Bernard-Henri Lévy-El Español
  • Cerremos el cielo de Ucrania e impidamos que las bombas, los misiles y los drones rusos apunten a los civiles ucranianos, pulvericen sus ciudades y destruyan sus infraestructuras.

Pronto se cumplirán cuatro años.

Una carnicería incalificable y de cifras espantosas. 300.000 soldados rusos muertos y, tal vez, 100.000 ucranianos.

Ciudades pulverizadas.

El regreso de los tiempos de las tierras de sangre, con un Putin que asume la doble herencia de Stalin y de Hitler.

¿Y todo esto para qué?

Un pueblo tomado por aquí.

Un pueblo retomado por allá.

Una unidad motorizada que llega, el tiempo justo para una foto, planta una bandera en un campanario y, a veces, huye a toda prisa inmediatamente después.

Meses de combates monstruosos en Bajmut y en Chasiv Yar (dos batallas que cubrí) o en Andriivka (el magnífico documental de Mstyslav Chernov) para tomar ciudades minúsculas de las que sólo quedan montones de escombros.

Dieciséis meses de una ofensiva cataclísmica para intentar ocupar la ciudad de Pokrovsk, que también conozco, donde también he rodado y que es, en tiempos de paz, una villa del tamaño de Melun o de Vincennes.

Uno piensa en Norman Mailer, en Los desnudos y los muertos: «Morían por colinas que nadie habría sabido nombrar, por objetivos que nadie comprendía».

O, mejor aún, en la obra maestra de Erich Maria RemarqueSin novedad en el frente, Biblia negra de lo absurdo de la guerra y del «tanto para nada» de la máquina de triturar en vano: «La misma tierra destripada que tomamos, perdemos, retomamos de nuevo… el barro permanece, los muertos permanecen».

Para cualquiera que haya visto esta abominación de cerca, la constatación es insoportable.

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Los ucranianos, frente a esta locura que sólo perdura por la voluntad de Putin, se comportan admirablemente.

La bravura de los combatientes.

La valentía de sus líderes civiles y militares.

La resistencia sin igual de una población acosada, agotada, diezmada, pero en pie.

Y no es el reciente escándalo de corrupción en el sector energético lo que me hará cambiar de opinión: la destitución de dos ministros; la caída en desgracia sin piedad de un allegado del presidente; dos agencias anticorrupción que la sociedad civil considera tesoros nacionales y que, en plena guerra, llevan a cabo un trabajo de investigación implacable… ¿quién da más?

El problema, en cambio, son los aliados.

Porque lo digo, lo repito y lo muestro, de película en película, desde hace cuatro años. Todos han llegado tarde, desde el primer día, sistemáticamente.

Cascos cuando hacían falta lanzamisiles Javelin. Javelins cuando hacía falta artillería. Obuses en el momento en que la guerra de trincheras cedía el paso a la guerra del cielo. Defensas antiaéreas en el instante en que hacían falta misiles de largo alcance Scalp o Storm Shadow. Tanques cuando se necesitaban aviones. Aviones después de que el enemigo hubiera adaptado su defensa antiaérea…

La lista sería larga.

Siempre el arma correcta, pero siempre con seis meses de retraso. La frase espantosa del novelista yugoslavo Ivo Andrić que todos teníamos en mente, hace treinta años, durante el sitio de Sarajevo: «Las potencias nunca dan lo suficiente para salvar, pero siempre lo suficiente para prolongar la agonía».

En la Ucrania de hoy, como en la Bosnia de ayer, el diablo de la Historia ha dosificado sabiamente su ayuda para permitir al país resistir, pero no ganar.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, da la bienvenida al secretario del Ejército de Estados Unidos, Daniel Driscoll, antes de su reunión el pasado 20 de noviembre. Reuters

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¿Están cambiando las cosas?

Tal vez.

Por un lado, están los rumores de un «nuevo plan de paz» que parece haber sido urdido a toda prisa por el tándem Witkoff / Dmitriev y que, si la información es exacta, sería una catástrofe estratégica y moral y equivaldría a una inaceptable capitulación de Ucrania.

¡Un «tanto para nada» elevado a la décima potencia!

Por otro lado, están los recientes ejercicios de la OTAN, donde se ve a unidades de combate tomarse por fin en serio la hipótesis de un conflicto que Rusia no oculta que quiere, en cuanto pueda, extender al resto de Europa.

Y está también, yendo en la buena dirección, este 17 de noviembre, el acuerdo firmado por el presidente Macron que prevé la entrega, en un plazo de diez años, de 100 aviones Rafale, 600 bombas de largo alcance AASM y 8 baterías SAMP/T del tipo de los Patriot estadounidenses.

Pero la urgencia es ahora.

Y la prioridad absoluta es, desde ahora mismo, atender la petición que formula el presidente Zelenski desde el primer día, ante la cual, por el momento, casi todos hemos permanecido sordos y de la que depende, sin embargo, el desenlace de la guerra: Close the sky.

Cierren el cielo, impidan que las bombas, los misiles y los drones rusos apunten a nuestros civiles, pulvericen nuestras ciudades y destruyan nuestras infraestructuras…

«Y, entonces, ganaremos».

Para ello, hay tres medios.

1. Que Francia sirva de ejemplo y que se entreguen suficientes baterías tipo Patriot para proteger todas las grandes ciudades.

2. Que se tenga la certeza, en Francia y en otros lugares, de que no se impedirá que las armas que se aporten golpeen a Rusia en profundidad.

3. Y terminar de integrar a Ucrania en la red de radares, sensores y otros satélites que permiten a los ejércitos de la OTAN no sólo interferir el cielo, sino ver venir las salvas de misiles.

Ninguno de estos tres gestos implicará, en Derecho internacional, una beligerancia agravada.

Pero, combinados, son lo que le falta a Ucrania para transformar en victoria la ventaja estratégica que le otorgan, ya desde ahora, su tenacidad y su heroísmo.