Roberto R. Aramayo-El Correo

  • Trump destila un rencor patológico hacia todo lo que no aprecia

Profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC e historiador de las ideas morales y políticas

Ante un asesinato escalofriante como el del cineasta Bob Reiner a manos de su propio hijo, a Donald Trump no se le ocurre otra cosa que hacerse protagonista del suceso y comentar que casi se había producido por tenerle manía la víctima. Es una lástima que ya nunca podamos ver la película o documental que se proponía hacer sobre Trump el finado director cinematográfico, porque habría sido tan interesante como toda su filmografía. Cuando la víctima es de su cuerda, como era el caso del activista Charlie Kirk, tiroteado mientras daba una charla, endosa esa muerte a lo que se ha dado en llamar cultura ‘woke’, bizarramente definida como imposición de ideas progresistas, que a su trastornado juicio alentaría este tipo de violencia y sería causa de todos los males imaginables.

Es alucinante que alguien como Trump, un ricachón sin oficio, aunque recaude muchos beneficios, imparta doctrina sobre cómo deberían ser las cosas. La película ‘El aprendiz’ ilustra su etapa de formación y sus primeros pasos en el arte de cómo burlar las leyes. Aunque alentó a sus indultadas huestes para que asaltaran el Congreso con víctimas mortales, ahora reclama una compensación económica por difundir esta noticia con cierta torpeza, mientras que Bolsonaro está entre rejas por haber hecho exactamente lo mismo.

Donald Trump es un habilidoso delincuente que ha logrado borrar sus causas judiciales y se muestra solidario con sus homólogos a la hora de conceder indultos. Está utilizando su agencia tributaria, no para perseguir los delitos fiscales y por tanto a sí mismo, sino para investigar a quien osó investigarle y a un millonario que no le rinde pleitesía, como hacen todos los demás por la cuenta que les trae. La élite plutocrática de las grandes corporaciones financieras ha encontrado a su mejor valedor.

Falta saber si los archivos del otrora poderoso Epstein le podrían poner en un aprieto, pero eso daría paso a su fanático vicepresidente, que tanto impresionó al papa Francisco en sus últimas horas de vida, como si esa visita hubiese acelerado su final. El problema es que Trump reniega de Montesquieu y esa separación de poderes que sirve para conjurar las autocracias. De igual manera ignora cordialmente al derecho internacional y a cuantas organizaciones interestatales puedan criticar sus desmanes. Mientras reclama el Nobel de la Paz por solucionar conflictos bélicos inventados o que siguen su curso como si nada, se permite bombardear Irán para demostrar su poderío militar y despliega a su poderoso ejército para requisar el petróleo venezolano como si fuera un pirata de los mares.

También impone cuotas para gastos defensivos a los países de la Unión Europea, ignorando su soberanía, y establece absurdos aranceles que atentan contra su propia economía. Los norteamericanos de a pie no se benefician del desaguisado, ven cómo suben los precios, pierden su trabajo y carecen de cobertura sanitaria, mientras que los inversores financieros recaudan réditos exorbitantes cada día. La cotización del dólar ya no importa, porque será sustituido por las criptomonedas con las que se lucra la familia Trump en primer lugar. Esta singular corrupción política no se molesta en sisar calderilla y acapara recursos a mansalva, lo que agiganta la brecha de las desigualdades. Pero es que los perdedores no son considerados personas ni seres humanos.

Este supremacismo de los triunfadores financieros conlleva una peligrosa eugenesia social, muy poco acorde con los principios del cristianismo enarbolado por esos evangelistas recalcitrantes que idolatran al presidente Trump como si fuera el mesías de una nueva religión, cuyo credo sería el de una exacerbada plutofilia que sacraliza sin ambages al dinero. Todo cuanto signifique solidaridad o cooperación se desprecia como un obstáculo para hacer negocios, al igual que no se suscriben las leyes de la competencia del mercado libre, porque resulta más cómodo vender tus productos por la fuerza y requisar los recursos que se precisen con amenazas militares.

Trump destila un rencor patológico hacia todo lo que no aprecia y es incapaz de soportar las discrepancias. No se trata de ‘hacer EE UU más grande otra vez’ y recuperar un mítico esplendor jamás conocido. La cuestión es borrar cuanto le haya precedido, como ha hecho con esa despectiva galería de sus antecesores en la presidencia que culmina con el mandatario por antonomasia: él mismo. El 250 aniversario de la independencia coincide con una nueva era, en la que Trump se independiza del mundo real e intenta suplantarlo por su delirante universo paralelo(s), en el que venimos a sobrar la inmensa mayoría. Está ebrio de su megalomaníaco narcisismo y sus abusos de poder pueden tener unas consecuencias desastrosas.