Agustín Rosety Fernández de Castro-El Debate
  • En la OTAN debería seguir encontrando la Unión Europea su mejor inspiración y el marco más adecuado para el desarrollo de estructuras de mando y de fuerza europeas que permitan restaurar y equilibrar una relación trasatlántica tan vital a ambos lados del Océano como actualmente tensionada

El orden mundial parece abocado a mutar. Ya saben que Rusia, provocada por la OTAN, tuvo que invadir Ucrania. En realidad no fue eso, sino una «operación militar especial», tan especial que no debió violar el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. Ucrania tendría que haber negociado para evitar la estúpida guerra que siguió por no hacerlo. Esta es la narrativa del Kremlin. Pero, si no hemos leído mal, también lo es de la Casa Blanca. Debe ser que el orden mundial está cambiando, por defecto del poder que sostiene el derecho. Y esto es muy preocupante.

Puede que el empresario elevado a la Presidencia de los Estados Unidos crea en la ley de los rendimientos decrecientes o, más probablemente, que tenga prisa por revisar su estrategia nacional. Si no ha mostrado el menor respeto por la soberanía de Ucrania, tampoco lo ha hecho por la Unión Europea, un actor estratégico inexistente al que ha relegado de la negociación con Rusia. Son duros estos términos, pero peor es que tampoco hayan sido percibidas como tales las potencias de nuestro continente, sea cual sea su talla estratégica, aunque hagan gala de poder nuclear, de potencial económico o de impacto global. Peor para casi todos, no desde luego para el Gobierno de España, que sigue…a lo suyo. Ya saben a qué.

Acostumbra a identificarse Europa con la Unión Europea, pero Europa es lo que son sus naciones. La Unión Europea, carece de un atributo tan esencial como la soberanía, y nada indica que evolucione hacia un modelo federal. Tan cierto es, que fue el premier Starmer quien tuvo que convocar a los desconcertados líderes europeos, sin Estados Unidos, a una precipitada cumbre en Lancaster House en la que se esbozó un voluntarista plan de paz ajeno a la negociación entablada por los verdaderos actores en la crisis. Un plan por el que sólo las dos potencias nucleares europeas apuestan por ahora, aunque a tenor de las declaraciones del presidente Macron, muy discretamente.

Falta el gran aliado americano, y lo que esta ausencia sugiere es su distanciamiento del orden internacional liberal que ha venido liderando como hegemón occidental desde 1945. La seguridad atlántica, cuya arquitectura geopolítica representa la OTAN, ha sido estructurante para el orden mundial, una carga que, a falta de compromiso europeo, ya no pueden afrontar los Estados Unidos, como J. D. Vance dejó ver a las claras en las dos convocatorias más recientes de la Conferencia de Múnich. Lo que las prisas de la señora Von der Leyen denotan al anunciar ahora una lluvia de millones y un White Paper sobre cómo gastarlos es improvisación, por no decir inconsistencia.

Por poco grato que sea, el sesgo estadounidense no es, en cambio, inconsistente. La gestión de la crisis de Ucrania por el inexperto equipo Trump es cínica y acaso torpe, pero obedece al anunciado pívot Asia-Pacífico y a la visión MAGA. Concurren en el impredecible comportamiento de la Administración estadounidense extravagantes pretensiones territoriales, una vehemente propensión al control de minerales estratégicos y la aplicación generalizada de aranceles, incompatible con la libre competencia en los mercados y con la integridad de las cadenas de suministro generadas por la globalización. La multipolaridad, anunciada por la agenda de Múnich, sería así el correlato geopolítico de la redistribución del poder y de una profunda alteración del escenario económico mundial.

No habrá tratado que lo afirme, pero una visión realista induciría a actuar en consecuencia si los hechos se confirmasen. ¿Hacia qué modelo se mueven las relaciones internacionales? En el orden multipolar emergente del final de la Pax Americana, la competición no sería ya ideológica, como lo fue en la Guerra Fría —la «no guerra»— sino de intereses contrapuestos. Estaríamos ante un complejo escenario de riesgo e inestabilidad semejante a la Paz Armada (1870-1914) —la «no paz»— que precedió a la Primera Guerra Mundial, un orden difícil de gestionar si faltan normas de referencia. Dicho eso, lo que Europa representa en este momento es el santuario de un orden mundial basado en el derecho; pero también una llamativa incapacidad geopolítica para respaldarlo.

No podemos detenernos a examinar en detalle el White Paper del Consejo Europeo. Hemos aludido a la evidente improvisación del documento. De ahí su somera y continuista exposición del entorno geopolítico y la ausencia de concepto estratégico. A falta de este, la acendrada mentalidad burocrática europea al menos acierta en la definición de criterios y metodología. Aunque no alcance a desarrollar líneas de acción y objetivos de fuerza, muestra un empeño tecnológico, industrial y financiero de rearmar Europa en sólo cinco años. Pero de nada servirán tales propósitos si no se determina qué hay que defender, cómo hay que hacerlo y quién debe tomar las decisiones. Es éste el desafío de Europa y ésta la responsabilidad de sus naciones en la defensa de sus intereses vitales concurrentes.

En la OTAN debería seguir encontrando la Unión Europea su mejor inspiración y el marco más adecuado para el desarrollo de estructuras de mando y de fuerza europeas que permitan restaurar y equilibrar una relación trasatlántica tan vital a ambos lados del Océano como actualmente tensionada. Lazos históricos y culturales y valores compartidos unen a América y Europa en un Sistema Atlántico que la ceguera nacionalista no debería romper. En este sentido, la agenda de La Haya en junio estará cargada de interrogantes y esperanzada de soluciones. Como quinta potencia militar europea, España debería acudir a la cita consciente de su responsabilidad en la defensa colectiva es el correlato de la defensa de sus intereses soberanos.

Al cerrar estas líneas, cuando aún no se han extinguido los ecos del disparatado debate sobre estrategia de defensa ante el Pleno del Congreso, el Secretario General de la Alianza ha sorprendido al afirmar que España se dispone a alcanzar en junio el esfuerzo de defensa al que se había comprometido con sus aliados en 2014. Es evidente que nuestro país está en Europa, y se la espera. Somos los españoles quienes no tenemos nada que esperar, a falta de Política de Defensa, de Presupuestos que permitan sostenerla y de un Gobierno declaradamente incapaz de formularlos.

  • Agustín Rosety Fernández de Castro es general de brigada, CIM (Ret.)