Ignacio Camacho-ABC

  • Al Gobierno le sobra sectarismo y le falta idoneidad técnica para gestionar y legislar con un mínimo de eficiencia

A mediados de agosto, el Ministerio de Inclusión, Migraciones, etcétera preguntó al Ejecutivo de Canarias si los menores inmigrantes que debe repartir por la Península podían beneficiarse del descuento que se aplica a los residentes isleños en el transporte aéreo. Los funcionarios receptores del mensaje no daban crédito: el Gobierno que se ufana de su récord de ingresos estaba regateando precios para cumplir –con meses de retraso– una orden del Tribunal Supremo. El contingente a trasladar, una mísera decena de muchachos, no parecía logística ni estratégicamente problemático pero aun así a la burocracia ministerial el gasto del viaje se le antojaba demasiado caro. Se ve que tampoco saben lo que cuesta un trayecto en Falcon. A este ritmo, y teniendo en cuenta que hay que reubicar a unos tres o cuatro mil, la operación puede demorarse varios años…si es que las minervas que deben organizarla logran encontrar pasajes baratos. Las cosas de palacio.

A menudo las críticas al mandato de Sánchez se centran en su sectarismo, la doblez ética, el afán polarizador, o la falta de respeto a las reglas. Todo ello es cierto pero se suele olvidar el factor de incompetencia. La incapacidad para gestionar expedientes de mínima complejidad técnica o para legislar con pautas jurídicas correctas. La famosa ley del sí es sí, por ejemplo, fue un monumento a la ineptitud, una verdadera pirámide de torpezas. Como la compra de trenes de mayor gálibo que los túneles, obra maestra digna de Pepe Gotera pero perpetrada –con financiación europea– por una empresa donde Ábalos colocaba a su ‘sobrinas’ predilectas. Carlo Cipolla sostenía que la estupidez es más perniciosa que la maldad porque los malvados al menos saben lo que pretenden al hacer daño, pero los mentecatos no son conscientes de la gravedad de sus estragos. Lo peor, sin embargo, es estar gobernados (?) por un hatajo de inútiles y a la vez doctrinarios.

Produce pavor la simple interrogante sobre las manos que rigen la política migratoria, uno de los grandes desafíos globales de esta época histórica. El colapso canario representa una antología de todas las lacras de la política española: ineficacia administrativa, enfrentamiento de unas autonomías con otras, mala fe institucional y la manifiesta xenofobia de unos nacionalistas acostumbrados a obtener cualquier cosa que soliciten de la Moncloa. El conjunto arroja un fracaso de consecuencias desalentadoras. Si los responsables del Estado no saben o no pueden resolver una cuestión de mera rutina cómo van a afrontar asuntos de la importancia de la seguridad fronteriza. Y la misma premisa cabe plantear respecto a catástrofes naturales, crisis sanitarias, fallos energéticos o dificultades de la economía. Cualquier circunstancia imprevista deja patente la ausencia de soluciones efectivas. Salvo, eso sí, que se trate de urdir una campaña propagandística.