- La lista de los nunca antes de Sánchez es interminable y sus resultados devastadores. No hace falta que vengan Ábalos o Koldo a señalarlo en sus ajustes de cuenta carcelarios
¡Qué lejos queda aquella tarde cuando Maxim Huerta dimitió por un quítame allá unas trifulcas fiscales! Está lejos en el tiempo, pero es aún mucho más remota en términos de ética pública. Han tenido que pasar más de siete años y este colapso moral que nos rodea para encontrar la cumplida respuesta a la pregunta que Sánchez formuló a su nonato ministro en aquellas primeras horas del gobierno nacido de la moción de censura. No sabemos cuánto aguantará Sánchez en el poder, pero sí sabemos cómo le recordará la historia: como una peligrosa anomalía democrática que ha llevado nuestra convivencia y nuestras instituciones a una situación de emergencia.
Ya se ha convertido en un tópico afirmar que Sánchez es el presidente de las primeras veces. Lo constatamos con cierta ligereza, como si fuera solo una cuestión estadística y no profundizamos en el demoledor significado político de ese hecho. Cada una de esas primeras veces que Sánchez acumula en su biografía es un retroceso, una transgresión de los códigos no escritos de la democracia y eso abarca desde lo más grande a lo más anecdótico: desde empeñarse en gobernar pese a haber perdido abultadamente las elecciones hasta usar el Falcon para ir a un concierto con los amigos; de nombrar a una ministra fiscal general, hasta ver a otro fiscal general condenado; de arremeter sin decoro contra el Tribunal Supremo a anunciar con orgullo la exclusión política de media España; de presumir de gobernar al margen del parlamento a lograrlo, porque lleva toda la legislatura sin presupuestos; de desdeñar la más elemental prudencia en el comportamiento exigible a los familiares del presidente a montar alianzas políticas inconcebibles con golpistas fugados o con herederos del terrorismo y así hasta el infinito.
La lista de los nunca antes de Sánchez es interminable y sus resultados devastadores. No hace falta que vengan Ábalos o Koldo a señalarlo en sus ajustes de cuenta carcelarios. Toda institución sometida al control de este presidente se ha transformado en un instrumento contra la alternativa democrática. En la fiscalía se ha conspirado contra rivales políticos, Televisión Española es un insólito remedo de la TV3 del golpismo catalán, el CIS y el INE trabajan al igual que Álvaro García Ortiz para ganar el relato y el Tribunal Constitucional admite que Sánchez le dé instrucciones en público ante los ojos atónitos del personal.
Encerrado en su búnker, el déspota hace recuento de sus tropas. ¡Qué lejos quedan aquellos cinco días de chantaje emocional a su partido! Desde entonces nada le ha vuelto a funcionar. Sus ministros andan escondidos para que Ábalos no se acuerde de ellos, los tecnócratas que colocó en las empresas ahora hacen méritos ante Núñez Feijóo para intentar mantener sus sueldos millonarios y ni los más entusiastas de sus seguidores pueden ignorar el penetrante olor a cadaverina electoral. Vuelve a mirar los apoyos que le quedan y apenas encuentra unos abueletes enfermos de odio, Almodóvar, Baltasar Garzón, Miguel Ríos o Rosa Villacastín.
Solo Otegui y Rufián siguen ejerciendo como los puntales más sólidos de su proyecto político. Ahí están desde el principio; ellos nunca se creyeron que aquella moción de censura tuviera algo que ver con la corrupción, siempre supieron que era la oportunidad de liquidar el régimen de 78 y casi lo consiguen. Ahora toca rematar de la mejor manera posible esta época funesta y pasar de los nunca antes al nunca jamás. En cuando a Maxim Huerta, hoy puede celebrar que su mala suerte de entonces le haya librado de convertirse en un pelele más del sanchismo como ha ocurrido con Marlaska.