Fernando Navarro-El Español
  • Si no protegemos la democracia, si dejamos que el gobernante pegue martillazos al casco, descubriremos que estamos en un mundo brutal y breve, como decía Hobbes.

Pruebe usted a escribir sobre John Stuart Mill y su defensa de la libertad de expresión, y verá dónde van a parar sus lectores.

Intente explicar que Tocqueville anticipó con clarividencia la tiranía de la mayoría, y la desbandada será como la de los bisontes en las grandes praderas.

Describa el prodigioso ajuste fino que tuvieron que hacer Madison y Hamilton para limitar el poder en la democracia americana, y un paisaje desértico, con matojos rodando a merced del viento, será animado en comparación con su columna.

Y esta es precisamente la cuestión.

Que la democracia liberal, la construcción política más exitosa de occidente, no la entiende nadie y a todos aburre. No toca ninguna fibra emocional.

«Morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal» decía Agustín de Foxá, y tenía bastante razón. Quería decir que la patria, o el honor, pueden llevar a hacer grandes esfuerzos o a protagonizar heroicas gestas, pero las reglas de convivencia democrática son tan estimulantes como el formulario para la declaración de la renta.

Es todo así. Un fulano puede decir que su raza, su etnia o su lengua es algo especial, y los demás conspiran para destruirlas, y un montón de personas lo aceptarán, se harán nacionalistas, y harán el ridículo con el mayor de los entusiasmos.

En cambio, Sternberger y Habermas (no huyan) intentaron definir un patriotismo constitucional y cívico, basado en el acuerdo sobre unos valores comunes de ciudadanía, y el resultado fue tan emocionante como una colonoscopia.

Porque era muy civilizado pero sólo iba dirigido a la cabeza, mientras que el nacionalismo es profundamente cateto pero va directamente a las tripas.

Porque hemos evolucionado para ser tribales, no cívicos.

Y claro, el poder político, ese al que la democracia liberal pretende limitar y controlar, se ha dado cuenta.

El gobernante, en general, aspira a gobernar sin las molestas restricciones de la democracia, esas que Iván Redondo llama «emboscadas» y a las que Pilar Alegría se refiere como «pérdidas de tiempo». Y por eso está encantado cuando los ciudadanos no les dan la suficiente importancia, porque así podrá convertirlos inadvertidamente en súbditos.

Una pista: todo el que aspira a convertirse en autócrata debe desmontar previamente dos contrapoderes básicos: la justicia y la prensa independiente.

Por eso, cuando oigan al presidente hablar de lawfare en relación a los jueces, o de bulos y pseudomedios en relación a la prensa, deben entender inmediatamente lo que pretende (no es tan difícil), alarmarse, y oponerse antes de que sea demasiado tarde.

Porque cuando los desaprensivos aterrizan en el poder se dedican a prolongar su estancia pegando fuego a las instituciones democráticas, como quien se calienta echando los muebles a la chimenea.

Pero (insisto) ¿cómo explicar el roto que se hace a la democracia cuando se trafica impunidad por votos, se redactan las leyes a medida o se volatiliza el principio de igualdad si la propia democracia aburre y no emociona?

Mientras tanto, el gobernante va tanteando para comprobar hasta dónde llega la pasividad de los ciudadanos. El pasado fin de semana, la vicepresidenta María Jesús Montero propuso abolir la presunción de inocencia a favor de las declaraciones de mujeres, siempre que sean jóvenes.

En este caso se pasó de frenada, ha tenido que rectificar un poquito y Alsina ha tenido que acabar haciendo el editorial que omitió el lunes.

El aburrimiento no es lo único que amenaza la democracia.

También está su aparente incapacidad para resolver lo importante (no hay manera de hacer un Plan Hidrológico, tener una discusión racional sobre inmigración o diseñar un sistema de pensiones que no arruine al país), y su tendencia a relegar los asuntos complicados en favor de los que tienen mayor retorno electoral (esto, por cierto, la hace muy vulnerable a las modas del momento, como el feminismo de género o el tremendismo climático).

No es raro, entonces, que el ciudadano contemple con benevolencia la relajación de los estándares democráticos si es a favor de una supuesta eficiencia.

Por ejemplo, puede ser tentador para los ciudadanos estadounidenses (porque allí también cuecen habas) pasar por alto las garantías procesales, tan abstractas y aburridas, y dejar que Trump externalice en Bukele la gestión de los pandilleros venezolanos establecidos en EE. UU.

Luego, claro, se producen errores y mandan a una macrocárcel a un tío por llevar un tatuaje inadecuado, pero eso es otra historia.

Volviendo al principio, el resumen es que, ya que obviamente no podemos esperar que nuestros gobernantes sean abnegados Cincinatos preocupados exclusivamente por el bien de la comunidad, los ciudadanos debemos entender que la democracia, aunque sea invisible, es como la escafandra que protege al astronauta de la inclemencia exterior.

Si no la protegemos, si dejamos que el gobernante pegue martillazos al casco, descubriremos que estamos en un mundo brutal y breve, como decía Hobbes.

Ah, y con respecto a la emoción, tenemos que empezar a hablar más de España.