Pedro J. Ramírez-El Español

Tras la entrada en prisión de Ábalos y Koldo, la dimisión de Sánchez es la condición necesaria para que España pueda salir de la fétida sentina a la que sus colaboradores y él la han arrojado durante sus años en el poder.

Pero ni sería suficiente, ni se va a producir. Sánchez pretende perpetuarse en la Moncloa, a costa de convertir España en una autocracia sin separación de poderes, en la que cunda el miedo físico a ser perseguido por su régimen.

Basta con ver cómo convierte a su otrora mano derecha en un “chantajista mentiroso” para neutralizar sus revelaciones. Lo mismo que hicieron González con Damborenea y Rajoy con Bárcenas. Con la diferencia de que ninguno de ellos fue superministro ni número tres del partido como Ábalos.

Pero, sobre todo, basta con ver cómo Sánchez está azuzando personalmente el linchamiento de los jueces del Supremo que han condenado a García Ortiz. No por predecible deja de ser tremendo.

Utiliza para ello su descomunal maquinaria política y los medios públicos y concertados que riega con interminables sumas de dinero, mientras a los que somos críticos nos roba lo que les corresponde a nuestros lectores. Y sin pudor alguno ante las cifras de audiencia.

No es de extrañar que entre los agraciados proliferen los sicarios encargados de apuñalar por escrito o de palabra a los magistrados, partiendo de las anécdotas más triviales. Y si osan tratar así a los jueces del Supremo, ¿qué no intentarán con los simples opositores políticos o periodísticos?

La virulenta reacción a la condena de García Ortiz marca un punto de inflexión en el endurecimiento del sanchismo.

La pretensión de convertir en héroe y mártir de la sedicente congregación “progresista” al Fiscal General que, según el tribunal, coordinó “más allá de toda duda razonable” la filtración delictiva contra el novio de Ayuso, supone un desafío al conjunto del orden constitucional.

No sólo por la radicalización intelectual y el extremismo político que implica esa campaña reivindicativa de la nueva guerra sucia, sino porque se está lanzando desde el poder ejecutivo y con recursos públicos.

Que Óscar López, el que “no se chupa el dedo”, sostenga que una sentencia que no conoce es “tremendamente injusta” y la achaque al dictado de Aznar -¡¡- marcaría el nivel de este Consejo de Ministros… si Yolanda Díaz no se sentara también en su mesa.

Conductas como las suyas sugieren que Sánchez está dispuesto a llevar la polarización hasta el paroxismo, interponiendo el “muro” que erigió en su última investidura frente a las propias resoluciones judiciales.

Incluso a costa de seguir haciendo de los ladrillos proyectiles y de que el deterioro de la convivencia vuelva a arrastrar a España hacia las fauces de sus demonios familiares.

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Por eso, el lunes aproveché la “fiesta de los mil leones”, en la que celebrábamos el décimo aniversario de EL ESPAÑOL desde el podio del liderazgo absoluto de la prensa, para proponer un “Pacto de Estado por la Elegancia Política”.

En concreto dije que, “en cuanto exista la más mínima posibilidad” de plantearlo con éxito, EL ESPAÑOL impulsará “un Pacto de Estado que destierre los insultos, arrincone el odio y promueva de nuevo la concordia en la vida pública”.

Hasta tengo pensado el lema para después de las elecciones. Reproducirá la recomendación de Ortega sobre el sentido de la contención humana: “Ser fuego, pero parecer alabastro”.

Hasta tengo pensado el lema para después de las elecciones. Reproducirá la recomendación de Ortega sobre el sentido de la contención humana: “Ser fuego, pero parecer alabastro”.

En este estado emocional es en el que soñé que el helicóptero que el 9 de agosto de 1974 trasladó al dimitido Richard Nixon desde la Casa Blanca hasta su residencia californiana de San Clemente, aterrizaba sobre el césped de la Moncloa para recoger a un nuevo pasajero.

Era una salida digna y ordenada, mediante la que nuestra democracia se regeneraba. Pedro y Begoña acababan de encaramarse al aparato, haciendo la “uve” de la victoria, y la fiel María Jesús Montero les acompañaba hacia el exilio.

Remedando a Gerald Ford, estábamos a punto de poder decir que “nuestra larga pesadilla nacional ha terminado”.

Incluso si luego se descubriera algún tipo de amaño que implicara la impunidad del presidente a cambio de su ostracismo perpetuo, esa extracción aérea de la mansión del poder era una fórmula limpia e indolora.

El helicóptero representaba al ave fénix de la democracia, capaz de renacer no ya de sus cenizas sino del estercolero de la corrupción.

Pero, de repente, todo se estropeaba porque también querían subir a bordo del aparato David Sánchez con Gallardo, la ‘Fontanera’ con Antonio Hernando y hasta Santos Cerdán que se agarraba a uno de los patines.

Enseguida se agolpaban ministros, secretarios de Estado y jefes de Gabinete bajo sospecha.Y, detrás de sus barrotes, Ábalos y Koldo exigían que se les tendiera una escalera para poder escapar desde el patio de la cárcel.

Todos eran Sánchez. Demasiados Sánchez. Demasiado Sánchez.

En medio de ese caos, el helicóptero de Nixon, incapaz de levantar tanto peso, se transformaba entonces en aquel último helicóptero que, menos de nueve meses después, fracasaría en su intento de evacuar a los últimos de Saigon que le tendían las manos anhelantes desde el tejado de la embajada norteamericana.

La salida digna y ordenada se convertía ya en una desbandada a machete desenvainado de todos los jenízaros del régimen, como si una inmensa escorpina desparramara todas sus lanzas protectoras impregnadas de veneno.

Fue cuando me desperté horrorizado y envuelto en sudor.

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Las similitudes entre la trama de corrupción económica, guerra sucia, encubrimiento y obstrucción a la justicia que hizo caer a Nixon y la que rodea a Sánchez son flagrantes.

Incluso cada personaje de ahora tiene su antecedente en uno de los de entonces. Los más estrechos colaboradores de Sánchez, Ábalos y Cerdán, equivalen a Haldeman y Erlichman. Y allí también había un hombre para todo como Koldo, siempre un paso detrás, dispuesto a lo que fuera: se llamaba Charles Colson.

Las similitudes entre la trama de corrupción económica, guerra sucia, encubrimiento y obstrucción a la justicia que hizo caer a Nixon y la que rodea a Sánchez son flagrantes.

El papel de García Ortiz, obediente escabel del presidente, guardián del “relato” para allanar el camino de la reelección, lo representó el también Fiscal General George Mitchell.

Es verdad que la mujer bocazas y guerrera, análoga a Martha Mitchell, no es la discreta pareja de García Ortiz, sino que las vicepresidentas Montero y Díaz se alternan como sopranos para conservar el timbre de voz.

Siguiendo con el casting, la ‘Fontanera’ Leire Díaz, con sus intrigas fantasiosas, su ortodoxia ideológica, sus proposiciones ilegales y su inaudita conexión con el poder, resulta ser un calco de Gordon Liddy, el hombre extravagante que reclutó, pagó y supervisó a los asaltantes de Watergate.

Incluso la ministra portavoz Pilar Alegría, entrelazando banalidades y mentiras con forzado desparpajo, cada día se parece más al secretario de prensa de la Casa Blanca Ronald Ziegler, fichado por Nixon cuando ejercía de guía en un parque de atracciones.

¿Y quién será el John Dean que cambie de chaqueta cuando el viento sople en una nueva dirección? Si Antonio Hernando ya lo hizo una vez, no veo por qué no habrá de hacerlo dos.

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Sin embargo, hay tres diferencias esenciales que explican el desenlace caótico de mi sueño.

La primera es de índole política. Aunque Sánchez no tiene mayoría en el Congreso —como tampoco la tenía Nixon—, ni un solo diputado socialista parece dispuesto a pedir la dimisión del presidente como hicieron docenas y docenas de republicanos, incluidos los diez miembros del partido en el Comité Judicial que decidió sobre el ‘impeachment’.

Eran representantes por Wisconsin, Oregon o Carolina del Sur. Los de aquí no son diputados por Toledo, Córdoba o Huesca. Son todos diputados por una circunscripción única.

Diputados por Sánchez. Y de Sánchez. En el capítulo de bienes inmuebles. Están ahí, aparcados como mostrencas máquinas de aplaudir.

La segunda diferencia tiene que ver con el calendario procesal. Cuando Nixon dimitió, ninguno de esos colaboradores directos había sido encarcelado como Cerdán, Ábalos y Koldo, ni menos aun condenado por sentencia firme como García Ortiz.

Ni su responsabilidad política ni su responsabilidad penal por el conocimiento de los hechos se habían concretado, lo que facilitaba la clemencia. Prevaleció el interés nacional de pasar página, quitándolo de en medio. Y él se prestó a ello.

Diputados por Sánchez. Y de Sánchez. En el capítulo de bienes inmuebles. Están ahí, aparcados como mostrencas máquinas de aplaudir.

Pero la decisiva es la tercera diferencia. Ni su mujer Pat, ni su hermano Donald corrían ningún riesgo de sentarse en el banquillo por tráfico de influencias o nepotismo. Nixon se iba con la tranquilidad de que ningún miembro de su familia quedaría a la intemperie judicial, teniendo que pagar sus abogados, al albur de los fiscales y sin medios de comunicación sufragados para defenderles.

En el caso de Sánchez ya es demasiado tarde. Para eso y para casi cualquier otra cosa que no sea seguir huyendo hacia delante, utilizando el dinero público para pagar un ejército clientelar que vaya al choque con el resto de los españoles.

¿Dónde termina esto? El sueña con que sea en el punto de partida. O sea, en su cuarta investidura como presidente.

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La hoja de ruta a la que se aferra tiene como primer requisito que el TJUE avale la amnistía, aunque no sea con los esperpénticos argumentos de su Abogado General, demoledoramente desmontados en estas páginas por el sabio Gimbernat.

Bastaría con que los jueces la declararan compatible con el derecho de la UE y que la Sala Segunda, intimidada por el riesgo de recibir otra catarata de vituperios como la que le está ocasionando la condena a García Ortiz, renunciara a plantear una nueva cuestión prejudicial, ceñida a la malversación.

Eso permitiría a Puigdemont regresar triunfante a Cataluña y ser pronto recibido en la Moncloa. Sánchez le ofrecería abrir un camino vago y dilatado hacia el referéndum de autodeterminación, a cambio de su apoyo concreto e inmediato a los Presupuestos.

Si Puigdemont picara el anzuelo, la legislatura llegaría a su término en el 27. En caso contrario —o por supuesto si el TJUE repudiara la amnistía—, habría elecciones antes del verano.

Si Puigdemont picara el anzuelo, la legislatura llegaría a su término en el 27. En caso contrario —o por supuesto si el TJUE repudiara la amnistía—, habría elecciones antes del verano.

En cualquier escenario, lo que Sánchez prepara es una coalición de oligarcas socialistas, funcionarios, pensionistas, desempleados con subsidio, beneficiarios del Salario Mínimo, receptores del Ingreso Mínimo Vital e inmigrantes nacionalizados para cercar y derrotar a las clases medias.

Estadísticamente eso no sería una quimera. Si de lo que se trata es de confrontar a quienes cobran del Estado con los asalariados privados y los autónomos, Sánchez lleva camino de poder proclamar ese “somos más” que tanto le gusta.

Sólo es cuestión de que contrate a un puñado de funcionarios más o introduzca nuevos subsidios. De “comprar votos mientras se hunden las cuentas públicas”, como escribía ayer Daniel Lacalle.

Además, le avalan los antecedentes que no me cansaré de repetir. Si en 12 elecciones generales quienes competían desde la Moncloa lograron quedarse y sólo González en el 96 tuvo que marcharse, la maldición del número 13 revolotea ya sobre los españoles. Lo único que nos faltaría es que su próxima investidura cayera en martes.

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Ningún sondeo fiable pronostica que eso vaya a producirse. Por muy manipulada que esté por los medios gubernamentales, es imposible que una sociedad democrática comulgue con ruedas de molino del calibre de las que nos pretende obligar a tragar el sanchismo.

Todo indica que el presidente no pelea ya por la Moncloa —sabe que la tiene perdida— sino por seguir en Ferraz. Para eso necesita que Vox tenga la suficiente fuerza electoral como para entrar en un gobierno del PP o condicionarlo gravemente.

Eso le permitiría relanzar su campaña contra la extrema derecha y presentarse como el líder de una oposición implacable, capaz de agitar la calle y devolver a la izquierda al poder en un clima de polarización máxima. O sea lo de ahora, pero con el PSOE costeando las minutas de los abogados y el aparato de agit-prop.

Eso explica su denodado esfuerzo por engordar a Vox mediante el antagonismo cómplice. Porque si Feijóo llegara a gobernar en solitario con estabilidad, la catarsis en el PSOE sería inevitable.

Si Feijóo llegara a gobernar en solitario con estabilidad, la catarsis en el PSOE sería inevitable.

El corolario es bien claro. Quien desee sacar a Sánchez de la Moncloa, puede votar a Vox o al PP. Pero quien desee sacar a Sánchez —con todo lo que representa— de la vida política española, no tiene otro voto útil que el del PP.

De momento ya sabemos que voluntariamente no se va a ir nunca porque no existe en el mercado un helicóptero con potencia suficiente como para levantar todo el pasaje y bagaje de corrupción económica y política que ha generado alrededor.

Y mírenle a la cara.

Cuando Nixon subió al helicóptero y extendió los brazos los americanos le leyeron el pensamiento y la frase de moda fue: “Me voy, pero sonrío”.

Sánchez ni se va ni nos sonríe. A lo más esboza un rictus.

La amabilidad queda para el espejo.