Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Cuando hacemos previsiones y planes para el futuro es inevitable que lo cambiemos, haciendo fallidas parte de las previsiones y planes
Naturalmente, no tengo ni idea de qué deparará este año recién estrenado, salvo algunas tendencias generales de las que he ido escribiendo y que seguiré comentando, como la decadencia imparable de la paleoizquierda y su nefasto avatar de gobierno, el corrupto sanchismo. Dicho lo cual, hay también muchos indicios de que 2026 será un año muy movido -las calles de Irán bullen de nuevo de manifestaciones indignadas contra los ayatolás-, aunque solo sea porque el sistema reinante cruje por todas partes, y porque el mundo es mucho más inestable e imprevisible, y por tanto peligroso.
El repaso de medios me alegró el día de año nuevo con una noticia divertida, un informe de J P Morgan con dos cosas disparatadas: que la economía española iba como un cohete, y que en buena parte se debía al éxito impredecible de la inmigración hispanoamericana a España. Análisis típico de expertos económicos: en primer lugar, confunde los indicadores macroeconómicos con economía real, esa reducción que tan mala fama ha dado al capitalismo, porque la verdad es que en España la pobreza crece, el PIB per cápita lleva veinte años estancado mientras los precios suben, y eso hace imposible para muchísima gente acceder a una vivienda con un empleo y sueldo normal, mientras pagamos más impuestos que nunca. Y, en segundo lugar, solo un completo ignorante en historia podría sorprenderse por la gran ventaja de la inmigración hispana, premio heredado de la tan despreciada y difamada ideología imperial de nuestros ancestros, a saber, practicar y promover el mestizaje con nativos a todos los niveles en vez de procurar su exterminio al modo nórdico, o convertirlos en parias en su propio país, como hizo Francia en la Argelia francesa.
En consecuencia, mientras Alemania y Francia deben recurrir a inmigración sin la menor relación cultural positiva con ellos, si no de puro resentimiento, y a menudo musulmana, España (y también Portugal) tiene la enorme ventaja competitiva de recibir inmigrantes con la misma lengua y tradiciones culturales comunes o parecidas, que se integran con facilidad incluso en los feudos separatistas catalanes y vascos.
De Jeremías a J P Morgan
Que tamaña obviedad, conocida de sobra por millones de argentinos, colombianos y venezolanos, sorprenda a J P Morgan regala un preciado indicio sobre la fiabilidad de los pronósticos económicos más reputados. En fin, el mundo moderno decidió cambiar los antiguos profetas por expertos secularizados, sin que se vea gran ventaja en el cambio.
Los profetas del pasado eran enviados de Dios o inspirados por él, y normalmente predecían calamidades sin cuento que naturalmente nadie tomaba en serio hasta que era demasiado tarde, fuera la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, anunciada por Jeremías, o la de Troya con el caballo hueco de los griegos por la pobre Casandra. Hoy, en cambio, se hace a los expertos mucho más caso del que merecen, con la consecuencia de que los cambios ¡son mucho más imprevisibles!: la técnica sesgada de los cartógrafos del pasado que juegan a adivinos no ha demostrado aún ser superior al olvidado arte profético, como mucho reducido a las caricaturas del catastrofismo climático a lo Greta Thunberg.
Como las políticas de los gobiernos e instituciones están tan influidas por los expertos tomados por profetas, las consecuencias son errores en cascada, malas descripciones de la realidad presente y aún peores anticipaciones de futuro; recuerden a esos asesores expertos del PP convencidos de que Vox era cosa de un día y Sánchez de dos. De ahí que hacer previsiones sobre qué pasará -sin auxilio divino- se enfrenta a dos desafíos formidables: primero, el de la complejidad misma de alternativas y cruces; segundo, el hecho de que al hacer pronósticos y planes de acción también cambiamos el futuro, que siempre es un horizonte móvil y cambiante, no una calle de dirección única.
La IA no ayudará mucho
Permítanme una pequeña digresión sobre este hecho capital tan ignorado y, al parecer (según veía en la expresión de mis alumnos), difícil de captar: cuando hacemos previsiones y planes para el futuro es inevitable que lo cambiemos, haciendo fallidas parte de las previsiones y planes. Volvamos al socorrido ejemplo del PP y sus expertos: la campaña de 2023 movilizó a la izquierda y empujó a muchos votantes suyos a Vox porque prometieron vacaciones sin cambios (Verano Azul) en vez de ruptura y esfuerzos para cambiar el sistema. En definitiva, acertar lo que puede pasar es más parecido a jugar la lotería o irse de aventura que a un ejercicio racional estricto; por cierto, parece que la IA no ayudará mucho en la tarea, porque recientes estudios advierten de que los chats han salido aduladores y complacientes, o lo que es lo mismo, tienden a decir lo que deseas que digan.
¿Qué hacer entonces con el futuro impenetrable?: lo que hacemos con todo, convertirlo en un problema de sensaciones, emociones y sentimientos. En este campo, hay dos grandes sentimientos intuitivos; pesimismo y optimismo. Sobre pocas dicotomías se ha reflexionado e ironizado tanto como sobre esta. Así, es común decir que un pesimista es un optimista bien informado, como si tener buena información nos asegurara mayor clarividencia. Pues no, como demuestra la regla de que las grandes crisis económicas, como la de 2008, surgen de círculos muy bien informados pero que, como J P Morgan, no entienden los buenos informes si no les gustan.
No hacerse ilusiones
Es todo más sencillo: un pesimista es alguien que prefiere no hacerse demasiadas ilusiones para no sufrir decepciones, y un optimista alguien que prefiere hacérselas para no sufrir por anticipado. A mí, que soy de natural optimista pese a una larga carrera de frustraciones y fracasos, me parece mejor esto que el pesimismo de quien adelanta sin ninguna necesidad la devastación existencial de la frustración y el fracaso, desde que su pareja le engañará con otro a que esa molestia en un dedo es síntoma de una enfermedad incurable. Pesimismo y optimismo tienen también dos extremos catastróficos: el cenizo y el iluso, dos formas de desgracia existencial.
Así que elijan ustedes mismos según su carácter si prefieren cultivar un pesimismo u optimismo moderados para la aventura de vivir. Pues en efecto, nunca sabremos con precisión qué nos depara el futuro inmediato, porque cuando tratemos de preverlo y planificarlo, lo cambiaremos. Vaya pues la expresión optimista moderada por excelencia: ¡suerte y feliz año nuevo!