Editorial-El Correo

  • La moderación de los partidos para ganar el carril central, despejado tras el final de ETA, choca en Euskadi con un creciente radicalismo social

La centralidad es el espacio de éxito que buscan los estrategas en política para articular amplias mayorías en los partidos con garantías de ser influyente o alcanzar el poder. En Euskadi, las grandes formaciones coinciden en aspirar a ese preciado territorio y se prodigan para ello en gestos que eran insólitos hace escasos años, muy evidentes en el PNV, PSE y EH Bildu. No se trata tanto de resituarse en una posición ideológica de centro, sino de ampliar su órbita de pactos, moderar el discurso en algunos de los asuntos más espinosos del debate público y ser capaz de remangarse para pescar votos en caladeros ajenos sin generar grandes chirridos. Prueba de esa voluntad de centralidad, facilitada por el final del horror y la crispación que provocaba ETA, son los acuerdos presupuestarios alcanzados a varias bandas en las diputaciones -y a los que se ha sumado el PP-, el pacto de estabilidad institucional entre jeltzales y socialistas que culminará con un nuevo Presupuesto, y el sólido apoyo que presta la izquierda abertzale a Pedro Sánchez en la compleja gobernabilidad de España.

Podría decirse que el País Vasco afronta la gestión diaria y sus retos pendientes desde una posición en calma, sobre todo en comparación con la polarización política española y con el ascenso de los populismos en el resto de Europa, zarandeada por ultras y euroescépticos. Pero convendría también reflexionar sobre el evidente giro hacia posiciones extremas detectado por los estudios sociológicos en Euskadi, tanto en la opinión pública como en actitudes muy conflictivas en la calle, especialmente por parte de jóvenes radicalizados. Cabría preguntarse por tanto si el electorado al que se dirigen los partidos vascos, al menos los convencidos en ejercer su derecho al voto, están en esas mismas posiciones de centralidad.

Es evidente que se ha producido a una velocidad de vértigo una deriva hacia la beligerancia social e, incluso, el negacionismo en temas sensibles: vivienda, seguridad, empleo, igualdad o inmigración, entre otros. Aunque son posiciones mucho menos intransigentes que las defendidas en otras comunidades y países europeos, los partidos y las instituciones vascas deben articular soluciones creíbles y certeras para frenar precisamente ese riesgo de involución. Mitigada la pulsión identitaria, la gran prueba de fuego de esa pretendida centralidad será la revisión abierta en los pilares del autogobierno como la sanidad, la educación, la Ertzaintza y el propio Estatuto de Gernika.