Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Al menos hasta la pandemia, el mundo estuvo mejor de lo que había estado nunca midiendo tasas de reducción de la pobreza, mortalidad infantil, esperanza de vida, acceso a la salud básica y a la educación, reducción de la desnutrición severa, etc.

Acabamos de entrar en el segundo cuarto del siglo XXI, un buen momento para preguntarnos cómo anda el mundo. Bien o mal no son respuestas; solo en términos relativos se evalúa. Mejor o peor, diremos pues, lo que exige comparación. ¿Estamos mejor que hace un siglo? Sigue siendo impreciso. ¿Quién? El mundo, decíamos. ¿Y qué es el mundo? El filósofo fallido Markus Gabriel tiene una obra interesante de título El mundo no existe. Solo habría campos de sentido. No iremos por ahí. En general, cuando nos preguntamos por cosas como el estado del mundo nos referimos a cómo está la humanidad. Al menos en primera instancia. Luego están los de la nueva Cruzada de los Niños, ya talluditos: los de Greta Thunberg, que propiamente no hablan. Gritan. O se manifiestan en un tono muy ofendido, como si gritaran. Ellos exclamarán que el mundo está a punto de de desaparecer. O sea, está fatal. Lo ven tan negro que no atienden a razones, a estadísticas y hechos como los citados por nuestro director Bieito Rubido en su reciente pieza Nuestros hijos viven mejor que nosotros.

Al menos hasta la pandemia, el mundo estuvo mejor de lo que había estado nunca midiendo tasas de reducción de la pobreza, mortalidad infantil, esperanza de vida, acceso a la salud básica y a la educación, reducción de la desnutrición severa, etc. Los que empiezan a indignarse señalándome lugares de pobreza extrema y desnutrición quedan invitados a releer lo escrito, en especial las palabras «reducción de». También les recomiendo la lectura de Factfulness, de Hans Rosling, para acceder a las estadísticas que demuestran lo anterior. Después, la pandemia ha provocado retrocesos, si bien los más preocupantes para nosotros son difícilmente mensurables. Tienen que ver con el miedo, con la disposición al sometimiento, con el modo en que ciertas elites aprovecharon la circunstancia de que un virus saliera de unos laboratorios chinos, provocando una pandemia terrible, para experimentar con las tragaderas de la población occidental cuando les recortas derechos y libertades.

Por desgracia, los ciudadanos de la UE mostraron formas extremas de sumisión al poder, e incluso síndrome de Estocolmo con sus gobiernos. El largo bienestar nos había debilitado moralmente; habíamos llegado a dar la democracia por descontada, como si fuera un atributo presente en la naturaleza, cuando se trata de un logro que se mantiene en la misma medida en que lo hace la conciencia de su excepcionalidad, su cariz antinatural, su carácter de construcción civilizatoria. Los agentes no electos al mando de la Comisión Europea, así como un puñado de líderes nacionales de los Estados miembros, aprovecharon esa evidencia de debilidad civil para concentrar poder cada vez menos legítimo y para minar derechos tan fundamentales, tan fundacionales, como la libertad de expresión. Y de paso, para acelerar una ingeniería social que está arruinando sectores enteros. Así que, con mucho cuidado, afirmaré que Europa está peor que hace cincuenta años en materia de libertades. A ver qué pasa con el segundo cuarto de siglo.