- Es posible que Trump y Rubio se hayan tenido que agarrar a ese clavo ardiendo tan siniestro para teledirigir el país. Pero no es menos cierto que en España nos da alipori solo con escuchar el nombre de la íntima amiga de Zapatero
Claro que a los demócratas nos hubiera gustado haber visto jurar el cargo de presidente de Venezuela a Edmundo González Urrutia o a María Corina Machado. Es lo justo. Él ganó las elecciones, con la fuerza de ella en la sombra. Pero si no se quiere un derramamiento de sangre hay que optar por hacer de tripas corazón. El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, conoce muy bien Venezuela y sobre todo Cuba y sabe perfectamente que, si la Casa Blanca no quiere poner una bota en Caracas, tiene que apoyarse en los jerarcas chavistas que pragmáticamente temen que si no atienden a las órdenes de Washington seguirán el camino de Maduro. O les irá «peor», como ha advertido el líder americano.
El problema es la elegida. De entre las malas y sátrapas, Delcy Rodríguez es la peor, aquella que mantiene a casi mil presos políticos en las infernales cárceles del régimen, con un complejo de Electra inquietante. Todo hace pensar que también cuenta con una medalla que no conocíamos: la de ser una traidora a quien la alumbró políticamente, Nicolás Maduro. Así que tomó las de Villadiego, tras chivarse de los movimientos del Gran Líder, y aterrizó en Rusia para no verse obligada a dar ningún paso a favor del hoy reo de Estados Unidos. Una jugada perfecta, que probablemente conocía también la Administración americana.
Es posible que Trump y Rubio se hayan tenido que agarrar a ese clavo ardiendo tan siniestro para teledirigir el país. Pero no es menos cierto que en España nos da alipori solo con escuchar el nombre de la íntima amiga de Zapatero, «mi príncipe», para la ya presidenta encargada. Esta es otra de las contradicciones de la Operación Resolución Absoluta, pues si Maduro debe ser depurado por haber convertido a Venezuela en un narcoestado, Delcy y su turbio hermano Jorge, no le han ido a la zaga. Para justificar este delicado acercamiento de Washington a la oscura chavista solo hay un argumento, que no es pequeño: peor circunstancia que la sujeta a la que Pedro Sánchez propinó dos sonoros besos cuando era presidente de turno de la UE para que no quedaran dudas de que Zapatero le monitoriza presida la transición es que los venezolanos mueran a tiros en las calles.
Delcy es una vieja conocida de la afición española. Recordamos todos que protagonizó uno de los más graves escándalos del sanchismo cuando el 20 de enero de 2020 aterrizó en Madrid –pese a tener prohibida su entrada en suelo Schengen– y se reunió con el entonces ministro Ábalos en secreto. De su avión salieron 40 maletas que se quedaron en España sin que nunca hayamos sabido qué portaban y de qué hablaron los dos políticos durante las 20 horas que el avión venezolano permaneció en la T4 de Barajas. El Gobierno de Sánchez no solo ocultó la cita, sino que dio hasta diez versiones diferentes. Meses después, Ábalos fue defenestrado, pero sin una sola explicación sobre ese sospechoso y clandestino encuentro. La prueba del algodón de que España es uno de los aliados de la dictadura bolivariana y que para nuestro Gobierno el derrocamiento de Maduro ha sido una pésima noticia, que puede abrir la caja de pandora de sus negocietes inconfesables.
Aquel día Nicolás Maduro envió a su vicepresidenta como un auténtico pulso a la Unión Europea y para reivindicar su tiranía, tan querida por el Gobierno de coalición español, el único de toda la UE que se ha manifestado contrario a la detención del tirano. En esa extraordinaria relación debe inscribirse la efusividad con la que Sánchez recibió a la líder bolivariana, días después de que su régimen hubiera inhabilitado políticamente a María Corina Machado, favorita en las primarias-pucherazo de hace más de un año. La izquierda española tiene un complejo histórico con las dictaduras comunistas latinoamericanas: considera que tienen que ser su referente, a pesar de que lo que han generado entre su población ha sido, junto al aniquilamiento de la libertad y la democracia, pobreza, miseria y destrucción. Y de entre todas esas satrapías, Venezuela ocupa un lugar privilegiado, con Cuba pisándole los talones y la Nicaragua de Ortega, gobiernos que pueden caer en los próximos meses. Sobre todo, Cuba, cuyo Estado represor vivía del petróleo venezolano, que ahora controlará Trump.
Podría parecer que Pedro Sánchez ha inventado esa vinculación especial con Caracas, pero no es así. Todo esto comenzó cuando Zapatero, de la mano de José Bono, estableció un primer y provechoso contacto con Hugo Chávez. De ahí nació la insana relación de una democracia europea con una dictadura bananera que fue consagrándose a medida que Zapatero, ya expresidente, establecía una vergonzosa línea de intereses con el nuevo dictador, tras la muerte de Chávez, lo que le ha reportado pingües beneficios. Qué decir además de los business hechos por los líderes podemitas, con Iglesias y Monedero a la cabeza, con el dinero robado por esa narcodictadura. Por eso, hoy lloran el derrocamiento de quien tanto dinero les reportó para cargarse la democracia española.
Por tanto, sí, Delcy es una mala noticia.