- Sánchez y sus ministros no gobiernan, porque están maniatados, son solo tertulianos dedicados a tiempo completo a la propaganda y a dar la lata
Una mañana de 2018, curioseando por los pisos de la enorme librería Waterstones de la calle Piccadilly de Londres, me llamó la atención un ensayo económico por la contundencia de su título: Bullshit Jobs (Trabajos de mierda). Ojeando la solapa vi que abordaba el tema de la simulación laboral. Es un asunto que siempre me ha interesado, pues como todo el mundo de larga vida profesional he sufrido a muchos jetas abonados a la reunionitis, la coba al jefe y el PowerPoint, gente que al final del día en realidad no había hecho nada productivo.
Me compré el libro, aunque el autor no era de mi cuerda. Se trataba del antropólogo neoyorquino David Graeber, un ocurrente profesor de la London School of Economics, que se murió en Venecia poco después, con solo 59 años, por una hemorragia súbita. Graeber se declaraba anarquista, una insensatez como otra cualquiera. Pero disfruté leyéndolo, porque a pesar de su caricatura distorsionada del capitalismo, poseía chispa e inteligencia y a veces señalaba verdades impronunciables. Su tesis era que el mundo está lleno de bullshit jobs. Los definía como «esos trabajos que si desapareciesen mañana el mundo no notaría diferencia alguna». Su tesis era que «existe toda una epidemia de empleos sin sentido de la que nadie quiere hablar».
El libro ofrecía testimonios de trabajadores desencantados. Entre los ejemplos de empleos inútiles citaba un memorable caso español, casi heroico en su suprema jeta: un funcionario de Aguas de Cádiz que no pisó su oficina durante seis años y solo fue descubierto en su absentismo cuando iban a promocionarlo por su buena labor.
Graeber se cebaba sobre todo con el mundo de las altas finanzas, los servicios corporativos, el marketing y los recursos humanos. Incluso citaba algunos ejemplos típicos de trabajos estériles, como «hacer que el jefe se sienta importante», o «dirigir a gente que en realidad no necesita ser dirigida». Su conclusión era provocativa: «Si mañana una extinción masiva borrase de un plumazo a todos los lobistas y abogados corporativos, el mundo no lo notaría».
La simulación laboral es una materia interesante, y a veces también triste. Existen varias novelas y películas que se basan en las historias reales de personas que fueron despedidas y siguieron fingiendo que cada mañana iban a trabajar, por vergüenza a reconocer ante los suyos que habían perdido su empleo. Y esa es exactamente la situación de Sánchez y sus 22 ministros. Han sido despedidos, pues ya no cuentan con la mayoría que hacía viable su labor, pero se niegan a reconocer su situación y siguen adelante con sus bullshit jobs.
El presidente y casi todos sus ministros son en realidad tertulianos dedicados a la propaganda y los buenos consejos, porque es imposible gobernar un país cuando llevas tres años sin presupuestos y careces de mayoría parlamentaria.
Marisu de Triana y Morant se pasan el día haciendo campaña en Andalucía y Valencia, a donde las ha enviado Sánchez a pegarse sendas toñas en las urnas. El pícaro ministro Torres se programa cada semana unos puentes olímpicos en su tierra canaria y rellena su agenda con la Francolimpiada (aunque lo que más tiempo le ocupa es defenderse de las saetas de Aldama). La de Vivienda parlotea mucho y construye casi cero. A la de Juventud e Infancia, una tal Sira Rego, no la conocen ni en su casa y no hace nada. La inefable Yolanda apura a tope el disfrute de sus últimos meses como vice y este fin de semana se ha programado un nuevo viaje turístico a costa del Ministerio, un finde en México con todos los gastos pagados.
La exaltada Mónica García se dedica a promover el aborto y a regañar muy enfurruñada a las comunidades del PP. Carece de competencias reales, pues la sanidad está transferida por completo (como se vio de manera lacerante en la pandemia).
El insufrible Bolaños es un ministro de Justicia centrado en la singular tarea de perseguir a los jueces. Todas sus reformas estelares y sus leyes a la carta para salvar a la mujer del jefe se quedarán finalmente en el tintero (a Dios gracias). Alegría, al igual que Mónica García, no se ocupa de su cartera, en realidad es la ministra de Propaganda. ‘Charles Body’, el viajero ministro de Economía, intenta no dar mucho el cante, pues sueña con un chollazo europeo con el que forrarse, como Ribera y Calviño. El petulante Albares habla con si fuese Metternich reencarnado, cuando la verdad es que no pintamos nada por ahí fuera, pues el extremismo de Sánchez, el mejor amigo de Hamás, nos ha apeado de las mesas de negociación de Estados Unidos y Europa.
Y luego, por supuesto, está el Simulador en Jefe, que deambula demacrado de sarao en sarao, anotándose a todas las cuchipandas internacionales que puede para disfrutar del Falcon, jugar a estadista de cartón piedra y evadirse un rato de la situación agónica que vive en casa.
Los ministros se han convertido en unos tertulianos más de los programas-mitin de Intxaurrondo, Ruiz y Fortes en TVE. Pero para lo que hacen, que es nada, casi sería más práctico enviarlos a todos a la Isla de las Tentaciones sin fecha de retorno.
No hay gobierno. Hay 23 figurones.