- Hoy en España todo el mundo come caliente tres veces al día y la educación y la sanidad son universales, eso nos salva en comparación con 1936, pero el tufo guerracivilista resulta cada vez más insoportable
Esta breve reflexión sobre el deplorable ambiente político que vivimos podía haberla escrito, sin cambiar una coma, hace uno o dos años, pero hacerla en torno a la conmemoración del cincuenta aniversario de la proclamación de D. Juan Carlos, es quizá mejor ocasión. Sin la voluntad de concordia del rey, que a su vez recogía el sentir mayoritario del pueblo español, sumada a la generosidad y buenos oficios de los dirigentes de las principales fuerzas políticas de entonces, no tendríamos hoy la Constitución de 1978.
Se dice que estos cincuenta años han sido para los españoles los mejores de nuestra historia en libertad y progreso, pero lograrlo no fue sencillo. Nuestra democracia arrancaba llena de sombras e incertidumbres, no solo por la brutal amenaza del terrorismo de ETA, sino también por la desconfianza de muchos con respecto a la verdadera voluntad del rey. Muy pronto se vio el sentido de aquellas palabras pronunciadas el 22 de noviembre de 1975: «Que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional». Apenas medio año después, Adolfo Suárez relevó a Carlos Arias Navarro y comenzaron a tomarse las decisiones, a veces incomprendidas como la legalización del partido comunista, que permitieron alumbrar nuestra Constitución.
Tras la Constitución llegaron distintos gobiernos con alternancias pacíficas –sin duda la consolidación de nuestra democracia se produjo con el tranquilo relevo de Leopoldo Calvo Sotelo por Felipe González tras las elecciones de octubre de 1982–. Gobiernos que consiguieron grandes hitos como la integración en la OTAN, el ingreso en la Unión Europea o la entrada en el euro cuando meses antes no cumplíamos ni uno solo de los criterios de convergencia. Y todo ello se hizo porque aquellos políticos supieron tener la altura de miras que pidió D. Juan Carlos en su proclamación.
No diré que no sé en qué momento se decidió que la concordia no era buena y que la Transición era un candado, pero hay algo evidente, el clima político hoy es irrespirable. Si uno se toma la molestia de leer algunos discursos pronunciados en el Congreso de los diputados un par de años antes de la Guerra Civil, encontrará muchas similitudes con otros de los que estamos escuchando en los últimos meses. Hoy en España todo el mundo come caliente tres veces al día y la educación y la sanidad son universales, eso nos salva en comparación con 1936, pero el tufo guerracivilista resulta cada vez más insoportable.
Los políticos de hoy –especialmente los que sin citarlos están en la mente de todos– deben sosegarse, tienen la obligación de dar ejemplo y serenarnos, parecen no ser conscientes de estar jugando con fuego. En España no puede haber enemigos, deshumanizar de este modo la política puede conducir a situaciones irreversibles. Basta ya de insultar, de injuriar y de buscar el interés particular olvidando lo común. Los españoles merecemos unos políticos que sean la representación verdadera de nuestra sociedad y en la calle, gracias a Dios, no existe el clima de odio y desprecio que se gasta en el Congreso, pero tanta chispa, un día tras otro y sin quererlo, puede acabar provocando un incendio.
Adversarios políticos ha habido siempre, pero enemigos solo en las guerras. Recuerden por favor los políticos de hoy aquellos años de la Transición. Entonces, los que habían sido enemigos de verdad, se dieron la mano para caminar juntos, construyendo una España mejor en la que todos pudieran sentirse cómodos y de la que estar orgullosos. Los de hoy tienen que dejar de poner en peligro aquellos logros, deben abandonar los cordones sanitarios y el lenguaje belicista, dejar de levantar muros y cavar trincheras. Tienen que desterrar la crispación de la vida pública. Quizá sea mucho pedir, pero creo que los españoles nos hemos ganado el derecho a vivir en paz, con respeto y sin sobresaltos.
- Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco