Francisco Rosell-El Debate
  • Sánchez intentará camelar a la opinión pública con regalías a tutiplén mientras dispara la deuda y agrava la fiscalidad

Como cada 31 de diciembre, con las doce campanadas tañendo el paso de Nochevieja a Año Nuevo, es placer común sumergirse en la pasajera ilusión de dar portazo a los problemas de ayer y abrazar un mañana más hacedero. Un espejismo que dura lo que las burbujas del espumoso de la celebración al atisbarse un prominente cuesta de enero que colmará la ya de por sí pesada mochila que cargan esos hombros. Empero, como atestiguó Wilde, la única forma de librarte de una tentación es entregándose a ella, aunque se sepa a donde conduce bajo la órbita de quienes parecen llegados al mundo para empeorarlo. Aunque Dios haya muerto para muchos, sus demonios siguen vivísimos y coleando.

Por eso, en cualquier ámbito –y más en la política– conviene conjurar el hechizo de figurarse que las cosas se arreglan por sí solas y que basta con sentarse en el andén hasta que arribe el tren de los deseos porque luego los despertares son crueles cual alucinación hecha realidad. En este sentido, los españoles se enfrentan este recién nacido 2026 al clásico «Año Nuevo, Vida Vieja», aunque algunos tarden en apercibirse en que «nos han endilgado un año usado».

En esta encrucijada, hay contraponer la voluntad y los medios al alcance para ser, al menos, «pesioptimista», como se autodefinía Edgar Morin, a quien su pretérito comunista le permitió discernir el totalitarismo al haberlo vivido desde dentro. No en vano, este 2026 seguirán acaeciendo asuntos que helarán la sangre, como le espetó la madre de los Pagaza a Patxi López, y se repetirá -como una salmodia- el «¿qué más tiene que pasar?» contra un sanchismo que hace de la corrupción negocio y ejercicio irresponsable del poder. Ello degrada las instituciones democráticas hasta casi hacerlas indistinguibles de las autocracias y precipita a España por un despeñadero difícilmente reversible, si no fuera por la resistencia de jueces independientes y periodistas que no engrosan el necrosado equipo de propaganda de la Moncloa, pero sufren su acoso y hostilidad.

Aunque esté malherido, lo que aumenta su osadía, «Noverdad» Sánchez no está muerto. Con vacaciones navideñas de escolar, se ha ido de parranda como el protagonista de la popular rumba de Peret. Si aquel Blanco Herrera se marchó una semana de juerga malgastando el dinero hasta perder el conocimiento y darle por muerto, el inquilino de la Moncloa, tras hundir con estrépito al POSE en las urnas extremeñas, se ha quitado de en medio, «pero no está muerto, no, no». De hecho, ha efectuado algunas apariciones espectrales en redes sociales para que no le sucediera lo que al Blanco Herrera de la rumba al que confundieron con «muertecito, muy, muy parecido» y al que «le hicieron un gran velorio, / le rezaron la novena, / le perdonaron sus deudas, / y lo enterraron con pena». Para luego presentarse «lleno de vida y contento / diciéndole a todo el mundo:/ «se equivocaron de muerto».

Para su resurrección, Sánchez anhela atrapar otro «cisne negro» (lo altamente improbable, según Nassim Nicholas Taleb, el financiero de origen libanés que acuñó el término) como en los comicios de julio de 2023 para aferrarse a la Moncloa, pero que no se ve factible al hallarse el PSOE en la frontera de los algo más de los cien escaños y con aliados como Sumar cuasi extraparlamentarios desatando las agitaciones compulsivas de náufrago de Yolanda Díaz.

La estrategia de Sánchez es tan predecible, aunque de dudoso resultado tras su extremaunción en su aldea gala extremeña, consiste en alimentar a Vox que ya atrae votantes antiestablishment también de la izquierda, esperar a que las desavenencias de estos con el PP a la hora de configurar mayorías estables para gobernar y luego llamar a los electores adictivos de la izquierda para que no se abstengan a fin de preservar los «derechos sociales» de la España que empobrece y salvaguardar una democracia «sui generis» en la que mandar sin Parlamento y mediante reglamentos para saltarse la Constitución como el procés para aplicar las leyes de desconexión contra la prohibición del Tribunal Constitucional de entonces. Nada más peligroso que el «poder salvador» y Sánchez lo persigue en su «Automoribundia».

No obstante, en su exitoso libro, Taleb avisa de que se tiende a recordar como éxitos propios experiencias favorables, como la de Sánchez hace dos años, que se debieron a la suerte. En tanto los hados le sonrían, la gente atribuirá a su destreza lo que «el insensato con suerte» debe al albur y éste, como muchos otros seleccionados por el destino que tuvieron buena estrella en sus primeras apuestas, no desistirá de tentar ciegamente al azar hasta perder sus ganancias. Aun así, parodiando el especial de José Mota de Nochevieja en TVE, Sánchez intentará camelar a la opinión pública con regalías a tutiplén mientras dispara la deuda y agrava la fiscalidad, a la par que esparce tinta de calamar ante el viacrucis judicial que se le viene encima y al que teme más que una vara verde.

En ese brete, más allá de admoniciones a que PP y Vox están «condenados a entenderse» en pro de desalojar a Sáncheztein de la Moncloa, ambas fuerzas debieran aprender, salvaguardando su autonomía respectiva, de la unidad de acción de la izquierda. Ello explica el por qué las minorías organizadas tienen más fuerza para imponer sus criterios que mayorías pasivas que están a verlas venir por un «quítame esas pajas».

Para que ese «condenados a entenderse», compartido por muchos votantes comunes frente a desconfianzas y reproches, no quede en una expresión huera hay que apremiar a la responsabilidad histórica de los líderes del PP, con un Feijóo que ha evitado descalificar al vecino como Casado con su antiguo amigo Abascal, y de Vox al que no debiera cegar su actual capitalización del voto del descontento tras declinar las tareas de gobierno que compartió en autonomías y consistorios con los populares.

A este respecto, Vox puede incurrir en un error de perspectiva como el que nubló a Albert Rivera cuando el dirigente de Ciudadanos emplazó a la bancada popular a remover a Rajoy de su puesto y deliró proclamando por boca de uno de sus edecanes: ¿Dónde está escrito que Cs no pueda pactar con Podemos? En el Ayuntamiento de Zaragoza, los de Abascal han apuntado algo similar con PSOE tras romper su negociación presupuestaria con el PP.

En suma, en este año crítico, la mejor noticia que podría recibir Sánchez es que PP y Vox coadyuven en traerle ese «cisne negro» que desvanezca su pesadumbre. Ante ello, cabe urgir: «¡Condenados, entenderse!», supliendo la «a» por una coma, para no vivificar al muerto bien vivo que lleva todas las Navidades de parranda a cuenta del contribuyente. «… Y no estaba muerto, no, no./Cuchévere, cuchévere. Chévere.»