- La conclusión evidente es que al votante socialista le importa un huevo si Sánchez cumple o no. La única explicación a tan curioso fenómeno es el nulo valor concedido a lo programático, en pos de otra compensación: lo que les da gustito es conseguir que no gobierne «la derecha»
La especialidad del Gobierno es la canalización del odio. Como cualquier canalización, no puedes acometerla sin un fluido. Por ahí no hay problema, odio les sobra. No necesariamente a los miembros del Gobierno, sino a su masa votante. Porque alguna explicación habrá que encontrar, digo yo, a tanta porfía en el voto, una adscripción desentendida de los programas, de la gestión y de los resultados. En las últimas generales, siete millones de españoles demostraron lo que digo. Cualquiera que no esté aquejado de lo suyo sabe muy bien que a Sánchez le salen gratis los incumplimientos más flagrantes y obscenos. Suele ponerse como ejemplo la amnistía, y realmente clama al cielo, pero, si nos acercamos al detalle, todo lo que tiene que ver con los golpistas catalanes y sus políticas cae en el mismo conjunto de «acciones opuestas a las prometidas». Aseguraba el autócrata, por ejemplo, que tomaría rigurosas medidas para que TV3 dejara de adoctrinar, o que traería a Puigdemont a España para que lo juzgaran. Lo primero da risa; de Puigdemont promete hoy lo contrario, anticipando el sentido y aun la fecha de la correspondiente sentencia del Tribunal Constitucional.
La conclusión evidente es que al votante socialista le importa un huevo si Sánchez cumple o no. La única explicación a tan curioso fenómeno es el nulo valor concedido a lo programático, en pos de otra compensación: lo que les da gustito es conseguir que no gobierne «la derecha», y eso se explica por odio. En diferentes grados (rencor, manía), pero nunca en un grado tan bajo como para que devenga prioritaria otra consideración. Los que tenían que retirar su voto al PSOE ya lo hicieron. La fundada sensación es que Sánchez yace sobre su suelo electoral, y ya no importa lo que haga o diga, lo que deje de decir o lo que calle. Nada cuenta. Simplemente él ostenta ahora las siglas del hegemón, de ahí su gran predicamento.
Su suelo, de siete millones, es muy alto. Ello obedece, de una forma compleja y aparentemente paradójica, al perdurable éxito de una operación glosada aquí en otras ocasiones: cuando varios poderosos agentes europeos y estadounidenses, con la discreta colaboración del tardofranquismo último, transfirieron con habilidad el capital político antifranquista del PCE a un grupo de jóvenes socialistas del interior que nada quería saber de la guerra ni de los viejos comandados por Rodolfo Llopis desde el exilio francés. La reconciliación ya se había operado. Luego estaba el control emocional sobre las masas, algo que Felipe González dominaba. Bajo el suelo sanchista de los siete millones de incondicionales se esconden los viejos logros felipistas, aunque el propio González lo lamente.
Fruto podrido, cuanto hace el Gobierno Sánchez puede interpretarse en clave de inquina, de irracionalidad, de animadversión, de antagonismo visceral. Tan rentables. Incluso esta campaña contra las universidades privadas se explica así. No se busque otra lógica, ni sorprenda a nadie que la tirria brote precisamente del Gobierno de los chiringuitos, los plagios y los fraudes académicos. Paradojas.