Joseba Arruti-El Correo
Los extremos ideológicos siempre se han llevado mal con la pluralidad. Es más, la detestan. Sueñan con sociedades homogéneas en las que el libre pensamiento quede aplastado por la verdad establecida por sus infalibles ideólogos. Ser ciudadano conlleva poseer espíritu crítico, discernir por uno mismo; por eso los guardianes de la ortodoxia sólo se rodean de batallones de obedientes.
Cuando múltiples malestares se cruzan, los extremistas se relamen. Saben que ahí está su caldo de cultivo, el que permite a cualquier fullero presentarse como bienhechor. Bastan frases vacías para confrontar problemas complejos, bastan eslóganes desgastados para movilizar a los creyentes. Pero las proclamas huecas no son inocuas, y han provocado grandes quebrantos a lo largo de la historia. Fantaseando con la sociedad ideal es posible despertarse en el totalitarismo, e incluso no reparar en ello.
La estulticia ideológica se camufla en estos tiempos pintarrajeada de buenas intenciones, de grandes principios. Quienes dicen defender lo público acotan las calles y las plazas en fiestas, las privatizan para los suyos e imparten su justicia sin ley en los espacios de los que se adueñan; aquellos que destierran a quien es policía en un país democrático se funden de emoción ensalzando regímenes totalitarios y parapoliciales. Bajo lo que se proclama a boca llena, en ese desajuste, asoma lo que realmente se piensa.
Convertir la anomalía dogmática en una constante del paisaje festivo es impropio de una sociedad democrática. No se pueden normalizar el sectarismo y la exclusión, la acogida a la carta en pleno ámbito público. Esos caprichosos cotos privados, arrebatados a las bravas a la mayoría social, son el escenario de un triste pasado congelado en el tiempo.
El abecé de la convivencia es muy básico, pero posee una fuerza transformadora: encontrarse con el diferente, atender a sus razones, tratarlo como conciudadano y como persona da sentido a una sociedad. Quienes viven de espaldas en su reducto excluyente, quienes clasifican y cosifican, quienes segregan, son la antítesis no ya de la fiesta sino incluso de la concordia más pírrica.
Urge recuperar las calles para todos. Sin costras de intolerancia, sin mamporreros sobreexcitados. Abriéndolas de par en par para que cada cual pasee, se divierta y se exprese en libertad, al margen de su actividad laboral o de su forma de pensar.
Cuanto más se mira hacia otro lado, más espacio acaparan los intolerantes. La táctica de la avestruz ha dado siempre resultados desastrosos en este país. Es la que sigue posibilitando el mantenimiento de lo inadmisible, la réplica constante de viejos tics. Llamar fiesta a un aquelarre de fanatismo no resolverá el problema. Sólo marcará con exactitud la distancia respecto a la normalidad.