Ignacio Camacho-ABC

  • La buena noticia es que el tirano ha caído. Los matices tienen que ver con el impacto sobre el nuevo tablero geopolítico

LA buena noticia para el mundo libre es que Maduro ha caído y que a su régimen le queda un suspiro. Pero hay alguna más, y es el síntoma de que Trump parece haber abandonado su programa de aislacionismo, aunque sin alejarse de su estilo errático y compulsivo. También es buena noticia que la intervención norteamericana sea una mala noticia para la extrema izquierda aliada del sanchismo –ahora preocupada por la inminente pérdida de su principal patrocinio–, así como para Zapatero y sus amigos, que empiezan a ver sus oscuros negocios en serio peligro. Al propio Gobierno español le cuesta disimular su desasosiego, mal camuflado en la ridícula oferta de sus «buenos oficios» de mediación para ‘desescalar’ el conflicto y en el recordatorio de que nunca convalidó el pucherazo electoral del chavismo; aclaración no solicitada que en todo caso omite el auxilio que prestó al tirano para sacar del país al vencedor legítimo con el pretexto de otorgarle asilo.

Es pronto, sin embargo, para tocar campanas a voleo. La restauración de la normalidad democrática en Venezuela puede ser un proceso complejo y quizá más pausado de lo que espera la oposición de fuera y de dentro. Hay allí mucha milicia armada dispuesta al choque violento y una casta dirigente muy capaz de utilizar al pueblo como carne de cañón en la defensa de sus privilegios. Y luego está el problema de las consecuencias geopolíticas de un ataque con escasos fundamentos de derecho; si se generaliza el retorno a la teoría de los patios traseros, China se puede sentir autorizada a ocupar Taiwán y Rusia a incrementar su amenaza en el tablero europeo. Esas dos potencias se saben destinatarias indirectas de la operación contra el autócrata caribeño, facilitador de sus intereses estratégicos, y será difícil que renuncien a responder en áreas de influencia donde los Estados Unidos no pueden actuar sin riesgo de desestabilizar el planeta entero.

Falta mucho por resolver más allá del arresto del fantoche bolivariano. No se sabe cómo piensa Trump tutelar la transición, ni qué hará un Ejército claramente humillado por la Delta Force en un fulminante golpe de mano, ni quién pilotará el relevo de poder frente a una mafia endogámica que tratará a toda costa de proteger su estatus. Quedan muchas dudas sobre el neoimperialismo de una ‘doctrina Monroe’ aplicable no sólo en el continente americano sino ampliada por compensación al territorio postsoviético y al afroasiático. Se desconoce hasta dónde pretende Trump extender el despliegue de fuerza que le ha llevado a bombardear siete países, Irán incluido, en un solo año. Y no es posible ahora adivinar el futuro de un modelo multilateral zarandeado por la creciente colisión entre sistemas democráticos y autoritarios. Pero ninguna de esas incógnitas debe impedir el sincero aplauso al derribo de un déspota cuya permanencia interpelaba al orden civilizado.