Ignacio Camacho-ABC

  • Mazón es un sumidero de votos, un dirigente achicharrado al que su partido no puede sostener ya más allá del verano

Cada día que el PP mantenga a Mazón es un chorro de votos que se le escapa por el sumidero. Se está jugando el poder en la Comunidad Valenciana, que no es pieza menor, por falta de energía para marcar los tiempos de un inevitable relevo para el que sin embargo nadie parece encontrar el momento. En la cúpula popular no queda ya ningún defensor del presidente valenciano; se ha convertido en un chicharro, un tizón, un hombre abrasado por los continuos cambios de versión sobre su flagrante incomparecencia en el puesto de mando. Enfocado en su propio horizonte judicial, una prioridad tan lógica como políticamente devastadora, se aferra al cargo –y al aforamiento– como a una tabla de náufrago. Su continuidad es un obstáculo para la reconstrucción de la catástrofe y un regalo para los adversarios, pero a Feijóo le atenazan las complicaciones del remplazo: necesita el concurso de Vox y las relaciones con Abascal atraviesan un período delicado.

Sucede que la postergación del problema no va a solucionar nada. Al contrario, los socialistas estrechan el cerco para tapar las responsabilidades que les conciernen y el Gobierno regional está atorado en una crisis de confianza. Gan Pampols, el militar llamado a dirigir la recuperación de las zonas devastadas, no puede trabajar bien en esa atmósfera de convulsión institucional y contienda partidaria. A Mazón sólo le sostiene la costumbre política de no otorgar victorias a los rivales, y la izquierda se aprovecha para incrementar con su hostigamiento la sensación general de parálisis, que le sirve además como cortina de humo bajo la que encubrir los fallos gubernamentales en la prevención y alerta del desastre. La poca credibilidad que le quedaba al dirigente autonómico se ha disipado en contradicciones constantes. Está cada vez más cerca de que le pase lo mismo que a Sánchez: que no pueda salir a la calle sin riesgo de exponerse a los reproches populares.

Y sí, claro que también tendría que dimitir el fiscal general del Estado, o todo el escalafón jerárquico envuelto en los tejemanejes de Ábalos. El sanchismo no está en condiciones morales de señalar escándalos. Pero la alternativa de poder ha de ofrecer a los ciudadanos una conducta distinta de la que está criticando, un compromiso de regeneración institucional demostrable con ejemplos prácticos de otra manera de ejercer el liderazgo. Y en el caso de Valencia, incluso por puro interés electoral, el presidente no puede seguir en el cargo. Si existen inconvenientes objetivos inmediatos, su sustitución resulta imperativa antes del verano. Es una decisión antipática, difícil de digerir y sin duda con costes, pero cualquier otro desenlace constituirá un suicidio y volverá irreversible un desgaste que aún no es definitivo. Esa moción de censura que anuncia el PSOE la debería de presentar, por vía de golpe de autoridad interna, su propio partido.