Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • Donald Trump está rompiendo barreras y principios que parecían sagrados

La saga de películas de Jurassic Park no solo es la típica serie de aventuras y ciencia ficción entretenida; la fascinación que ejerce se basa, además de en la recreación de los dinosaurios -seres entre fascinantes y de pesadilla-, en que aborda un problema teórico de lo más interesante: las consecuencias fatales de intentar planificar y controlarlo todo, una ilusión imposible. Hay en esas películas más filosofía que en todas las declaraciones del Almodóvar, y además de signo claramente liberal (por no decir kantiano). En efecto, el verdadero liberalismo -olvídense de imitaciones de moda- parte de una metafísica del conocimiento simple y sabia: no podemos saberlo todo, no podemos controlarlo todo y no podemos tener razón siempre; por eso la libertad no solo es conveniente, sino fundamental para la vida humana digna, y la democracia donde todos cuentan mejor que el “gobierno de sabios”.

Enseñanzas de Jurassic Park

Todo esto aparece en Jurassic Park y -estupendamente expuesto- en la novela de Michael Crichton que inspiró a Steven SpielbergParque Jurásico (menos espectacular, claro, pero mejor que la película). Como saben, la historia trata de un supermillonario caprichoso, visionario y devoto de los dinosaurios (inevitable pensar en Elon Musk, abajo verán por qué) que contrata a un equipo de genetistas para recrearlos manipulando ADN. Al final resulta que el verdadero problema no es solo la dificil manipulación del ADN, sino la imposibilidad de controlar todos los pasos del proceso. Aunque se suponía imposible, los dinosaurios se reproducen, la empresa de la isla-parque de atracciones pierde el control, y los letales e incontrolables dinosaurios, pequeños y gigantes, acaban escapando y sembrando el caos y la ruina, que es lo que divierte y sobrecoge a los espectadores.

Parque Jurásico es también un experimento mental sustancioso que conduce a tres premisas: [1] el azar y lo imprevisto siempre alteran los planes, luego no hay planes perfectos; [2] la vida es imposible de confinar en protocolos técnicos; [3] cualquier experimento que altere las reglas básicas será alterado por ellas. También muestra que no hay islas perfectas a salvo del mundo, y que el mundo tampoco está a salvo de islas caóticas. En resumen, y esta es la enseñanza de esta historia de aventuras y experimento mental: no juegues con dinosaurios, al final siempre se escapan y no podrás controlarlos.

Este relato fantástico ofrece una magnífica metáfora, o alegoría, de la ambición humana desmedida y sus temibles consecuencias, y aún más de la simple estupidez temeraria. En efecto, que algo sea posible, tal vez resucitar a los dinosaurios, no significa que hacerlo sea buena idea.

En la esfera de la tecnología es casi imposible evitar que todo lo que se pueda hacer no acabe haciéndose, del remoto encendido del primer fuego a la Inteligencia Artificial, pasando por la energía nuclear, con bombas incluidas. Pero lo mismo pasa en el plano de las ideas y los proyectos políticos (que, efectivamente, es a donde quería llegar): no hay ocurrencia salvadora ni utopía, por desquiciada que sea, que alguien no se proponga llevar a la práctica por peligrosa que sea.

La humanidad no va a renunciar a su afición a rondar el suicidio colectivo con experimentos insensatos. Menos cuando el desarrollo tecnológico abre puertas a lo desconocido con la IA y su combinación con la robótica

Pero los dinosaurios siempre se escapan. Ocurrió en todos los ensayos del último siglo para acabar con el capitalismo e instaurar sistemas socialistas perfectos: todos han acabado mal o fatal. Del comunismo quedan las ruinas de Cuba (y Nicaragua y Venezuela), la distopía horrenda de Corea del Norte o del Hambre, y el nombre del partido único de las dictaduras de China, Vietnam y algún otro país. Naturalmente, y como supo ver Den Xiaoping con histórica perspicacia, para que el partido chino de la dictadura pudiera seguir llamándose comunista (algo necesario para el partido por legitimidad histórica y continuidad), debía hacer renunciar cuanto antes al dinosaurio del comunismo maoísta, el particularmente desastroso T-rex de ese club.

El fascismo y todas sus variedades nacionales también acabaron como el centro de visitantes de Jurassic Park, y por la misma razón: los dinosaurios que los patrocinadores de la dictadura creían bien encerrados en sus jaulas para asustar a los comunistas -camisas negras, pardas y todo eso, criminales de guerra y terroristas-, se escaparon, desencadenaron guerras suicidas y genocidios, y acabaron con todo.

Lo que es seguro es que la humanidad no va a renunciar a su afición a rondar el suicidio colectivo con experimentos insensatos. Menos cuando el desarrollo tecnológico abre puertas a lo desconocido con la IA y su combinación con la robótica: seguramente solucionará muchos problemas acuciantes, pero creará nuevos de magnitud desconocida. Pero la cría de dinosaurios ideológicos no es un problema de la IA, sino de la insensatez humana: hoy medra en los populismos.

A nosotros nos ha pasado con Pedro Sánchez y sus secuaces comunistas, separatistas y terroristas, la colección de dinosaurios ideológicos más peligrosa de Europa. En Estados Unidos les ha pasado con Trump

Todo populista cree que el pueblo nunca se equivoca, contradiciendo las reglas citadas arriba. Cree que el pueblo puede elegir a quien le guste no por sus cualidades, sino por su aspecto y discurso, y esperar con toda confianza a que se comporte como un gran líder acabando con los malos (que siempre son los otros). Pero la verdad es que, inexorablemente, elige algún nuevo dinosaurio. A nosotros nos ha pasado con Pedro Sánchez y sus secuaces comunistas, separatistas y terroristas, la colección de dinosaurios ideológicos más peligrosa de Europa. En Estados Unidos les ha pasado con Trump, que el supermillonario Elon Musk creyó poder convertir en su mascota política.

El dinosaurio siempre se escapa y Donald Trump está rompiendo barreras y principios que parecían sagrados (y el pensamiento mágico es malísimo para tratar con dinosaurios): ha desatado una guerra arancelaria que desestabiliza la economía mundial (eso debía ser “acabar con el globalismo”) y, de momento, ha logrado que en Estados Unidos el precio del café, que consumen a todas horas (flojito), suba un 33%; ha roto las barreras entre funciones de seguridad de la policía y las fuerzas armadas; ha sembrado la inseguridad jurídica y la confusión política rompiendo por la tarde el compromiso suscrito por la mañana. Y todavía le queda mucho margen.

Corruptosaurios, terroristaraptores y separatistadocus

También a Pedro Sánchez y su jurásico zoo-burdel de corruptosaurios, terroristaraptores y separatistadocus. A los inconscientes, ignorantes y manipuladores (no miro a nadie, empresarios del Ibex) les parecía que daría juego, dejaría todo como estaba y sería divertido. Pero los dinosaurios siempre se escapan y destrozan todo. Deberíamos aprenderlo de una vez.