Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • La industria es poco más que un erial. No tenemos ni demografía, ni tecnología. Tenemos historia y ‘stock’ de capital, pero carecemos de inversión y… de ¿futuro?

Durante su reciente visita a Bilbao para participar en un acto de la asociación Alumni de la Universidad de Deusto, el vicepresidente del Banco Central Europeo, Luis de Guindos, ordenó por importancia los tres principales problemas que aquejan a Europa en estos momentos. Por si no tuvieron ocasión de asistir al acto, se los resumo.

El primero, y principal, es la situación geopolítica, es decir, la amenaza rusa derivada de la invasión de Ucrania y la posibilidad de una extensión hacia los países limítrofes. Una amenaza que ha trastocado los planes europeos en materia de defensa y que obliga a una severa ampliación de los gastos en armamento, con la consiguiente modificación de los presupuestos de los países pertenecientes a la OTAN. También ha impuesto una completa redefinición de los suministros energéticos al tratar de reducir la importancia relativa de los acopios de gas ruso.

Es un hecho que coincide y amplía los efectos negativos de las guerras arancelarias desatadas por Trump. Soy plenamente consciente de que esta situación se ve de muy distinta manera cuanto más al norte subimos y más al este nos desplazamos. Y es que la amenaza no se percibe en Riga con el mismo dramatismo que desde Sevilla. Pero por más que lo intento, no consigo asustarme tanto. No acabo de entender que un país con el potencial humano, económico e industrial de Rusia sea capaz de amenazar a un colectivo como el representado en la OTAN. El país gobernado por Putin carece de potencia de fuego y de la capacidad de aguante necesaria para enfrentarse a ella, por más que la inexistencia de una opinión pública libre y el desprecio por el sufrimiento de su población ayuden a Putin a soportarlo.

En cuatro años de guerra, Rusia no ha sido capaz más que de invadir algo así como el 20% del territorio ucraniano y no podría mantener un esfuerzo bélico de tal magnitud durante muchos meses. ¿Usaría la disuasión nuclear? Nadie se ha atrevido a hacerlo desde Hiroshima y Nagasaki. Pero quizás sea mejor no correr el riesgo y seguir los consejos del almirante Cavo Dragone, número dos de la Alianza.

El segundo problema, y relacionado con él, es la política fiscal: la extensión por doquier de los déficits públicos, la generalización de una abrumadora falta de respeto por los gastos y el crecimiento exponencial de los desequilibrios presupuestarios. Esto tiene mal arreglo porque no existe la mínima percepción de la gravedad del problema. Ni la hay en Europa, ni la hay en los Estados Unidos ni en lugares tan lejanos como Japón. Los gobiernos se apoyan en el contento social y no se atreven a contar la verdad, ni desean advertir de los peligros de una eventual crisis mundial de deuda.

El tercero es la inestabilidad de los gobiernos nacionales, que impide avanzar en la necesaria profundización de la integración europea. El propuesto «más Europa» como remedio de todos los males se enfrenta a la aparición de los nacionalismos de todo pelaje y a la exaltación de todos los egoísmos nacionales. La moda son hoy los Gobiernos inestables, apoyados por mayorías frágiles y con marcados acentos populistas y xenófobos. Esa inestabilidad, agravada por la infinita sucesión de convocatorias electorales y por un nivel de polarización insoportable, produce gobiernos endebles, permanentemente provisionales.

Esos eran los tres problemas enunciados. En mi opinión, se olvidó de alguno más. Entre ellos, uno que no es ni político ni económico: es social. Ya conoce el diagnóstico: hemos mimetizado los deseos con los derechos, hemos anulado la responsabilidad individual —nadie es culpable de nada—, menospreciamos el esfuerzo y no valoramos el mérito. Emprender es un esfuerzo tan ímprobo como inapreciado y así se explica que nadie quiera invertir en Europa y que los grandes proyectos se alejen de ella, aburridos de superar trabas administrativas, restricciones legales y cortapisas regulatorias.

La Europa industrial es poco más que un erial. No tenemos ni demografía ni tecnología. Tenemos historia y stock de capital, pero carecemos de inversión y… ¿de futuro?