra el trampantojo de invitar al resto de autonomías para que hagan lo propio y disimular su concesión al soberanismo. Empero, si se pone atención, el ardid se ve a tiro de escopeta (mejor dicho, de trabuco del bandolero Serrallonga). Al mutualizarse la deuda en perjuicio de todos los pecheros españoles, los catalanes quedarán exonerados del pago al blindarse mediante el «cupo con barretina» que Sánchez, debido a sus deudas de juego y a cuenta de la Hacienda común, cierra con sus prestamistas para no ser desalojado del poder.

No es que le vayan a cancelar la hipoteca a los habitantes de cada comunidad, como declara el molondro del ministro Óscar López para hacer entrar por el aro a los presidentes autonómicos del PP, porque esa deuda sigue viva excepto para quienes tienen asido a Sánchez por sálvese la parte. Esto no es, por tanto, fruto de un Gobierno que «dialoga hasta la extenuación», como arguye jacarandosa la vicepresidenta Montero, después de que Junqueras la dejara el lunes a la altura del betún anticipando la sumisión, sino de un Ejecutivo que claudica hasta la consunción de España a base de firmar en barbecho lo que sea menester. Otra letra más, en suma, a pagar al secesionismo por el uso y disfrute de la Moncloa desde mayo del 2018 al aguardo del arancel secesionista y del traspaso de las competencias sobre emigración y fronteras.

De esta guisa, después de indultar y amnistiar a los golpistas, se le dispensa a Cataluña el enésimo trato de favor cuando nunca ha tenido un problema grave de financiación, por más que todo el mundo aspire a tener más de lo que le corresponde, al haber gozado casi todas las legislaturas del voto de oro en la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado y no sancionarse ley de financiación alguna sin su «nihil obstat», si bien su casta política ha malversado los caudales percibidos en corrupciones o en estructuras de Estado contra quien gritaban más que nadie: «¡España nos roba!», mientras los alborotadores corrían con el botín.

Claro que, cada vez que el nacionalismo —hoy abierto separatismo— se ha dado de bruces contra el muro de sus desatinos, los grandes partidos nacionales han acudido prestos a su rescate como si España estuviera penada al esfuerzo inútil e incesante de arrastrar como Sísifo esa piedra a la cumbre. Transigir con singularidades y pactos fiscales sólo alimenta la insaciable bulimia cuando nadie es más que nadie desde que fueran abolidos los privilegios feudales. Con una España que resume sus males en que no tiene quien la ampare ante una mentira separatista que, dejándola rodar, ha tornado en inconmensurable y grosera.

Ante el abuso y el atropello, el servilismo de Sánchez deja al conjunto de los españoles sin más derecho que el del pataleo. Como ucranianos con relación al futuro de su país tras el apaño/amaño de Trump y Putin. A eso quedarán reducidos los españoles después de que este miércoles el Consejo de Política Fiscal y Financiera condone el 22% de la deuda de la Generalitat, además de multiplicar la plantilla de los Mozos de Escuadra —hasta 25.000 efectivos de los 19.000 actuales— para que releven en las fronteras a la Policía Nacional y a la Guardia Civil culminando casi la salida de España de Cataluña. De paso, se acelera la eufemística «financiación singular», esto es, un cupo por el que España será contribuyente neto de Cataluña, como ya lo es del País Vasco, sin olvidar que el lehendakari ya anticipó que, si hay dispensa de la deuda, habrá que compensar a Euskadi.

Por eso, ¡abróchense los bolsillos que despega el cupo independentista! Nada importa —como le habría recordado Carande a su pupilo— que quienes tributan son los ciudadanos, no los territorios. Ello agudiza el declive de Cataluña ante Madrid, que ha pasado de ser la quinta región por PIB a primera, al tener el independentismo —casi en régimen de monocultivo— como principal industria. En sus años de senectud, como gran andariego que era apoyado en su cachaba, Carande se solía cruzar en sus paseos por la calle Sierpes con los trileros que allí se daban acomodo mirando de reojo por si aparecía algún «guindilla» municipal echándolos a correr. Junto a sus compinches como ganchos, desplumaban un día y otro también a los primos a los que raposeaban trasvasando raudos la bolita de un cubilete al otro sin acertar los paganinis donde se hallaba. «¿Dónde está la bolita?», repite también el Gobierno con una deuda que trasiega de un recipiente a otro, pero que no fenece, mientras aprovecha el birlibirloque para colar de rondón la fiscalidad singular a Cataluña. No es prestidigitación, sino timo. Por eso, al haber tontos a manta, urge reimplantar el arancel contra necios que, según narra Mateo Alemán en su «Guzmán de Alfarache», figuraba a la entrada de Zaragoza contra una estupidez que hoy anda rebosada.