Juan Carlos Viloria-El Correo
- A la vuelta de vacaciones los viajeros habrán podido comprobar, en carne propia, que lo de la masificación turística no es un invento de remilgados pasajeros de primera clase o exploradores insociables del idea
Ala vuelta de vacaciones los viajeros habrán podido comprobar, en carne propia, que lo de la masificación turística no es un invento de remilgados pasajeros de primera clase o exploradores insociables del ideal. La afluencia de multitudes en bermudas y chancletas por la Rambla de Barcelona, los paseos marítimos y playas de Ibiza, Málaga, Mallorca o Tenerife, no son más que una muestra del fenómeno que se ha convertido en una plaga y amenaza el futuro de los lugares más deseados. España no deja de batir récords turísticos y si no llegamos este año a los cien millones de visitantes nos quedaremos cerca. A pesar de las tensiones geopolíticas, o quizás, precisamente por eso, España está en plena expansión y se ha convertido en uno de esos destinos apetecidos por millones de peregrinos del sol, la seguridad, la gastronomía, el exotismo y los precios. La Covid, lejos de retraer el flujo de pasajeros, ha incrementado las ansias de vivir. Y, el turismo, se ha convertido en uno de los componentes esenciales de la felicidad según nuestros actuales baremos de la cultura del placer y el hedonismo. Los datos indican dos tendencias imparables. Una, que el 95% del flujo de turistas se concentra en el 5% de los destinos posibles del planeta. Dos, que después de los confinamientos del coronavirus, los viajes internacionales se han incrementado un 3% respecto a las cifras prepandemia. A la neura de salir del pueblo, antes de que el mundo se acabe, como predicen los Simpsons para 2032, hay que añadir el incremento de las clases medias en países antes en vías de desarrollo, que ahora sueñan con viajar a los lugares más emblemáticos.
Pero la sobresaturación está provocando unos efectos secundarios que no sólo afectan a las poblaciones locales «invadidas» y saturan monumentos, calles y centros históricos, sino que suponen una decepción y frustración para los viajeros que han preparado su expedición soñando con paisajes de fotos retocadas en folletos y colores forzados de san-Google. No se trata de hacer caso a aquel cenizo que definía el turismo como una industria que consiste en transportar a gente que estaría mejor en sus casas, a lugares que estarían mejor sin ellos. Tampoco nadie quiere matar a la gallina de los huevos de oro (13% del PIB español, 12% PIB francés por ejemplo) pero hay que echar el freno. El turismo desbordado provoca un aumento del coste de la vida, alquileres imposibles, expulsión de los vecinos de sus barrios, cierre de los comercios tradicionales sustituidos por cadenas de comida (foodificación), playas abarrotadas y calles desbordadas. La solución no es subir los precios, sino empezar por establecer cuotas y reservas anticipadas, para desahogar los puntos más saturados.