- La manifestación de las devotas de Pedro Sánchez y Begoña Gómez devastó Madrid. No se me ocurriría jamás decir que Sánchez y su corte asesinaron ese día a miles de madrileños. Tal dislate sólo puede esgrimirlo un demente o una ex-ministra
Era el 8 de marzo. 2020. El virus chino había comenzado a devastar Europa. La cifras de muertos se disparaban en Italia, prefigurando lo que se le venía encima al continente, lo que se le venía encima al mundo: una pandemia frente a la cual nadie sabía entonces cómo defenderse.
Pero el señor Sánchez tenía que mimar a su clientela. Los votos cuentan más que las vidas para un político: es una axioma universal. No inventó ese axioma el señor Sánchez. Tan sólo hizo de él un uso despiadado. Sus altavoces mediáticos dieron con la consigna perfecta ante el «día de la mujer». Y en esa consigna latía un depurado desprecio de la vida humana que no tiene equivalente. «¡No mata el coronavirus!», anunciaron. «¡Mata el machismo!» Era la hora de salir en masa a la Gran Vía a estrujarse sororalmente. Se pospuso el inicio del confinamiento para que no estorbase. Las fotos de la esposa presidencial, envuelta en su pizpireta guardia pretoriana de ministras, altas funcionarias y activistas de postín con cargo al presupuesto público, alegraron con su imagen dicharachera todos los informativos. Abrazos, besuqueos, calidez, ternura. Y elocuentes consignas y gozosas afonías. El virus, de buen grado, aceptó tan amable acogida. La infección fue masiva aquella tarde. No pocas de las manifestantes cayeron en los cinco días que siguieron. No las mató el machismo. Las mató una apuesta política estúpida, que propició que el incipiente contagio pudiera ser multiplicado exponencialmente. No llamaré asesinos a los convocantes. No soy tan tosco ni tan resentido como pueda serlo un político. O una política. Pero responsables de la dimensión que tomó aquello, sí lo fueron.
La manifestación de las devotas de Pedro Sánchez y Begoña Gómez devastó Madrid. No se me ocurriría jamás decir que Sánchez y su corte asesinaron ese día a miles de madrileños. Tal dislate sólo puede esgrimirlo un demente o una ex-ministra. Pero es una sórdida verdad que demasiada gente murió innecesariamente en las semanas que siguieron al ceremonial de contagio colectivo de aquel 8 de marzo del año 2020.
Sumido ya Madrid en sus semanas más oscuras, Ayuntamiento y Comunidad Autónoma reaccionaron como bien pudieron. Habían sido abandonados por un Sánchez en el que no cabía más interés que el de dar rentabilidad política a sus infantilizantes homilías televisivas. No había recursos terapéuticos de ningún tipo. Por no haber, no había entonces ni aun las elementales mascarillas protectoras. Entre disciplinada y resignada, la población –en Madrid como en toda España– aceptó una reclusión que tuvo costes altísimos para los más solos y para los más ancianos. Y soportó –entre la ira y la vergüenza– aquellas irrupciones en la pantalla hogareña de un maniquí presidencial para el cual todo transcurría en el mejor de los mundos posibles, y que ni siquiera se sonrojaba al proclamar, un día tras otro, que de aquella pandemia íbamos a salir muchísimo mejor de lo que entramos. Es de suponer que se refería a las finanzas de alguno de sus ministros. Muy cercano.
Ni un solo dato real se daba sobre las cifras –escalofriantes– de muertos: de hecho, no había en ningún informativo muertos visibles. Era de mala educación nombrarlos. Día a día, el inerme ciudadano se veía sometido a la consabida sobredosis de esa sonrisa de anuncio de dentífrico que el presidente del gobierno parecía haberse esculpido a punta de bisturí estético en los morros. No, Pedro Sánchez no «asesinó» a nadie. Como sí dice su entonces ministra que lo hicieron Almeida y Ayuso. El presidente sólo sonrió, mintió, ocultó, suprimió libertades y derechos, violó todas cuantas garantías constitucionales pudo… O sea, hizo lo que sabe hacer, lo de siempre. A mayor escala Y, como siempre, aunque a mayor escala, se esmeró en el arte de trocar cadáveres en votos. En despachos contiguos, otros hubo que los trocaron en dinero.
La indefensión produjo más 120.000 muertos en España. Amigos, altos cargos y algún que otro ministro del jovial presidente se hicieron ricos traficando en mascarillas. Que las tales mascarillas cumplieran con la calidad básica o bien fueran basura arrumbada por inservible en oscuros almacenes, daba igual: el beneficio contable era idéntico. Sólo ahora, cinco años después, comenzamos a atisbar las mafias ministeriales que se hicieron ricas en esos meses a costa de nuestros muertos. Pero «asesinar», lo que se dice asesinar, sería injusto decir que lo hicieron.
Hubo, en Madrid, por esas semanas terribles, una administración que, de la nada, levantó el Hospital Zendal. Y, en él, la única esperanza de supervivencia para millares de ciudadanos, a quienes el gobierno de España había abandonado a un destino de encierro sin más salida que la muerte. Pero el Zendal fue un empeño personal de Isabel Díaz Ayuso. Revelación ahora de doña Reyes Maroto, ministra de algo entonces: Ayuso sólo aspiraba a «asesinar» viejecitos. Y hasta nos da la cifra de los asesinados: 7.291. Un día de estos, estoy seguro, la corajuda ex-ministra va a animarse a darnos también la cifra de los que «asesinó» su líder.