Ricardo Arana-El Correo

  • Hay que volver a los consensos iniciales que tenían en cuenta la pluralidad y han permitido a la lengua vasca salir de la situación que padecía hace 50 años

En los últimos días ha existido una polémica sobre si el euskara es una barrera para atraer el talento, conseguir un empleo estable, un mejor rendimiento educativo… La simplificación tiene la virtud de resumirlo en pocas palabras pero, en este caso, conlleva también un riesgo evidente de falseamiento del debate. Porque no es la lengua vasca la causante de ninguno de estos y otros problemas, sino la utilización que de la misma hacen distintas instituciones, esto es, la política lingüística que se practica con la lengua (vasca) y sobre la lengua (vasca). Una política profundamente errada.

En primer lugar, porque nos aleja de los pactos iniciales, caracterizados por acuerdos profundos sobre objetivos en ningún caso excluyentes y pasos muy medidos, que tenían en cuenta nuestra diversidad y pluralidad. Sí, ya éramos plurales y diversos antes de la globalización o del cambio demográfico de los últimos años. Siempre lo hemos sido y, posiblemente, salvo catástrofe, lo seguiremos siendo. De ahí la necesidad de desplegar prudencia y consenso.

La actual política lingüística yerra, asimismo, porque subordina la función eminentemente comunicativa y cultural de la lengua vasca a un carácter identitario del que, como cualquier otra lengua, carece. Pero que, irresponsablemente, se lo imputan nuestros dirigentes políticos, introduciendo un tóxico que envenena una preocupación digna. Estamos ante una mezcla que puede ser letal para el progreso, la convivencia y también para el propio idioma. Y por eso resulta terrible tener que empezar con una verdad de Perogrullo: es tan vasco, y debe tener los mismos derechos, quien sabe euskara como quien no sabe, quien tiene reconocido un nivel C2 en esta lengua como quien no alcanza ni un A1.

Como expresión de tales errores de fondo en esta política desplegada, durante estos últimos años hemos visto que se adjudica un perfil, un requerimiento lingüístico a un puesto de trabajo no por la necesidad objetiva del mismo, sino para crear comunidad, o en lenguaje más propio, para la construcción nacional. Por ese motivo, y no por una razón justa, muchos trabajadores deben acreditar una alta cualificación lingüística aunque sus puestos no la demanden realmente (recordemos que tenemos realidades sociolingüísticas diferentes). Y como es difícil hacerlo con los de mayor cualificación, para que nos cuadren los números que pretendemos nos cebamos con los de menor preparación (limpieza, seguridad, cuidados…). Aunque no se trata de echarlos del trabajo (bueno, a algunos, sí), sino sobre todo de que no se sientan demasiado cómodos en él.

Y cuando un tribunal señala el abuso, o protege a la persona frente al absolutismo de la política lingüística practicada, invertimos rápidamente los papeles. Estamos ante un asalto, ante un ataque a nuestras instituciones: Oldarraldia! ¡A las barricadas! Hay que defender el euskara ante el tropel de cuidadoras castellanohablantes de nuestros aitites y amamas, avanzadilla de turbas de administrativos, conserjes y sanitarios que pretenden hacerse con el control de la lengua en la que hablamos. Un trueque patético, pero un daño enorme.

Cuando se llega a la educación, el sacrificio es máximo. No importa lo que ocurra con el alumno. La lengua está por encima de él. El último ejemplo: resistirse a la recomendación de la OCDE de que realice la prueba PISA en la lengua en la que se sienta más cómodo. Pese a que sabemos desde hace más de veinte años que en ella se expresará mejor. Pues que se exprese peor, parece que decimos. Ridículo desde fuera, dramático desde dentro.

Y no hablemos de facilitar los aprendizajes en la lengua de su entorno. Si esta no es el euskara, imposible en ningún caso. Al parecer, ese derecho solo le corresponde al vasco vascohablante. Y para que no proteste el vasco no vascohablante, le contamos una mentira: que estudiando en una sola lengua aprende dos, o incluso más, que aprende todo sin ningún problema y a velocidad récord en todos los casos. Cuando abordamos las evidencias, leemos los informes o analizamos los datos entendemos que no es así. ¿Y qué se nos ocurre? Pues correr un velo, tan tupido como estúpido.

Por eso no podemos simplificar con que el euskara es un límite para atraer talento, o para conservarlo si lo tenemos, como se ha comentado. No es el euskara. Es la utilización política que hacemos del idioma. Ese es el obstáculo, tanto para quien viene de fuera como para quien está dentro. Y está en nuestra mano removerlo. Tan simple como contar en las decisiones con la opinión de quienes queremos que incorporen también a su acervo la lengua vasca. Tan sencillo como volver a los consensos iniciales, que son los que han permitido, por cierto, salir al euskara de la situación en la que se encontraba hace cincuenta años.