Para conseguir un futuro mejor que no excluya a nadie, hay que contar con el acierto y la eficacia de la lucha contra una amenaza a la integridad de nuestras vidas: la del extremismo violento, que recurre a la violencia ya sea invocando la tribu, la religión o la política. En cuanto profesor, me incumbe la tarea de cómo educar sobre los daños de la radicalización; no ya detallando las causas, sino los efectos.
El pasado 18 de diciembre, se celebró en el Ateneo de Madrid un acto organizado por COVITE: un encuentro internacional con víctimas del terrorismo de distintos países, titulado ‘Memoria, verdad, justicia y dignidad de víctimas sin fronteras’.
Está grabado y disponible:
Víctimas de atentados terroristas en todo el mundo se reunieron ese día para compartir sus experiencias, tanto de los hechos que sufrieron como de las vivencias de sus duelos, y en la idea de encontrar un terreno común donde entenderse, más allá de las diferencias que sus verdugos guardan entre sí. Hay que hablar y escuchar, no sólo para desahogarse, sino para aprender y construir algo bueno a partir de la rabia natural.
Ante un fenómeno global conviene acertar con una respuesta global; de acuerdo, por supuesto, con sus distintas realidades y contextos. En este acto intervinieron personas de Pakistán, Camerún, Jordania, Somalia, Noruega, Argentina, Filipinas y España. Todas ellas coincidieron en que se precisan espacios seguros de apoyo institucionalizado y de asistencia a las víctimas; también una legislación reparadora. Aparecieron testimonios grabados de víctimas del atentado a la revista Pappus, en 1977; de la matanza del 11M; del atentado yihadista en las Ramblas barcelonesas.
Fátima, de Pakistán, insistió en la necesidad de conseguir una relación compasiva entre las víctimas y la sociedad. Configurar una red para salir del cascarón del sufrimiento, incorporar expertos, renovar los vínculos sociales descompuestos por la violencia terrorista. Un proceder diario abierto a la esperanza, a pesar de que el mundo de esas personas se viniera abajo en un solo instante. Y la posibilidad de un objetivo especialmente positivo para las víctimas: la de convertirse en educadores. Aprender para enseñar, con una mentalidad de trabajo comunitario orientado, en particular, hacia los más jóvenes.
El lema Que el amor venza al odio estimula a transformar el dolor y dotarse de paciencia y coraje. Cuando se está recluido en la desesperanza y sujeto a ocasionales ataques de pánico, surge la imperiosa exigencia de desarrollar fortaleza para sobrevivir y respirar. Tal como dijo la representante filipina, hay que escapar de la pornografía del desastre, una afición muy querida y ambicionada por los medios de comunicación.
En 1995, HB (brazo político de ETA) reunió a sus asambleas y les propuso la ‘socialización del sufrimiento’. Se votó democráticamente cambiar el rumbo de la ‘lucha armada’ y matar objetivos civiles seleccionados oportunamente. Así sucedió con Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica, Francisco Tomás y Valiente, Fernando Buesa, José Luis López de Lacalle y Ernest Lluch, entre otros.
Aquello ya pasó, pero quedan los residuos activos de la crueldad, con un desprecio completo y odioso por el enemigo (que puede ser cualquiera que se cruce en su camino). De ahí la perversión de homenajear a los victimarios (asesinos): unos 400 actos se realizan cada año en el País Vasco y Navarra celebrando como héroes y benefactores a tipos que segaron vidas y dañaron a conciencia, a centenares de personas (y a sus descendientes). Lejos de deslegitimar la violencia como método, se renuevan pintadas como las de ‘¡ETA, mátalos!’. Se pretende todavía volver a hacer sufrir, esto es revictimizar.
Un dato frío y antiguo surgió hace tres semanas en esta sesión que ahora estamos comentando: desde 1960, han sido asesinadas en España por ataques terroristas 1.448 personas, de las cuales 226 eran mujeres. Las cifras no son lo decisivo, sí lo es acertar a entrar en la intimidad de los círculos familiares de las víctimas.
Una inquietud nos acecha: el crecimiento en España de los extremistas, según acreditados estudios sociológicos. Hace poco, al ofrecer una escala de posicionamiento político, el 25 por ciento de los encuestados se definió de ultraderecha o de ultraizquierda (el 1 o el 10). Muy mal se hacen las cosas para que esta proporción se haya disparado: hace 20 años, sólo el 1,7 por ciento quería ser ‘extremista’.
Hay que cultivar sin descanso la memoria, la verdad, la justicia y la dignidad de las víctimas, sean de donde sean, sin considerar fronteras ideológicas o geográficas. Nos va la vida a todos.