Carlos Souto-Vozpópuli
- Lo que Sánchez dejará será una maquinaria diseñada para dañar cualquier gestión posterior de quien lo sustituya
Escribo estas líneas desde Buenos Aires, en pleno invierno austral. Aquí se convive hoy con un Estado que, tras años de populismo, ha dejado de cumplir incluso estructuralmente con lo elemental. Cuando estos modelos autocráticos de explotación del poder gobiernan demasiado tiempo, no quedan instituciones, quedan ruinas organizadas. Y esa misma lógica es la que observo con inquietud en España bajo Pedro Sánchez.
El problema de los gobiernos que se quedan mucho tiempo en el poder con cualquier argucia semidemocrática, al estilo socialista del siglo XXI; es su legado. Y no es únicamente económico. El verdadero problema es la colonización vertical del estado: la ocupación paciente, milimétrica, de cada organismo, cada empresa pública, cada dependencia del estado.
No hablo de la expansión horizontal y clientelar, paguitas, que también existe. Hablo de algo más profundo: la penetración institucional. Un ministro argentino me dijo hace unos años, en su tercer día en el cargo: “Por el momento no consigo que me traigan un café”. Exageraba, pero no tanto. Se habían colonizado de abajo hacia arriba secretarías de Estado con cientos de cargos, secretarías generales, direcciones y subdirecciones, consejos de administración, hasta la última ventanilla. En todos esos lugares se colocan personas cuya lealtad no responde a la nación ni con la sociedad toda, sino con el partido o con una persona que los nombró y tiene sus propios fines.
Agitación permanente
Lo veo hoy aquí, en Buenos Aires, después de la larga pesadilla kirchnerista. El gobierno actual, que intenta ordenar la economía, se enfrenta a un monstruo que se defiende desde dentro: funcionarios enquistados que convierten su dependencia en una máquina de impedir. A eso se suman organizaciones que, al perder su cuota de dinero público, se movilizan, atacando sin pausa también afuera, en la calle, activamente. Esas calles violentas que un día sí y otro también ocurren en Buenos Aires, no son sólo protesta: son la póliza de seguro de quienes gobernaron antes. Son lo que les mantiene fuera de la cárcel, blindados por la presión social, por esa agitación permanente.
El patrón se repite en la región: Maduro, Morales, Kirchner, todos marchan o marcharon al desastre social, algunos llegaron al final del camino, otros todavía no. Entre estos está Sánchez, que intentará prolongar su ciclo y reelegirse hasta 2031. Porque así el legado es aún más intratable para el que siga.
Desde 2018, solo Pedro Sánchez cada año planta una capa geológica de entre 40.000 y 50.000 nuevos empleados públicos afines, solo empleados públicos, sin contar extras
Lo más difícil de revertir no será la economía: ajustar cuentas se puede hacer en un lustro o en una década. España es muy rica. El problema será desinfectar el Estado cuando lleva tantos años siendo penetrado. Desde 2018, solo Pedro Sánchez cada año planta una capa geológica de entre 40.000 y 50.000 nuevos empleados públicos afines, solo empleados públicos, sin contar extras. No hay cambio de gobierno que pueda, de un día para otro, desmontar una subestructura heredada tan grande.
Mientras tanto, se celebran con entusiasmo supuestos logros como haber sido el país “mejor financiado” de algún ranking. Claro que no será Sánchez quien pague la cuenta: él sólo estirará la deuda hasta el límite, dejando el problema al que venga después.
Porque en España no ocurrirá lo mismo que en Venezuela, alguien más y no Sánchez, ocupará la Moncloa en el futuro.
Ya no se comporta como un líder europeo sino sudamericano. Mientras empeora la calidad de vida de la mayoría de los españoles, lleva a España frente el mundo a la categoría peso pluma
La metáfora más precisa para esto que ocurre en España hoy en día la escribió Ingmar Bergman en el título de una de sus películas: El huevo de la serpiente. Y por eso el título de esta columna, porque como en el huevo de la serpiente ya desde afuera se ve lo que trae. Y esto se ve claramente desde afuera cuando se mira a Sánchez y su accionar. Ya no se comporta como un líder europeo sino sudamericano. Mientras empeora la calidad de vida de la mayoría de los españoles, lleva a España frente el mundo a la categoría peso pluma.
Lo que Sánchez dejará incubado no es sólo un déficit, y una imagen muy deteriorada, sino un Estado plagado de organismos colonizados, de funcionarios mediocres, de empresas estratégicas inoculadas por obediencias partidarias.
Sería muy larga la lista, y a medida que se llena el estado se amplía el rango de operaciones, de los 26 ministros cesados durante el desgobierno de Sánchez, 16 fueron “recolocados” en organismos públicos, embajadas o empresas participadas.
La corrupción de abajo
La política española, durante décadas, convivió con la corrupción de arriba, con el barro del bipartidismo y sus pactos de supervivencia. Hoy la amenaza es peor: es la corrupción de abajo. La del funcionario que responde al partido o a su señor, antes que a su país, la de la oficina que deja de servir a los ciudadanos para servir a sus protectores políticos.
España haría bien en mirar el espejo argentino con atención. La dimensión es otra, claro está. Pero también existe un aire paralelo. Porque al igual que Kirchner, lo que Sánchez dejará será una maquinaria diseñada para dañar cualquier gestión posterior de quien lo sustituya y toda una estructura que lo defienda para maximizar la impunidad. Y como no tiene más que hasta 2027 asegurado, eso con suerte; entonces acelera el proceso y el final se viene a toda velocidad.
Las turbulencias son enormes, veremos si obligan a un aterrizaje forzoso o si pasamos algún otro verano azul mientras el estado se transforma cada vez más en un estado militante.