Ignacio Camacho-ABC

  • En vez de tanto vaticinar la inmediata caída del sanchismo, la oposición debería concentrarse en un proyecto alternativo

LAS encuestas nacionales que estás leyendo o vas a leer en las próximas semanas no sirven de nada. Las autonómicas sí porque Aragón y Castilla están ya en precampaña y en Andalucía existe una atmósfera electoral bien perfilada, pero respecto a unas generales sin fecha definida –que tal vez ni siquiera sean en 2026– es imposible hacerse todavía una idea clara. Incluso una eventual aunque improbable coincidencia con las andaluzas podría cambiar de forma significativa el panorama. Y si bien la tendencia de desplazamiento del voto hacia la derecha parece firme, ni siquiera se sabe si la extrema izquierda comparecerá unida o fragmentada, un factor que a efectos del reparto final de escaños por circunscripciones tiene enorme importancia; gran parte de las opciones de supervivencia del sanchismo depende de la viabilidad de ese ‘frente amplio’ en que sus socios radicales, separatistas incluidos, trabajan para fortalecer su masa crítica parlamentaria.

A estas incertidumbres habrá que sumar las estrategias que el presidente ponga en marcha a corto o medio plazo, entre las que no cabe descartar un demarraje constitucional, una crisis disruptiva capaz de tensar al máximo un clima político ya hiperpolarizado. En sentido contrario, conviene contemplar la variable judicial, con el avance de los procesos por corrupción en marcha y el presumible estallido de nuevos escándalos. De un modo u otro, se trata de elementos de enorme influencia potencial en la opinión pública que aún no barajan los ciudadanos a la hora de responder sobre el sentido final de su sufragio, y que de darse pueden cambiar sustancialmente las condiciones del debate público a lo largo de este año. Es pronto, pues, para emitir pronósticos axiomáticos. De hecho, lo que quede de legislatura va a ser un tiempo de desesperados intentos gubernamentales por frenar la actual dinámica de cambio con todos los instrumentos que el poder tenga a mano.

Por todo ello quizá Feijóo debería medir un poco más sus vaticinios, en especial a la hora de anunciar la irremediable inmediatez del fin de ciclo. El líder de la oposición tiene que convencer a los españoles con un proyecto alternativo, no con la repetida predicción de que el rival va a desplomarse por sí mismo. Entre otras razones, porque ese augurio ya ha resultado varias veces fallido con el consiguiente desprestigio de sus dotes de adivino. El crédito, un capital intangible de primer orden en política, se obtiene y se conserva a base de realismo, y las falsas expectativas producen bastantes más daños que beneficios: crean frustración y siembran dudas sobre la capacidad del candidato para cumplir sus propios compromisos. Lo que esperan los votantes del PP es que tenga listo un modelo para el momento decisivo; las conjeturas de un futuro cuyas claves no controla es mejor dejarlas para analistas aburridos… como el firmante de este artículo.