- La ingente cantidad de millones transferidos desde Bruselas y el incremento récord de la recaudación, fruto del aumento del empleo, aunque ese empleo sea precario y de la subida de la inflación le sirven a María Jesús Montero para tapar rotos y descosidos
La capacidad de maniobra del Gobierno es prácticamente nula. Eso es un hecho fehaciente. La mayoría de investidura no era una mayoría de legislatura. Ésa es la razón por la que no ha llevado presupuestos al Congreso en dos años. No los llevarán tampoco ahora, a pesar de que lo han anunciado, salvo que sirva a su estrategia partidista. La ingente cantidad de millones transferidos desde Bruselas y el incremento récord de la recaudación, fruto del aumento del empleo, aunque ese empleo sea precario y de la subida de la inflación le sirven a María Jesús Montero para tapar rotos y descosidos. Es posible y hasta probable que muchos cambios de capítulos contravengan la ley presupuestaria y acaben en el Tribunal de Cuentas o en el Supremo. O en ambos. Pero, de momento, van tirando, que es de lo que se trata. Los meses de la basura que resten de legislatura, que pueden ser casi veinticuatro, serán oportunidades perdidas para el país, pero sería un error pensar que Pedro Sánchez los usará únicamente para solazarse en la poltrona del poder esperando a que llegue su fin. Él seguirá de vacaciones, en Andorra o donde se tercie, mientras la campaña para revalidar su plaza siga en marcha.
La base de poder de este gobierno está en Cataluña. Y no precisamente en la Cataluña de Puigdemont. Las huestes del prófugo de Waterloo votan más en contra que a favor de los decretos de la Moncloa. Su única arma consiste en activar una moción de censura, pero es un extremo harto improbable, al menos hasta que logre que Conde Pumpido le amnistíe sin siquiera haber sido juzgado. El que nutre de diputados al grupo parlamentario socialista es el PSC a las órdenes del fiel Salvador Illa. Dicen los rumores que es el recambio. Harto improbable, viniendo de otro partido. Eso ya lo sufrió Carme Chacón.
Silente, sin alharacas para no llamar demasiado la atención, el presidente catalán está haciendo realidad las aspiraciones que los separatistas llevan demandando desde los tiempos de Pujol y Artur Mas. Ya tiene la gestión del Prat, le condonarán las deudas y dispondrá más pronto que tarde de la agencia tributaria propia que recaude todos los impuestos en su comunidad. Con la hacienda, la energía y la banca bajo el control de la Generalitat -de ahí la OPA que Gas Natural lanzó sobre Endesa nada más llegar al poder Zapatero o el denodado empeño hoy en hacer descarrilar la oferta del BBVA sobre el Sabadell- ya dispondrá de las estructuras de país para iniciar la desconexión cuando consideren oportuno. Será de derecho o será de hecho, pero será. Y el PSOE cobrará los réditos en forma de escaños en el Congreso.
Con Podemos a la contra y Sumar a la baja, a Pedro Sánchez sólo le queda aguantar mientras va cebando de regalías el fecundo feudo catalán con el fin de que le sirva en bandeja una nueva legislatura. Entretanto, el Partido Popular pondrá a prueba sus fuerzas en Castilla y León y en Andalucía. Cualquier pacto posterior con Vox, alimentado por el fuego que ha asolado este verano los montes, será un argumento más para movilizar a sus seguidores con el argumento del miedo a la ultraderecha. Es obvio que este gobierno está acabado, pero no tiene ninguna necesidad de convocar elecciones. Salvo que se vea forzado por los próximos informes de la UCO.
Sean meses, sean años, será tiempo perdido. Pero, ¿hay alguien que piense en los españoles?