Carmelo Barrio Baroja-El Correo

  • Bildu, como antes HB, ha perdido todos los trenes y ahora se esconde en nuestras fiestas para seguir exaltando al criminal

Pertenecientes los tres a la misma banda terrorista, pretende el tercero, en la habitual estrategia ‘ongietorriana’, convertir a los otros en símbolos de ‘alguna gesta’, buscando, quizá también, su propia autojustificación por tanto crimen cometido y tanto dolor causado.

No existe hoy motivo alguno para su redención, recuerdo o exaltación si no es forzando de una manera insoportable las más básicas reglas de la convivencia democrática.

Solo existen razones inalteradas para su desprecio y condena, que en el caso de aquellos no debió haber sido de muerte. Pero sus crímenes deben de ser recordados, ya que asesinaron a inocentes padres de familia, en nombre de los postulados mafiosos de una banda que, como ETA, solo quería cambiar una dictadura por otra. Recordarles es humillar a las víctimas del terrorismo y todos los demócratas hemos dicho que ellas están en el frontispicio de nuestra democracia. Su memoria exige que se deba neutralizar cualquier pretensión de homenajear a quienes merecían una condena por sus crímenes.

Los poderes públicos deben actuar defendiendo a las víctimas de ETA y prohibiendo cualquier acto de exaltación a los terroristas, en cumplimiento de la legislación vigente, del Código Penal y de las leyes de Víctimas del Terrorismo, que prohíben y castigan la humillación de estas.

Por eso es un gran olvido el que se constata en las actuales leyes de Memoria Histórica y Democrática que han promovido socialistas y nacionalistas en el Congreso de los Diputados y otros parlamentos, y que han cercenado la posibilidad de cualquier consenso. ETA no se ha incluido en esa supuesta condena histórica del pasado reciente. Y sin embargo, asesinando a inocentes en la etapa anterior, la dictadura, transcendió a esta, ya que su objetivo no era la democracia. No eran antifranquistas, eran antiespañoles (por su objetivo ultranacionalista), eran antidemócratas (por su estrategia de limpieza ideológica y su planteamiento de imponer una dictadura nacional-comunista) y simples criminales (por sus violentos métodos de actuación).

En otro orden de afirmaciones, ‘Txiki’ y Otaegi, y por supuesto Otegi, no fueron y jamás podrán ser considerados como gudaris, como revolucionarios, ni siquiera como activistas. No liberaron ni trataban de liberar nada ni a nadie, no defendían nada ni a nadie y ahuyentaron el valor social de la convivencia (clave en cualquier proceso de superación del totalitarismo) sustituyéndolo por el del terror. Lo único que constaba en su imaginario y en sus claves políticas era un proceso de cambio totalitario en el que ellos podrían aplicar la pena de muerte sin juicio justo, y en la práctica sin siquiera juicio sumarísimo, como tantas veces hicieron contra los que consideraban sus adversarios.

Querían conformar una dictadura con una mezcla elemental que estuvo a punto de destruir, en épocas pasadas relativamente recientes, Europa y que destrozó muchos países y vidas durante mucho tiempo. Comunismo y nacionalismo radical juntos como fórmula, como proyecto excluyente laminador de libertades y convivencia.

Henri Parot, ‘Txiki’, ‘Anboto’, Otaegi, ‘el carnicero de Mondragón’, ‘Txapote’… significan lo peor de nuestra historia vasca, lo más alejado a nuestra tradición foral, de nuestras arraigadas costumbres, de los derechos humanos y de nuestra disposición al acuerdo y a la buena vecindad. Y Otegi solo quiere emplear una estrategia vil y coyuntural para aprovecharse de una condena justa pero desproporcionada hace 50 años para engañar a la sociedad vasca.

Bildu, como antes HB, ha perdido todos los trenes que han pasado por nuestras estaciones políticas, ha sido un ‘pinchatrenes’ democrático y ahora, en las txosnas de Bilbao y de otras localidades, se esconde en la fiesta para seguir agrediendo a nuestra democracia con la exaltación del criminal.

‘Txiki’, Otaegi y Otegi no han representado ni representan una revolución, mucho menos un proceso político legítimo, los tres representan una involución hacia el totalitarismo, la ruptura en la construcción de la convivencia y la justificación de la violencia unilateral. Sus imágenes en Zarauz son un vómito desesperante. De estas claves no se salieron los primeros ni se ha salido el tercero.

Los tres forman parte de lo más abyecto y oscur