Volodímir Zelenski viajaba este viernes a Washington para firmar con Donald Trump el acuerdo alcanzado para ceder el 50% de los rendimientos futuros de los recursos naturales ucranianos a EEUU, a cambio de un nuevo paquete de ayuda militar y el compromiso de la implicación americana en la reconstrucción de Ucrania.
«Un acuerdo marco» que, dicho sea de paso, partió de la reclamación de la arbitraria cifra de 350.000 millones de dólares que, según Trump, Washington habría prestado a Kiev desde el inicio de la invasión rusa. El arreglo, al no contemplar las garantías de seguridad que pide Zelenski, constata la concepción obscenamente comercial que tiene la nueva Administración estadounidense de la política exterior.
Pero la reunión ha acabado con el camorrista despidiendo al presidente ucranianio de la Casa Blanca con cajas destempladas, emplazándole a «volver aquí cuando esté listo para la paz».
Lo que ha ocurrido en el ínterin es una acalorada discusión entre los mandatarios durante la comparecencia ante la prensa.
Ha sido el vicepresidente americano quien ha hecho estallar la controversia, intercediendo por su jefe en actitud servil. JD Vance le ha espetado a Zelenski que «es irrespetuoso que vengas al Despacho Oval a tratar de confrontar delante de los medios», reprochándole que debería estar «agradecido al presidente por tratar de poner fin a este conflicto», en lugar de «atacar a la Administración que está tratando de evitar la destrucción de tu país».
Resulta inenarrable que la Administración Trump esté exigiéndole a Zelenski que dé las gracias a quien ha legitimado la empresa expansionista de Putin con una negociación que, lejos de «empoderar» a Kiev frente a su agresor (como ha aducido Vance), le deja al albur de su agresor.
Es razonable que Zelenski haya mostrado (siempre en un tono contenido) su disconformidad con unas negociaciones entre Washington y Moscú que no prevén nada más allá de un vago compromiso por parte de la Casa Blanca de ocuparse «más adelante» de la «seguridad general de Ucrania».
Pero este cuestionamiento ha propiciado la interrumpción de Trump, quien, herido en su soberbia volcánica, ha reprendido a Zelenski con modales groseros, al grito de «no estás en posición de dictarnos nada».
No deja de ser irónico que Trump y Vance, que han orquestado una puesta en escena para acorralar al ucraniano en un dos contra uno y humillarlo delante del mundo entero, le insten al mismo tiempo a mostrar «respeto».
Sólo cabe admirarse por la entereza y la impasibilidad de Zelenski en una situación tan desagradable como esta. El presidente ha plantado cara, y ha refutado con serenidad los argumentos esgrimidos por la dupla presidencial para justificar su trato de favor a Putin.
La réplica de Zelenski ha sido incontestable: la diplomacia del apaciguamiento sólo ha servido para que nadie parase los pies al criminal de guerra, ni durante la época de Obama, ni durante la de Biden, ni tampoco durante el primer mandato del propio Trump. Frente a esta evidencia de que Putin no es de fiar, Trump sólo ha podido replicar con un acto de fe: esta vez el sátrapa sí respetará el armisticio.
Lo único positivo de este inédito contencioso entre jefes de Estado televisado en directo es que Zelenski sale reforzado moralmente a ojos del mundo, frente al abusón que ha tratado de sojuzgarlo con unas formas brutales que se antojan inverosímiles en la política americana que hemos conocido.
Pero, al mismo tiempo, la retransmisión de esta diplomacia al más puro estilo hitleriano acrecienta el pavor de la comunidad internacional. Son inciertas las consecuencias geopolíticas que puede tener la irascibilidad incontrolable del líder de la primera potencia militar del mundo, que ha tratado de amedrentar a Zelenski con la profecía de una Tercera Guerra Mundial.
«No tienes las cartas», se ha pavoneado el mandatario estadounidense frente a Zelenski. Una metáfora muy gráfica de la forma en la que se representa la política internacional, como un juego de naipes entre capos para repartirse el botín de la timba. La escaramuza ha puesto definitivamente esas cartas sobre la mesa: Trump está siendo fuerte con el débil y débil con el fuerte.