Rebeca Argudo-ABC
- Belarra y Montero pueden gritar que las islas son para los que las habitan y, tras leve fundido a negro, aparecer en bikini en una cala balear tan ricamente
Con el verano me pasa como con las navidades (y como con todo): cuanto más de moda está odiarlo, más me gusta. A este paso, acabará gustándome hasta el Primark de Gran Vía. Y justo ahora que languidece y ya huele a septiembre, me gusta más todavía. Dijo hace poco alguien (no recuerdo quién y me encantaría reconocerle el hallazgo) que agosto es un domingo demasiado largo y, la última quincena, su interminable tarde. A lo mejor es por eso, por el tedio nostálgico previo a la vuelta a la rutina, por lo que a las mismas que hiperventilan si en las islas hay turistas les da por ser viajeras y fotografiarse en los baños de sus bares. Pero no en cualquier baño, no. Las ciudadanas Ione Belarra e Irene Montero (o Ione Montero e Irene Belarra) posaban en uno en cuya pared pone, con anarcosindicalista caligrafía, «Menorca antifa y antirracista». Y lo hacían sonrientes, mucho, como si en lugar de ante la prueba de un acto vandálico estuviesen frente a un monumento histórico, ante la señal de todo lo bueno de lo que es capaz la mano del hombre. Y a lo mejor era así en sus cabezas, convencidas de que aquello era un compendio del saber y no el garabato de un beodo. Mira, no sé, ellas se estremecen ante la consigna como yo ante el arte, que de todo hay. Y no es peor ni mejor, solo diferente. Yo, ante las pintadas en los aseos, solo puedo pensar en la galleta que se iba a llevar el artista si es hijo mío (o de mis amigas) y lo pillo con las manos en la masa. Me da igual que ponga que Menorca es antifa o que Quique Peinado es un cochino.
Pero volvamos a las vacaciones: el gran clásico del verano ya no es el calor asfixiante, ni los indecorosos paseantes en chanclas sin camiseta o el ofensivo mangacortismo en las camisas de los caballeros. El clásico son los que protestan contra los turistas pero no se ven a sí mismos como tal, sino como viajeros. Por sus redes les conocerán: son los que tienen veinte fotos posando en diversos lugares del planeta (ora Tailandia, ora los Dolomitas, ora las islas Feroe) e, intercaladas, protestas con la pancartita de «tourist go home», aunque su padre sea botones en el hotel Saratoga y, su madre, camarera de piso; y sin turismo se vaya al guano la economía familiar y hasta, si me apuran, la de toda la comunidad autónoma. Qué más les da. Ellos no quieren turistas pero tampoco dejar de viajar. Porque no es lo mismo. Les pasa como a las ciudadanas Irene Belarra e Ione Montero (o Irene Montero e Ione Belarra), que pueden gritar que las islas son para los que las habitan y, tras leve fundido a negro, aparecer en bikini en una cala insular. Tan ricamente. Con los turistas pasa, déjenme que les diga, como con la polarización: es un inconveniente muy molesto pero siempre son los demás.