Carlos Souto-Vozpópuli
- Feijóo encarna una forma de oposición que ya ha demostrado ser estéril. No propone ruptura, no ofrece relato, no construye amenaza
Son las cinco de la mañana del primer día del año. Si estás leyendo esto ahora —o un poco después—, probablemente no sea por una súbita vocación política, sino por la inercia del móvil y la resaca. No te voy a pedir reflexión ni lucidez. Esta no es una columna para pensar. Es, apenas, un pasatiempo. Porque la democracia española, hoy, también está borracha. Empieza 2026 y empieza mal leído. Se lo presenta como un año decisivo, como el preludio inevitable del final de ciclo. Y no lo es. No habrá elecciones generales.
No habrá relevo inminente. No habrá desenlace. Pedro Sánchez seguirá en La Moncloa. Seguirá, aunque el calendario electoral esté plagado de derrotas autonómicas. Seguirá porque no hay nadie con la fuerza suficiente para empujarlo fuera. En 2026 no se decide su caída: se administra su continuidad.
Aquí aparece el error clásico del análisis español: confundir desgaste con final. Creer que el poder se agota solo, que basta con esperar. El Partido Popular ya cometió ese error en 2023. Ganó donde tenía que ganar, celebró como si gobernara y descubrió, demasiado tarde, que ganar no alcanza. Hoy vuelve a celebrarse cada victoria autonómica como si fuera el prólogo automático del poder nacional. Otra vez se confunde el corto plazo con la estrategia. Otra vez se frena esperando que el coche de delante se estrelle.
Para entender lo que está ocurriendo conviene salir un momento de la política y mirar al cine. En Grand Prix (1966), la película dirigida por John Frankenheimer, la Fórmula 1 no es espectáculo ni parodia. Es riesgo real. Entre los pilotos destaca el personaje de Jean-Louis Trintignant: frío, cerebral, casi inexpresivo. Tras un accidente brutal, el miedo se apodera del circuito. Todos levantan el pie del acelerador. Todos menos uno. Trintignant acelera. Más tarde, cuando le preguntan por qué ganó, responde con una lógica tan simple como implacable: ganó porque cuando todos tuvieron miedo, él pisó a fondo. Esa escena explica mejor que cualquier editorial el año político que empieza. Mientras la oposición frena, Sánchez acelera.
Mientras unos esperan el error ajeno, otros maniobran. Mientras se confía en que la realidad se imponga sola, él la conduce. El circuito del 2026 se parece más a Mónaco que a una recta: estrecho, técnico, sin adelantamientos fáciles. En un trazado así no gana el más indignado ni el más aplaudido; gana el que no duda cuando los demás dudan.
No molestar mejor que liderar
El verdadero problema español no es la temperatura de Sánchez. Es la temperatura de Feijóo. El líder del Partido Popular parece instalado en una zona de confort térmico permanente: ni frío ni calor, ni riesgo ni ruptura. Transmite una sensación inquietante: no da miedo. Y cuando una oposición no da miedo, el poder se relaja. La sociedad española no teme meter el dedo en el agua porque sabe que no quema. Ese es el drama de fondo. Feijóo encarna, además, una forma de oposición que ya ha demostrado ser estéril.
No propone ruptura, no ofrece relato, no construye amenaza. Se limita a administrar el desgaste ajeno como si fuera un activo propio. Pero la política no funciona así. El poder no se hereda por cansancio: se conquista por determinación. El Partido Popular parece más preocupado por no equivocarse que por ganar, más atento a no molestar que a liderar. Juega a ocupar un centro que ya no existe, mientras Sánchez se lo llevó puesto hace tiempo, y confunde moderación con inacción. En esa confusión, el PP no enfría al adversario: se enfría a sí mismo. Y una oposición fría no asusta, no moviliza y no sustituye a nadie.
De ahí surge otra paradoja española: Vox crece no tanto por su talento como por la inanición estratégica del PP. Dice lo que dice, y ocupa un espacio emocional que el principal partido de la oposición dejó vacante. Por eso avanza. Por eso condiciona. Y por eso Feijóo puede terminar llegando a la presidencia sin haber demostrado nunca que entiende el tablero. Pobre España.
Nada de esto es decisivo en 2026. Y ese es, precisamente, el punto. Este año no sirve para cerrar ciclos; sirve para prepararlos. Sánchez lo sabe. Por eso acelera. Porque entiende que la clave no está en ganar hoy, sino en llegar entero a mañana. Como escribió Bismarck, la política es el arte de lo posible, pero también es el arte del tiempo. Y en España, el tiempo lo administra quien no duda.
Winston Churchill dejó otra advertencia que aquí conviene recordar: “El error más caro en la guerra y en la política es subestimar al adversario herido”. Sánchez está herido, sí, pero no inmóvil. Acelera cuando otros levantan el pie. Y la oposición, en lugar de cambiar de marcha, confía en que la pendiente haga el trabajo. Esta columna no pretende advertirte de nada ni pedirte acción alguna. No es programa político ni profecía. Es una imagen para acompañar la resaca. Mientras lees esto con desgana, el acelerador sigue pisado. Sánchez seguirá. Y seguirá riéndose de ti. Lo cual hoy, probablemente, también te haga gracia. Porque casi todo nos hace gracia cuando estamos borrachos. Y la democracia española, hoy, lo está.